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Historia Primitiva de la Humanidad Según el Libro Santo del Génesis

Descifrando sus once primeros capítulos

John Henry Builes

© Contenido

María de los Ángeles López de Lara

Producción editorial

Texere Editores

Imagen de forros

Vicente Rodríguez

ISBN: 978-607-8028-86-3

ÍNDICE

Comentario a los once primeros capítulos del Libro Santo del Génesis

Prólogo

CAPÍTULO 1 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Creación del mundo. Forma Dios el cielo, la tierra, los astros, las plantas y los animales y, especialmente, al hombre, al cual sujeta todo lo creado

CAPÍTULO 2 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Acabadas las obras de la creación en los seis días, descansa Dios en el séptimo, y santifica este día. Coloca al hombre en el paraíso; forma a Eva e instituye el matrimonio

CAPÍTULO 3 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Seduce la serpiente a Eva; pecan nuestros primeros padres y se acarrean sobre sí y sus descendientes la maldición divina. Promesa del Mesías

CAPÍTULO 4 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Nacen Caín y Abel. Caín, lleno de envidia, mata a su hermano; su obstinación, castigo y descendencia

CAPÍTULO 5 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Genealogía de Adán y sus descendientes hasta Noé, por la línea de Set, estirpe de los patriarcas y progenitores del Mesías, que es el objeto de todas las Escrituras

CAPÍTULO 6 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Las costumbres perdidas de los hombres ocasionan el diluvio. Construcción del arca

CAPÍTULO 7 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Luego entrando Noé con su familia en el arca, envía Dios el diluvio universal

CAPÍTULO 8 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Disminuidas las aguas del diluvio, después de haberNoé enviado el cuervo y la paloma, sale del arca y ofrecea Dios sacrificio agradable

CAPÍTULO 9 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Bendice Dios a Noé y a sus hijos y les renueva la donación que les había hecho de todas las cosas; pero les prohíbe comer la sangre. Pacto del Señor con Noé. Embriaguez involuntaria de este

CAPÍTULO 10 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Genealogías de los tres hijos de Noé, o propagación del linaje humano

CAPÍTULO 11 DEL LIBRO SANTO DEL GÉNESIS

Torre de Babel: descendientes de Sempor la línea de Arfaxad, hasta Abram

Para aquella que se roba mi corazón,

mis suspiros, besos y abrazos:

la Santísima Virgen María

En vista de que muchos seres humanos aún no han querido convertirse a mí, he decidido propagar mi mensaje de amor expandiendo mi misericordia por el mundo entero; es por esto por lo que ha sido creado este Libro de Amor en Pro de la Salvación del Hombre, para que veáis que la Palabra es viva y eficaz, que en ella está contenida la verdad suprema del hombre. Todo lo aquí argumentado, especificado y revelado es con una razón, un motivo y un fin: manifestar la gloria de Dios Padre, creador, dueño y dador de vida, fuente de esperanza, salvación y misericordia como Padre, Amigo y Hermano del hombre.

Los Textos Sagrados que se estudiarán son el libro del Génesis, el del Profeta Daniel y el del Apocalipsis, los cuales, más que un origen, un progenitor o un escritor, tienen algo en común: ¡el mismo Dios presente en todos los momentos de la vida del hombre (nacimiento, vida, muerte) como protagonista dador de vida y dueño de la misma, beneficiario y proclamador, rey humillado y amigo desechado, cuyo único fin es haceros salvos!

La finalidad de este libro es que encontréis la verdad, la felicidad, la libertad y el amor. Quiero que comprendáis bien que, desde el principio, os he creado libres y así debéis permanecer hasta el fin.

Comentario a los once primeros capítulos del Libro Santo del Génesis

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Se da el nombre de Pentateuco a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, al cual los judíos llaman Torah o ley. En el Antiguo Testamento se llama al Pentateuco el libro de la ley, la ley de Moisés. Los cinco libros que contiene el Pentateuco son los siguientes: el libro del Génesis, que trata del origen del mundo y de la humanidad; el libro del Éxodo, que trata sobre la salida de los israelitas de Egipto; el libro del Levítico, que se refiere a la legislación, haciendo hincapié en la tribu de Leví; el libro de los Números, que se inicia con un censo numérico de los israelitas en el desierto, y el libro del Deuteronomio, que trata de la segunda ley y es la recapitulación en forma oratoria de la legislación del desierto.

En nuestro caso, solo nos interesa el Libro Santo del Génesis, donde se nos narra la preparación de la teocracia hebrea, partiendo de la creación del mundo y del hombre, y en el que se enmarca la historia primitiva de la humanidad después de la caída del pecado original, la vocación de Abraham y la historia de los patriarcas, como Isaac y Jacob.

El Libro Santo del Génesis puede dividirse en dos partes bien definidas que podemos señalar: la historia primitiva de la humanidad (Gen. 1,1 al 11,32) y la historia de los patriarcas (Gen. 12,1 al 50,26). En este acercamiento al Texto Sagrado, solo nos concentraremos en estudiar los once primeros capítulos del Libro Santo del Génesis.

La tradición cristiana siempre ha considerado que el Libro Santo del Pentateuco fue escrito por Moisés, pero, en estos últimos tiempos, muchos escritores, tanto católicos como protestantes, han puesto en duda su autoría. En lo respectivo a este estudio, nos confiaremos en las palabras del padre Lagrange, quien dio una conferencia en un congreso bíblico en Friburgo, Alemania, en 1987. En este congreso, el padre expresó que aceptaba a Moisés como autor global de todo el Pentateuco, pero con reservas sobre la época de composición de cada uno de los documentos, exteriorizando la posibilidad de que Moisés recurriera a tradiciones orales que le servirían de sustrato para realizar un compendio básico o un núcleo original, el cual daría origen a la obra que hoy nosotros conocemos. El padre Lagrange insistía en el carácter y en los procedimientos de la composición de los libros del Pentateuco, mismos que habrían sido sometidos a constantes procesos de revisión, tanto en los textos narrativos, como en los textos legislativos, hasta alcanzar su definitiva configuración en la época de la monarquía del primitivo pueblo de Israel.

En dicho congreso de Friburgo, el padre Lagrange afirmó que el Pentateuco —aunque sufrió varias modificaciones— siempre conservó el espíritu de Moisés, y podemos decir que el último redactor de los libros del Pentateuco, lo hizo inspirado y bajo la influencia del Espíritu Santo. Cuando en el Pentateuco nos encontramos expresiones como esta: Dijo Dios a Moisés en la promulgación de las leyes, no se deben entender las palabras al pie de la letra, sino que son un estereotipo, para presentar como de origen divino, unas leyes que, aunque no son directamente de Moisés, se deben a su iniciativa.

Moisés es el creador y el organizador de una teocracia en el pueblo de Israel, que formó durante su larga estancia en el desierto con el pueblo. Con el paso de los años, este código legislativo se fue desarrollando de acuerdo con las exigencias de los nuevos tiempos.

Puede afirmarse que Moisés es el autor de los cinco libros del Pentateuco y que para hacer su obra empleó fuentes, es decir, documentos escritos y tradiciones orales que le permitieron realizar el sustrato de su obra maestra; pero también tuvo una directa revelación de Dios, en la que Él dicta y Moisés escribe.

Lo que Moisés logró dejar compilado durante su vida, lógicamente sufrió una trasformación y algunas modificaciones después de su muerte y a lo largo de los siglos; sin embargo, esto no quiere decir que se haya perdido o adulterado el mensaje divino que Dios nos quiso transmitir a través de él.

Con la publicación de la carta encíclica Divino Afflante Spiritu, en 1943, S.S. Pío XII da libertad a los investigadores de la Sagrada Escritura para indagar sobre aquellas cosas que no afecten la fe y las costumbres de la Iglesia, exhortando a los exégetas a estudiar los nuevos problemas bíblicos. Cinco años después, en 1948, el secretario de la Comisión Bíblica le remite una carta oficial al cardenal Suhard de París, en la que le expone la actitud que perdura hasta nuestros días de la autoridad eclesiástica respecto de los problemas de historicidad de los once primeros capítulos del libro del Génesis y, aludiendo a la cuestión de la formación del Pentateuco, dirá textualmente: “Hoy nadie duda de la existencia de estas fuentes, ni del crecimiento progresivo de las leyes mosaicas debido a las condiciones sociales y religiosas de tiempos posteriores, progresión que se echa de ver en los relatos históricos. Sin embargo, aun entre los exégetas no católicos, corren hoy opiniones diversas sobre la naturaleza y el número de estos documentos, sobre su denominación y datación. Ni faltan autores en diferentes países que, movidos por razones puramente críticas y sin ninguna preocupación apologética, resueltamente rechazan las teorías más en boga hasta el presente y buscan la explicación de ciertas particularidades del Pentateuco; no tanto en la diversidad de tales documentos, cuanto en la especial psicología, en los procedimientos particulares, hoy mejor conocidos, del pensamiento y de la expresión de los antiguos orientales, o bien en el diferente género literario exigido, en conformidad con las diversas materias. Por esto invitamos a los sabios católicos a estudiar sin prejuicios estos problemas, a la luz de una seria crítica y de los datos de otras ciencias racionales con la materia, seguros de que este estudio establecerá la gran parte y la profunda influencia de Moisés como autor y como legislador”.

De este documento oficial de la Iglesia podemos sacar varias conclusiones:

Entonces, podemos decir que el Pentateuco recibió su redacción definitiva en la época de la monarquía de los antiguos israelitas, y que sus ingredientes nucleares y sustanciales no se perdieron con el paso de los años. Moisés elaboró un código cívico religioso, conforme a las exigencias religiosas del pacto del Sinaí; muchas cosas fueron puestas por escrito y otras quedaron flotando en las tradiciones orales. Con el pasar de los años, se fueron actualizando conforme a las necesidades de los nuevos tiempos para ser reunidas posteriormente en un compendio literario que recibe el nombre de Pentateuco.

El Libro Santo del Génesis se encuentra distribuido en diez secciones de la siguiente forma:

En este estudio, solo nos interesan los primeros once capítulos del Libro Santo del Génesis; específicamente, las cinco primeras secciones que abarcan la historia de la humanidad en general. Las cinco partes restantes hacen referencia a los orígenes de los antepasados y parientes inmediatos de Israel.

En la narración de los descendientes de Adán no se tienen en cuenta los descendientes de Caín, y la historia se centra en los descendientes de Set; después del diluvio no se menciona más a los otros hijos de Noé (Cam y Jafet) y se narra solo la historia de los hijos de Sem —para indicar la línea de la que desciende la bendición de Dios que se va a concretizar en el pueblo de Israel— hasta llegar a Abraham y a los posteriores patriarcas, y donde ya podremos encontrar datos históricos más precisos.

Quien escribe, al introducirse al estudio de estos once primeros capítulos del Libro Santo del Génesis, lo hace por inspiración divina y tratando de obedecer la voz de Dios que resuena en su corazón, pero constatando que es un instrumento torpe, frágil y muy poco ilustrado para realizar una labor tan ardua y delicada como esta. Pudo Dios haber pensado en un sabio para realizar esta tarea, pero escogió a quien escribe y eso es algo que le produce temblor.

Quien escribe se ajusta en todo a las disposiciones del magisterio de la Iglesia, y aunque pueda decir cosas novedosas, jamás se apartará de la fe y de la moral de la Iglesia. Solo se remite al secretario de la Comisión Bíblica cuando le escribía al cardenal Suhard respecto del hecho de que los once primeros capítulos del Génesis constituyen un problema oscuro y complejo, pues ningún género literario grecolatino se puede acomodar a ellos; tampoco se puede negar ni afirmar la historicidad de todo el compendio, es decir, no son textos históricos en el clásico sentido moderno, y las ciencias modernas de la teología todavía no han podido dar una solución a los problemas que aquí se plantean.

Lo que la ciencia todavía no alcanza a dilucidar, porque sus alcances no han llegado tan alto, Dios sí lo puede hacer en forma de revelaciones particulares y privadas, pues es el tiempo de que las puertas de la Sagrada Escritura se abran un poco más y se conozca el misterio del Libro Santo del Génesis, que es la puerta de entrada en la Sagrada Escritura, así como la puerta de salida es el Libro Santo del Apocalipsis.

El Libro Santo del Génesis es el libro del inicio y del comienzo de las cosas. Ni los más grandes sabios de Grecia llegaron jamás a concebir la obra de la creación como Dios se la reveló al pueblo de Israel; solo llegaron a concebir un Dios al lado de una materia eterna, de la cual salió el cosmos y las riquezas que lo componen. Se imaginaban que al inicio la materia era caótica y que, puesta en movimiento, dio origen a los dioses y luego a los demás elementos que constituyen el mundo tal como lo conocemos.

Por el contrario, en la Sagrada Escritura existe un soberano absoluto y jamás se da pie al politeísmo, como en la antigua Grecia; este Dios, único y verdadero, es soberano y señor de todas las cosas, su palabra es creadora y no hay nada que se resista a su poder. Es un Dios bueno, que no tiene competencia, que ha creado al hombre por amor y que hace una obra maravillosa con orden y armonía.

Al hablar de la creación, damos por entendido que fue Dios quien la creó, pero debemos hacernos la pregunta: ¿Quién es Dios?..

Para responderla, podríamos empezar diciendo que Dios es infinito en sustancia y en atributos y es eterno en una Trinidad siendo, sin embargo, un único Dios verdadero. En la Santísima Trinidad son tres personas que se ejercitan en las operaciones de conocerse, de comprenderse y de amarse, y las tres tienen un único fin, que es el de conseguir el bien de la unidad eterna en las tres distintas personas.

En la Santísima Trinidad existen el Padre eterno, su Hijo unigénito y el Espíritu Santo de amor. El Padre no es hecho, ni creado, ni engendrado, ni puede serlo de ninguna manera, porque no tiene ningún origen. El Hijo unigénito procede del Padre eterno, por eterna generación, y es engendrado de la fecundidad del entendimiento del Padre, igual al Padre en duración de eternidad. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, por ser el amor.

En esta indivisible y Santa Trinidad no hay cosa que sea primera, ni segunda, o que sea mayor o menor, o que tenga principio y fin. Las tres personas son igualmente eternas y eternamente iguales. La Santa Trinidad es una unidad de esencia en trinidad de personas y, a la vez, es un Dios en la individualidad de la Trinidad y tres personas en la unidad de la sustancia; tres personas que no se confunden por ser un único, solo y verdadero Dios. Tampoco la sustancia se aparta o se divide por ser tres personas.

Siendo distintos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es una misma la divinidad y los tres tienen igual gloria, majestad y poder; los tres son eternos, inmensos, sabios y santos y tienen todos los atributos. Y aunque los tres tienen todos estos atributos es un solo Dios en la perfección de lo infinito, en la perfección de lo verdadero, en la perfección de lo santo, en la perfección de lo justo, en la perfección del poder, en la perfección de la eternidad y en la perfección de no tener medida.

La Santísima Trinidad se comprende a sí misma con un conocimiento simple. El Padre eterno sabe lo que sabe su Hijo unigénito; y el Espíritu Santo, lo que sabe el Padre, y así sucesivamente. Se aman entre sí con un recíproco amor, que es inmenso y eterno. Los tres son una unidad en el entender, en el amar, en el obrar. En Dios existe una única, igual, indivisible, simple e incorpórea naturaleza de ser Dios verdadero, en quien están en grado supremo e infinito todas las perfecciones juntas y recopiladas.

Dios, entonces, es hermoso sin fealdad, es grande sin cantidad, es bueno sin calidad, es eterno sin tiempo, es fuerte sin flaqueza, es vida sin mortalidad, es verdadero sin falsedad; se encuentra presente en todo lugar, llenándolo todo sin ocuparlo; abarca todas las cosas sin extensión; no tiene contradicción en la bondad ni defecto en la sabiduría; es sabio en sus consejos y justo en sus juicios, en sus pensamientos es secretísimo, en sus palabras es verdadero, en sus obras es santo y en sus tesoros es rico.

Dios no puede ser ensanchado por el espacio; la estrechez de un lugar no es angosta para Él; la voluntad no varía en Él, ni lo triste lo puede conturbar; en Él no hay cosas pasadas ni futuras y su tiempo es un eterno presente. En Dios no hay origen ni principio y tampoco tendrá término o fin.

Dios es un ser omnipresente, es decir, está en todas partes; es un ser omnisciente, es decir, todo lo conoce, y es un ser omnipotente, es decir, todo lo puede. Dios es un ser inconmutable, es decir, está por encima de todo ser y sobre todo ser; en Dios, la santidad es perfectísima y la verdad es constantísima.

Esta es la descripción del único y verdadero Dios que puede crear todas las cosas y que creó todas las cosas. De este Ser tan grande y tan inmenso parte toda la creación espiritual y material.

Prólogo

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Nada de lo aquí revelado a una mente humana puede ser negado, porque está basado en textos sagrados. Quien pretenda doblegarlo, entenderlo a su manera o cambiarlo, se sentiría humillado porque vería los designios de Dios manifestado en lo pequeño, en lo oculto, en lo recóndito del mundo y en la profundidad del alma para confundir a los sabios.

Se necesita ser pequeño y humilde para comprenderlo todo, porque la soberbia y el orgullo lo dividen todo. No hay que ser teólogo, ni docto, ni sabio, ni amante de la escritura, tan solo es retarse a sí mismo y preguntarse: “Si yo no puedo crear, si como humano me equivoco, fallo o defraudo, si estoy tan abocado al error, al pecado y a la fragilidad, entonces, ¿cómo puedo ser autosuficiente en mi propia creación? ¿Cómo puedo pensar que no necesito a un ser superior para ser creado?”

Nadie que busque la verdad encuentra plena felicidad si no es en Dios, en la Iglesia y en un corazón con gracia; si se hace de otra manera, tan solo se halla la libertad disfrazada de libertinaje, misma que conduce a la esclavitud sujeta al poder, al placer y al demonio, cuyo único fin es perder el alma y hacernos infelices.

Si dices no creer en Dios, si piensas que todo es materialismo, consumismo y ambición, si crees que tras la muerte todo es descanso y no hay dolor y, más aún, si piensas que en el futuro está la solución, ¡atrévete a leerlo y descubrirás un Dios eterno, lleno de amor que quiere darte su don más preciado: la salvación!

Al final, solo argumenta: ¿quién es más sabio, el hombre o Dios?

Apreciado lector, si al finalizar este libro tu corazón te empuja a buscar a este Dios, aférrate a su mano poderosa y a sus palabras de amor, y si se han cumplido muchas de las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento, todo lo que falta también se cumplirá. Tú escoges cómo es el fin que quieras tener, si como esclavo o como libre hijo de Dios, redimido por su Sangre y salvo por su Amor, porque se ha dicho: “Cielos y tierra pasarán, mas sus palabras no pasarán”.

Este libro fue escrito para aquellos que tienen en su corazón la inquietud de la verdad; con él no se pretende satisfacer la necesidad malsana de algunos corazones inquietos; más bien, tiene como fin llevar los corazones a la paz y al sosiego, llevar el espíritu a la misma verdad: Jesucristo verdad encarnada.

Aunque el libro contiene postulados teológicos en los que la Iglesia todavía no ha reflexionado lo suficiente y datos que muy pocas personas han contemplado y que se salen de cánones establecidos por la sociedad, jamás pretende atacar ninguno de los planteamientos dogmáticos, morales y disciplinarios de la Iglesia Católica. Las ideas que aquí se expresan implican un pensamiento abierto, y quien escribe lo hace con una mentalidad abierta; por consiguiente, quien lee debe tener también su mente abierta. Recordemos que los santos fueron personas que supieron desbordar ciertos parámetros culturales y sociales, lineamientos que, en sus épocas, algunos llegaron a pensar que no se podían rebasar por la estrechez de sus mentes; así, se aferraron a ideas que los esclavizaban en lugar de liberarlos. Hay ideas y pensamientos que pueden servirnos por un tiempo y que nos liberan, mientras sea el momento adecuado, pero luego se vuelven anacrónicos y nos impiden pensar y encontrar una explicación razonable y comprensible de las cosas.

Hay cosas en el misterio y en la penumbra que envuelven el libro del Génesis respecto de la historia primitiva de la humanidad, que se vuelven tan incomprensibles para algunos teólogos y científicos, entre otros, que en algunas ocasiones se tratan con ligereza, evitando lo que no se puede o no se quiere explicar; algunos se atreven a decir que son “un mero cuento” y que de ahí no pasan.

En el presente libro, se realiza una explicación basada en revelaciones divinas; asimismo, se hace una reflexión teológica con el fin de sustentar la compresión de los orígenes del hombre y de la humanidad.

Amigo lector, el que escribe este libro piensa en ti más de lo que tú puedes pensar en ti mismo, porque quien escribe piensa en tu alma, en la luz que la envuelve y en la única verdad que te puede hacer libre.