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Charles Foster. Reino Unido, 1962.

Foster es escritor, abogado y viajero. Es miembro del Green Templeton College de la Universidad de Oxford. Gran parte de su vida la ha dedicado a las expediciones; participó en una carrera de ciento cincuenta millas en el Sahara, esquió en el Polo Norte, y sangró en muchos paisajes hermosos y desolados. Ha escrito o contribuido en más de treinta y cinco libros sobre viajes, biología evolutiva, historia natural, antropología y filosofía. Ha publicado en infinidad de medios como The Guardian, The Spectator, National Geographic, la revista BBC Wildlife, Time Out, The Daily Telegraph, The Independent, The Oldie y The Literary Review. Ha sido profesor de medicina veterinaria y derecho en Cambridge, y es un cirujano veterinario cualificado. Foster tiene también un doctorado en Derecho y Bioética de la Universidad de Cambridge. Es profesor de Derecho Médico y Ética en la Universidad de Oxford, y profesor visitante y miembro de la Facultad de Derecho de la Universidad de Oxford. Es investigador asociado en el Centro de Ética Práctica de Uehiro y asociado de investigación en el Centro Ethox y el Centro HeLEX, todos en la Universidad de Oxford. Mantiene un interés activo en la medicina veterinaria, particularmente la acupuntura veterinaria, así como en la vida silvestre en general y la medicina de animales grandes. Por otra parte, es miembro de la Royal Geographical Society y de la Linnean Society.

 

 

 

Título original: Being a Beast: Adventures Across the Species Divide (2017)

 

© Del libro: Charles Foster

© De la traducción: Enrique Maldonado Roldán

Edición en ebook: abril de 2019

 

© Capitán Swing Libros, S. L.

c/ Rafael Finat 58, 2º 4 - 28044 Madrid

Tlf: (+34) 630 022 531

28044 Madrid (España)

contacto@capitanswing.com

www.capitanswing.com

 

ISBN: 978-84-949879-7-7

 

Diseño de colección: Filo Estudio - www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra Ortiz

Composición digital: leerendigital.com

 

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Ser animal

 

 

CubiertaCharles Foster quería saber cómo es en realidad ser un animal: un tejón, una nutria, un ciervo, un zorro, un vencejo. Saberlo de verdad. Así que lo probó: vivió como un tejón durante seis semanas, durmiendo en un agujero sucio y comiendo lombrices; encontrándose cara a cara con camarones cuando vivió como una nutria; y pasando horas acurrucado en un jardín trasero en el este de Londres y hurgando en contenedores como un zorro urbano. Apasionado naturalista, Foster expone que cada criatura crea un mundo diferente en su cerebro y vive en ese mundo. Como humanos, compartimos información sensorial —luces, olores y ruidos—, pero tratar de explorar lo que realmente es vivir en otro de estos mundos, perteneciente a otra especie, es un desafío neurocientífico fascinante y único. Partiendo del análisis de lo que la ciencia puede decirnos sobre lo que sucede en el cerebro de un zorro o de un tejón cuando capta un aroma, el autor imagina su mundo para nosotros, escribiendo a través de sus ojos o, más bien, a través de los ojos de Charles, la bestia. Una mirada íntima a la vida de los animales, la neurociencia, la psicología y la escritura de la naturaleza: un viaje de emociones y sorpresas extraordinarias, con maravillosos momentos de humor y alegría, pero también lecciones importantes para todos los que compartimos la vida en este planeta.

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Índice

 

 

Portada

Ser animal

Nota del autor

Ser animal

01. Volverse bestia

02. Tierra (1). Tejón

03. Agua. Nutria

04. Fuego. Zorro

05. Tierra (2). Ciervo

06. Aire. Vencejo

Epílogo

Agradecimientos y bibliografía

Sobre este libro

Sobre Charles Foster

Créditos

Nota del autor

Quiero saber qué es ser un animal salvaje.

Quizá sea posible. La neurociencia ayuda; también un poco de filosofía y un mucho de la poesía de John Clare.[1] Pero, sobre todo, implica descender peligrosa y lentamente el árbol de la evolución para meterse en un agujero en la ladera de una colina en Gales o bajo las rocas en un río del condado de Devon ­y aprender sobre la ingravidez, la forma del viento, el aburrimiento, el mantillo en la nariz y las sacudidas y los sonidos de seres que mueren.

La literatura sobre la naturaleza ha girado por lo general en torno a humanos que pasean a colonialistas zancadas y describen lo que ven desde una altura de un metro y ochenta centímetros. O sobre humanos que fingen que los animales llevan camisa y pantalones. Este libro es una tentativa de ver el mundo desde la altura de los tejones de Gales, de los zorros londinenses, de las nutrias del Parque Nacional de Exmoor, de los vencejos de Oxford y de los ciervos escoceses y del suroeste de Inglaterra —desnudos todos ellos—; un intento de aprender qué supone arrastrarse o descender en picado por un paisaje que es fundamentalmente olfativo o auditivo más que visual. Es una suerte de chamanismo literario y ha sido divertidísimo.

Cuando nos adentramos en un bosque, compartimos toda su información sensorial —luz, color, olor, ruido y demás— con las criaturas que lo habitan. Pero ¿reconocería alguna de ellas nuestra descripción de ese bosque? Cada organismo crea un mundo distinto en su cerebro. En ese mundo vive. Estamos rodeados de millones de mundos diferentes. Explorarlos es un apasionante reto neurocientífico y literario.

La neurociencia ha conseguido grandes avances: sabemos, o podemos inferir de manera racional a partir del trabajo con especies similares, qué sucede en la nariz de un tejón y en las áreas olfativas de su cerebro cuando se arrastra por el bosque. Sin embargo, la aventura literaria apenas ha empezado. Una cosa es describir qué zonas del cerebro del tejón se iluminan en la imagen de una resonancia magnética funcional cuando huele una babosa. Otra muy distinta es pintar un cuadro de todo el bosque tal y como lo percibe el tejón.

Dos pecados han afectado la literatura tradicional de la naturaleza: el antropocentrismo y el antropomorfismo. Los antropocentristas describen el mundo natural como lo perciben los seres humanos. Puesto que están escribiendo libros para humanos, posiblemente sea una estrategia inteligente desde el punto de vista comercial. Pero es bastante aburrida. Los antropomorfistas asumen que los animales son como los humanos: los visten con ropa real —Beatrix Potter et alii— o metafórica —Henry Williamson et alii— y les otorgan unos receptores sensoriales y una cognición propios de los seres humanos.[2]

He intentado evitar estos dos pecados. Por supuesto, no lo he conseguido.

Describo el paisaje como lo percibe un tejón, un zorro, una nutria, un ciervo y un vencejo. Utilizo dos métodos. En primer lugar, me sumerjo en la literatura fisiológica más pertinente y descubro qué hemos aprendido en los laboratorios del funcionamiento de estos animales. En segundo lugar, me sumerjo en su mundo. Cuando estoy siendo un tejón, vivo en un agujero y como lombrices de tierra. Cuando estoy siendo una nutria intento pescar con los dientes.

El reto a la hora de describir la fisiología es evitar un texto aburrido e inaccesible. En lo que a comer lombrices respecta, la cuestión radica en no resultar extravagante ni ridículo.

Gracias a sus receptores sensoriales, los animales disponen para pintar su paisaje de una paleta de colores infinitamente mayor que la de cualquier artista humano. La intimidad con la que se relacionan con la tierra les concede una autoridad en su representación mucho mayor que la que pueda otorgarse incluso el agricultor cuyos antepasados no han dejado de remover la tierra desde el Neolítico.

Este libro se estructura en torno a los cuatro elementos tradicionales del mundo, cada uno de los cuales tiene un animal que lo representa: tierra —tejón, que la cava, y ciervo, que la galopa—, fuego —zorro urbano: las luces de la ciudad—, agua —nutria— y aire —vencejo, el supremo morador del aire, que duerme en piloto automático, elevado por las corrientes térmicas durante la noche, y raras veces aterriza—. La idea es que cuando los cuatro elementos se mezclan debidamente se produce la alquimia.

El primer capítulo es un vistazo a las dificultades que acarrea mi aproximación. Pretende abordar por anticipado algunas de ellas. A quien no le suponga un problema mi enfoque puede saltárselo y pasar a la tejonera del segundo capítulo.

El capítulo segundo trata de los tejones. El entorno es el de las colinas de Gales conocidas como Black Mountains, donde he pasado muchas semanas en distintas temporadas. Estuve unas seis semanas bajo tierra, algunas en Gales y otras en otros lugares, a lo largo de muchos años. El capítulo —como todos— es un collage que ensambla el conjunto de experiencias. Resume un periodo de varias semanas y un regreso posterior.

Es un capítulo largo. Introduce muchas de las cuestiones y algunas ideas científicas que son relevantes para los capítulos siguientes —por ejemplo, el concepto de paisaje construido a partir de información más olfativa que visual—. Otros capítulos son más cortos de lo que les correspondería de no ser por la longitud de este.

El capítulo tercero habla de las nutrias. Son caminantes de largo recorrido. «Local» tiene un significado mucho más amplio para ellas que para los otros animales analizados en este libro. Se ondulan sobre las arrugas del terreno; conocer sus viajes es saber cómo se ha desmoronado la tierra. Viven sumergidas en soluciones diluidas del propio mundo. Lo mismo nos sucede a nosotros, aunque no pensemos en estos términos habitualmente. Sus ancestros y los nuestros salieron del agua. Las nutrias volvieron. El retorno no llegó a completarse. Esto las hace más accesibles que los peces, al menos para mí.

El capítulo se ubica en Exmoor, donde paso gran parte del año. El parque tiene una extensión considerable, como sucede con los caminos de las nutrias, pero el capítulo se limita a las regiones entre los ríos East Lyn y Badgworthy Water, los arroyos que los alimentan desde los altos páramos y la costa del norte de Devon donde desemboca el East Lyn.

El capítulo cuarto es una mirada a los urbanitas a través de la nariz, los oídos y los ojos de un zorro. Se desarrolla en el East End de Londres, donde viví muchos años. En aquellos días merodeaba por sus calles por la noche buscando familias de zorros.

En el capítulo quinto vuelvo entre ciervos a Exmoor y a la sección occidental de las Tierras Altas de Escocia.

Vemos a los ciervos desde nuestros coches y creemos que los conocemos mejor que a los seres que se arrastran y horadan la tierra. La mitología confirma y niega esta presunción. Dioses con cuernos levantan los cuartos delanteros en nuestro subconsciente. Son grandes y visibles, pero siguen siendo dioses. Y se escabullen si los miramos a los ojos.

A lo largo de mi vida he pasado mucho tiempo intentando matar ciervos. Este capítulo es otra forma de caza: una tentativa de colarme en su cabeza en lugar de disparar a doscientos metros de su corazón.

El capítulo sexto trata de los vencejos y flota en el aire entre Oxford y África central.

Los vencejos son animales del aire como ningún otro. Son tan ingrávidos como las medusas microscópicas. Estoy obsesionado con los vencejos desde que era niño. Una pareja construye su nido entre chirridos un metro por encima de mi cabeza mientras escribo en mi estudio en Oxford. Sus chillonas fiestas veraniegas en nuestra calle se celebran justo a la altura de mis ojos. He seguido a los vencejos por toda Europa y hasta África occidental.

El capítulo se abre con una serie de «hechos» que muchos comprensiblemente considerarán tendenciosos y controvertidos. Sí, sé que los indicios que sostienen muchas de estas aseveraciones se enfrentan a un feroz cuestionamiento. Pero concédanme una pizca de paciencia y veremos cómo seguimos avanzando.

La apuesta por la temática de los vencejos me condenaba implacablemente al fracaso. Fue una decisión más bien estúpida. No hay palabras capaces de atraparlos, lo cual, en cierta medida, sirve de atenuante para la aproximación que he adoptado en este capítulo.

En el epílogo echo la vista atrás a mis viajes por los cinco universos. ¿Eran misión imposible? ¿Estaba describiendo algo distinto al interior de mi propia cabeza?

Esperaba escribir un libro que tuviera poco o nada de mí. Eran unas expectativas ingenuas. El libro ha resultado abordar —excesivamente— mi propia vuelta a la naturaleza, mi reconocimiento de una condición previa que no había identificado en mí mismo y mi lamento por la pérdida de este salvajismo. Ya lo siento.

Oxford, octubre de 2015

[1] John Clare (1793-1864) es uno de los más destacados poetas ingleses de origen campesino. En sus versos ensalza la naturaleza de su país y lamenta la desconsiderada intervención del ser humano. (Si no se especifica lo contrario, las notas de esta edición son del traductor).

[2] De la pluma de la escritora inglesa Beatrix Potter (1866-1943) nació, entre otros muchos, el personaje de la literatura infantil que hasta la irrupción en los cines de Peter Rabitt era conocido como el conejo Perico (o Pedrito). El prolijo escritor inglés Henry Williamson (1895-1977) es recordado fundamentalmente por su novela Tarka the otter (Tarka, la nutria), publicada con el ilustrativo subtítulo «su alegre vida y su muerte en las aguas de la región de los dos ríos».

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