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La Colina del Mal Consejo

El señor Levi

Nostalgia

Notas

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La Colina del Mal Consejo

La Colina del Mal Consejo

Estaba oscuro. En la oscuridad dijo una mujer: no tengo miedo. Un hombre le respondió: tienes mucho miedo. Y otro hombre dijo: silencio.

Después se encendieron unas tenues luces a los lados del escenario, se alzó el telón, y se hizo el silencio.

En el mes de mayo del año 1946, al cumplirse un año de la victoria de los aliados, el Consejo Nacional organizó una gran fiesta en el cine Edison. Las paredes estaban adornadas con banderas de Inglaterra y del movimiento sionista. En el borde del escenario había jarrones con gladiolos. Y habían colgado un versículo de la Biblia: «Haya calma entre tus muros, paz en tus palacios»1.

El gobernador de Jerusalén subió al escenario con paso marcial y pronunció un breve discurso. En el discurso intercaló alguna broma y también leyó unos versos de Byron. Tras él se levantó Moshé Shertok para expresar en inglés y en hebreo las tribulaciones de la población judía. En las esquinas de la sala, y junto a las salidas y el escenario, había soldados ingleses con gorras rojas que empuñaban ametralladoras por miedo a la resistencia. Desde el palco miraba muy erguido el Alto Comisionado, sir Alan Cunningham, acompañado de un pequeño séquito de damas y oficiales del ejército. Las damas tenían anteojos en las manos. Un coro de pioneros con camisas azules entonaba canciones de trabajo. Eran canciones rusas, y ni en ellas ni en el público había alegría, tan solo nostalgia.

Tras la actuación del coro proyectaron una película sobre el veloz avance de los blindados de Montgomery en el desierto occidental. Aquellos blindados levantaban columnas de polvo, arrasaban trincheras y alambradas de espino con sus cadenas, perforaban el cielo gris del desierto con las puntas de sus antenas. Y la sala se llenó de estruendo de cañones y algarabía de marchas militares.

En mitad de la película, un ligero murmullo recorrió el palco de honor.

De pronto se interrumpió la proyección. Se encendieron todas las luces en la sala. Alguien alzó la voz y se oyó una reprimenda o una orden enérgica: se necesitaba urgentemente un médico.

En la fila número 29 el padre se puso de inmediato en pie. Se abrochó el primer botón de su camisa blanca, le susurró a Hillel que cuidara de la madre y la calmara hasta que la situación se aclarase y, como quien salta intrépidamente a una casa en llamas, se abrió paso hacia las escaleras del anfiteatro.

Resultó que lady Bromley, la cuñada del Alto Comisionado, había sufrido un repentino desvanecimiento. Llevaba un largo vestido blanco y también su rostro estaba blanco. El padre se presentó aceleradamente a las autoridades mientras colocaba el débil brazo de la mujer sobre sus hombros. Como un refinado caballero guiando a una bella durmiente, condujo el padre a lady Bromley hacia el ropero de señoras. Allí la acomodó sobre un taburete tapizado y le ofreció un vaso de agua fría. Tres altos funcionarios ingleses vestidos de etiqueta se apresuraron a seguirle, rodearon a la enferma por la derecha, por la izquierda y por detrás, y sujetaron su cabeza mientras bebía un trago de agua con dificultad. Y un anciano coronel, con uniforme de la aviación, sacó el abanico de la mujer de su bolsita blanca, lo abrió con cuidado y le dio aire en la cara.

La lady abrió sus ojos cansados. Como con ironía miró un instante a todos los esforzados caballeros que la rodeaban. Era muy vieja, huesuda, puntiaguda como un ave sedienta, tenía la nariz fina y afilada, y la boca fruncida con un gesto de ofensa y maldad.

–Así pues, doctor –se dirigió el coronel al padre en tono severo–, así pues, ¿qué ocurrirá ahora?

El padre dudó un instante, se disculpó dos veces y, de pronto, tomó una decisión. Se inclinó y, con sus finos y bonitos dedos, aflojó los cordones del apretado corsé. Entonces lady Bromley se sintió mejor. La mano reseca, que parecía una pata de gallina, volvió a colocar el bajo del vestido. Entre sus labios fruncidos se abrió una grieta, una especie de sonrisa defectuosa, luego cruzó sus viejas piernas, y cuando habló su voz era chillona y hostil, una voz de latón:

–Es solo el clima.

Uno de los altos funcionarios dijo educadamente:

–Señora...

Pero lady Bromley no le prestó atención. Se dirigió impaciente al padre:

–Joven, ¿sería tan amable de abrir todas las ventanas? También esa. Necesito un poco de aire. Qué muchacho tan simpático.

Hablaba así al padre porque con su camisa blanca, que le caía sobre los pantalones caqui, el cuello abierto y las sandalias bíblicas, le parecía un chico del servicio en vez de un médico. Había pasado su juventud entre monos, jardines y fuentes en la ciudad india de Bombay.

El padre obedeció en silencio y abrió una ventana tras otra.

El aire de la tarde jerosolimitana entró y con él olores a repollo, pinos y basura.

Sacó de su bolsillo un pequeño paquete de la mutua sanitaria, quitó con muchísimo cuidado la tapa, que estaba marcada con líneas discontinuas, y ofreció a la lady una aspirina. El padre no sabía pronunciar la palabra «migraña» en inglés y, por tanto, la dijo en alemán. En ese momento seguro que sus ojos azules brillaron con una luz amable y optimista tras sus gafas redondas.

Al cabo de diez minutos, la lady ordenó que la llevaran de vuelta a su sitio en el palco de honor. Uno de los altos funcionarios anotó en su libreta el nombre y la dirección del padre y expresó un comedido agradecimiento. Sonrieron. Hubo un ligero desconcierto. De pronto el funcionario alargó la mano. Y se las estrecharon.

El padre se dirigió de nuevo a su asiento en la fila 29, entre su mujer y su hijo, y dijo:

–No ha pasado nada. Es solo el clima.

Las luces de la sala se apagaron. De nuevo se vio al general Montgomery persiguiendo sin piedad al general Rommel por todo el desierto. El fuego y las columnas de polvo llenaban la pantalla, Rommel aparecía en primer plano mordiéndose con fuerza los labios y, al fondo, el ardiente fragor de las gaitas llegaba al borde del éxtasis.

Al final se tocaron los himnos, el británico y el sionista. La fiesta terminó. Los ciudadanos salieron del Edison y se dirigieron a sus casas. Sobre Jerusalén cayeron de pronto las sombras del atardecer. A lo lejos se veían montañas peladas con alguna torre solitaria. En las laderas lejanas había cabañas dispersas. Las callejuelas bullían de sombras y susurros. La ciudad entera había sido conquistada por una fuerte nostalgia. Las primeras luces aparecieron en las ventanas. Había una tensa espera, como si en cualquier momento fuese a oírse un sonido nuevo. Pero solo se oían los viejos sonidos por todas partes, el reproche de una mujer, el chirriar de una contraventana, el maullido de un gato en celo entre los cubos de basura de algún patio. Y una campana muy lejana.

Frente a la ventana de su tienda vacía, un guapo peluquero bújaro con una bata blanca se afeitaba el mentón mientras cantaba. Al mismo tiempo atravesaba el cruce un jeep de la patrulla inglesa con una ametralladora cargada con ristras de balas de plomo resplandeciente.

Una anciana estaba sentada sola en un taburete de madera junto a una tienda de artículos de papelería. Sus manos, agrietadas como las de un albañil, descansaban sobre sus rodillas. Las últimas luces de la tarde rodeaban su cabeza y sus labios se movían en silencio. Desde la tienda habló otra mujer en yiddish:

S’iz a poshete zakh, s’iz a shlekht zakh2.

La anciana no respondió nada. Tampoco se movió.

Junto a la prensa de planchado de Ehrenpreis, se acercó al padre un mendigo piadoso pidiendo una pequeña moneda, al recibirla dio gracias a Dios con ira, maldijo dos veces a la Agencia Judía y, con la punta de su bastón, espantó a un gato callejero.

Por el este repicaban las campanas, campanas agudas y campanas graves, campanas pravoslavas, campanas anglicanas, campanas griegas, campanas etíopes, romanas, armenias, como si la ciudad estuviese sufriendo una epidemia o un incendio. Pero esas campanas solo pretendían llamar noche a la noche. Y también una ligera brisa llegó desde el noroeste, quizás desde el mar, apenas tocó las copas de los pálidos árboles ornamentales plantados por el Ayuntamiento de Jerusalén en lo alto de la calle Malaquías y acarició los rizos del niño. Estaba anocheciendo. Un ave invisible hacía un ruido extraño e insistente. En las rendijas de las paredes de piedra crecían líquenes. El óxido se extendía por las viejas contraventanas de hierro y las barandillas de los balcones. Jerusalén estaba muy tranquila con las últimas luces.

Por la noche, el niño volvió a despertarse con un ataque de asma. El padre fue descalzo a cantarle una canción que le calmara: «El cordero descansa y el cabrito/ con los ojos cerrados, tú también/ el viento acalla su grito/ duerme Jerusalén».

Al amanecer aullaron los chacales en el wadi al pie del barrio de Tel Arza. El subarrendado Mitya empezó a gritar en sueños al otro lado de la pared: «¡Dejadle! ¡Aún está vivo! Ya ne znayu»3. Y se calló. Luego cantaron gallos lejanos desde el barrio de Sanhedria y el pueblo árabe de Soafat. Con las primeras luces el padre se puso unos pantalones largos color caqui, unas sandalias, una camisa azul planchada con muchos bolsillos y se fue a trabajar. La madre siguió durmiendo hasta que las vecinas empezaron a golpear con todas sus fuerzas los cobertores y los colchones. Entonces salió de la cama con la bata de seda, preparó al niño un huevo cocido, una papilla de cereales, un vaso de cacao sin nata y le peinó los rizos.

Hillel dijo:

–Yo solo. Y se acabó.

Un viejo cristalero pasó por la calle gritando: «¡Cristalero profesional! ¡América! ¡Lo arreglo todo!». Y los niños le iban gritando: «¡Loco!».

Al cabo de tres días el padre recibió sorprendido una invitación dorada para dos personas para asistir a la fiesta de mayo en el palacio del Alto Comisionado situado en la Colina del Mal Consejo. En el dorso de la invitación, el secretario escribió en inglés que lady Bromley quería expresar así su gratitud al doctor Kipnis, junto con sus más sinceras disculpas, y que sir Alan en persona le transmitía sus respetos.

El padre no era exactamente médico, era veterinario.

2

Nació y creció en Silesia. Hans Walter Landauer, el reputado geógrafo, era tío de su madre. De joven, el padre estudió en el instituto veterinario de Leipzig y se especializó fundamentalmente en las enfermedades tropicales y subtropicales del ganado vacuno.

En el año 1932 emigró a Eretz Israel para abrir una granja de ganado vacuno en las montañas. Era un joven educado, taciturno, imbuido de esperanzas y principios. En sus sueños se veía deambulando con una mochila y un bastón por las montañas de Galilea, descubriendo y limpiando por sí mismo una zona boscosa y levantando con sus propias manos una cabaña, con tejado inclinado, buhardilla y sótano, en la ribera de algún río. Pretendía reunir pastores y rebaños, alejarse durante el día hacia nuevos prados, sentarse por la noche rodeado de libros en una habitación llena de cabezas de gacela disecadas y escribir un ensayo o un gran poema.

Vivió durante tres meses en una pensión de Yesod Hamaale y se pasaba días enteros, de la mañana a la noche, dando vueltas él solo por la Galilea oriental buscando al búfalo entre los pantanos del valle de Hule. Su cuerpo fue adelgazando, fue bronceándose, y tras las gafas redondas sus ojos azules parecían dos lagos de un país nórdico nevado. Aprendió a amar la desolación de las montañas lejanas y el olor del verano: cardos abrasados, excrementos de cabras, ceniza de hogueras, viento del este polvoriento.

En el pueblo árabe de Halsa se encontró con un ornitólogo alemán de Baviera, un hombre solitario, un evangelista devoto que creía que la vuelta de los judíos a su tierra anunciaba la salvación del mundo y que estaba reuniendo material para un gran libro de investigación sobre los pájaros de la Tierra Santa. Ambos solían alejarse hasta el valle de Marjayún, hasta las montañas de Naftalí y los pantanos del Hule. Algunas veces llegaron hasta las remotas fuentes del Jordán. Allí permanecían todo el día a la sombra de la frondosa vegetación, recitaban de memoria amados poemas de Schiller y llamaban a cada animal y a cada ave por su nombre exacto.

Cuando el padre comenzó a preocuparse por lo que pasaría cuando se fuera acabando el dinero que le había dado el tío de su madre, el reputado geógrafo, decidió ir a Jerusalén para estudiar algunas posibilidades prácticas. Por tanto, se despidió del solitario ornitólogo bávaro, recogió sus escasos enseres y una clara mañana de otoño apareció en el despacho del doctor Arthur Ruppin del Consejo Nacional de Jerusalén.

A primera vista, al doctor Ruppin le agradó ese muchacho bronceado y taciturno que había ido a verle desde Galilea. También recordó que de joven había estudiado los países tropicales en el gran atlas del geógrafo Landauer. Cuando el padre empezó a hablar de su proyecto y a describir la granja de ganado vacuno en las montañas de Galilea, el doctor Ruppin tomó algunas notas rápidas en varios papelitos. El padre terminó con estas palabras:

–Es una idea difícil de realizar, pero creo que no es imposible.

El doctor Ruppin sonrió con tristeza:

–No es imposible, pero difícil de realizar. Muy difícil.

Y a continuación señaló dos o tres tristes realidades.

Convenció al padre para que, por el momento, pospusiese la realización del proyecto y, entre tanto, invirtiese su dinero en la adquisición de un joven campo de frutales junto a la colonia agrícola de Nes Tziona, y comprase sin demora una pequeña casa en el nuevo barrio de Tel Arza, que se estaba construyendo al norte de Jerusalén.

El padre no discutió.

Al cabo de unos días, el doctor Ruppin consiguió al padre un puesto de veterinario gubernamental itinerante y también le invitó a un café en su casa del barrio de Rehavia.

Durante unos años estuvo el padre levantándose antes del amanecer, dirigiéndose en autobuses mugrientos hacia Belén, Ramallah, los alrededores de Jericó, Lod, y supervisando en nombre del gobierno el ganado vacuno.

El campo de frutales junto a Nes Tziona comenzó a reportarle algunos ingresos que, junto con parte de su sueldo gubernamental, ingresaba en el banco anglopalestino. La pequeña casa de Tel Arza la amuebló con una cama, una mesa, un armario y estanterías. Encima de la mesa colgó un gran cuadro del tío de su madre, el reputado geógrafo. Hans Walter Landauer miraba al padre desde arriba de forma escéptica y como con cierta sorpresa. Sobre todo por las noches.

En sus andanzas por los pueblos recogió cardos raros. Coleccionó algunos fósiles y antiguos fragmentos de cerámica. Lo ordenó todo a conciencia. Y esperó.

Entre tanto, el silencio envolvió a su madre y sus hermanas en Silesia.

Con el paso de los años, el padre aprendió a hablar un poco de árabe. Aprendió él solo. El poema lo pospuso para otra ocasión. Cada día aprendía algo nuevo sobre esta tierra y sus habitantes, y a veces también sobre sí mismo. Seguía viendo en sueños una granja de ganado vacuno en Galilea, pero el sótano y la buhardilla le parecían ahora innecesarios y casi infantiles. Una vez, por la noche, le dijo en voz alta al cuadro del tío:

–Ya veremos. No soy menos obstinado que tú. Te ríes, pero no me importa. Ríete todo lo que quieras. Venga.

Por las noches, a la luz de su lámpara de mesa, llenaba las hojas de un diario en las que expresaba su angustia por su madre y sus hermanas, los sinsabores de los vientos abrasadores, las pequeñas rarezas de algunos de sus conocidos, el sentido de tantas andanzas por pueblos perdidos. Anotaba con cuidadas palabras algunas lecciones profesionales que había aprendido en su trabajo. Ponía por escrito reflexiones optimistas sobre los progresos, en distintos campos, de la población judía. Tras muchas tachaduras, formulaba dos o tres observaciones a favor y en contra de la soledad, así como una tímida esperanza de un amor que algún día quizás también le llegaría a él. Luego arrancaba con cuidado la hoja y la rompía en mil pedazos. Publicó en el periódico Hapoel Hatzair un artículo sobre la conveniencia de tomar leche de cabra.

A veces iba al atardecer a casa del doctor Ruppin en Rehavia y allí le ofrecían café y pasteles de crema. O visitaba a su paisano, el viejo profesor Julius Wertheimer, que también vivía en Rehavia, no muy lejos del doctor Ruppin. Algunas veces se oía a lo lejos una melodía de piano melancólica, insistente, como ruegos de desesperada vanidad. Cada verano ardían las rocas en la ladera y cada invierno Jerusalén se cubría de niebla. Refugiados y pioneros seguían llegando de diferentes lugares y llenaban la ciudad de pasmo y melancolía. El padre compraba libros a algunos de esos refugiados, algunos eran libros olorosos con tapas de piel y títulos de oro, y de vez en cuando intercambiaba libros con el doctor Ruppin o con el viejo profesor Julius Wertheimer, que solía recibirle con un abrazo rápido y tímido.

A veces los árabes le ofrecían zumo de granada fresco en alguno de los pueblos. Algunos le besaban la mano. Aprendió a beber agua de una jarra de barro levantada sin que sus labios tocasen la boca de la jarra. En una ocasión, una mujer le lanzó de lejos una mirada de brasas oscura que le hizo estremecerse de arriba abajo y apartar rápidamente la vista.

En su diario escribió:

«Llevo tres años viviendo en Jerusalén y sigo añorándola como si aún fuese un estudiante en Leipzig. ¿Acaso no hay en esto cierta paradoja? Y en general», el padre añadió en su diario algunas otras frases reflexivas y algo oscuras, «hay muchas contradicciones. Ayer por la mañana, en el pueblo de Lifta, tuve que matar urgentemente a un caballo sano y hermoso, porque los gamberros le habían sacado los ojos por la noche con un clavo. La violencia por la violencia me parece algo completamente necio e inútil. Esta tarde, en el kibbutz Kiryat Anavim, los pioneros han puesto en el gramófono una suite de Bach que me ha despertado una gran compasión por esos pioneros, por el caballo, por Bach, por mí mismo. Casi han aflorado las lágrimas. Mañana es el cumpleaños del rey y todos los trabajadores del departamento recibirán un mismo presente gubernamental. Contradicciones hay muchas. Y tampoco el clima es fácil».

3

La madre dijo:

–Me pondré el vestido azul con cuello de pico y seré la mujer más guapa de la fiesta. También pediremos un taxi especial.

El padre dijo:

–Y no olvides perder allí un zapato pequeño.

Hillel dijo:

–Yo también.

Pero no se llevan niños a la fiesta de mayo en el palacio del Alto Comisionado. Tampoco niños buenos. Tampoco niños más listos de lo normal para su edad. Y, por supuesto, la fiesta no terminaría antes de la medianoche. Así que pasaría la noche en casa de la vecina pianista, madame Yabrova, y su sobrina Lyubov, que se llamaba a sí misma Benjamina Piedra Preciosa. Allí le pondrían música en el gramófono, allí le darían la cena, le dejarían jugar un rato con la colección de muñecas del mundo y le acostarían.

Hillel intentó protestar:

–Pero aún tengo que dar una respuesta al Alto Comisionado, para que sepa quién lleva razón.

El padre respondió con paciencia:

–Nosotros tenemos razón y el Alto Comisionado sin duda lo sabe, pero está obligado a cumplir la voluntad del rey.

–A ese rey no lo envidio porque recibirá un gran castigo de Dios y además el tío Mitya lo llama el rey Kedorlaómer de la tierra de Albión y dice que los de la resistencia lo cogerán y lo llevarán ante el verdugo por todo lo que les ha hecho a los supervivientes –dijo el niño sin respirar y con entusiasmo.

El padre, comedido y preciso con las palabras, respondió:

–El tío Mitya a veces exagera un poco. El rey de Inglaterra no es Kedorlaómer sino Jorge VI. Tras él, al parecer, subirá al trono una de sus hijas, porque no tiene ningún hijo varón. Matar a un hombre no es defensa propia, es un acto criminal. Y tú, su Alteza Real Hillel I, ahora tienes que terminar el vaso de cacao. Y luego lavarte los dientes.

La madre, con una horquilla entre los dientes y dos pendientes de ámbar en las manos, comentó:

–El rey Jorge es un hombre muy delgado y pálido. Y siempre tiene un semblante triste.

Al acabar tercero, Hillel escribió en la máquina de su padre una carta con tres copias, y envió una al rey de Londres y otra al Alto Comisionado: «Nuestra tierra nos pertenece según la Torá y según la justicia. Por favor, salgan inmediatamente de Eretz Israel y regresen a Inglaterra antes de que sea demasiado tarde».

La tercera copia pasó de mano en mano entre las emocionadas vecinas. La pianista, madame Yabrova, dijo: «¡Un niño poeta!». Su sobrina Lyubov Benjamina añadió: «¡Y qué rizos! Debemos enviar una copia al doctor Weizmann, para que se calme un poco». El ingeniero Baczczynski opinaba que no era bueno exagerar, con palabras bonitas no se construye una muralla. Y de Gerald Lindley, secretario, llegó una breve respuesta en papel oficial: «Su carta ha recibido la debida atención. Estamos siempre pendientes de las opiniones de la ciudadanía. Atentamente».

Y cómo ardían los geranios en el jardín con la luz azul del verano. Cómo era atrapada esa luz por los dedos del follaje de la higuera en el patio y se rompía en fragmentos nerviosos. Cómo salía el sol cada mañana por detrás de Har Hatzofim para enloquecer a toda la ciudad, y las cúpulas de oro y de plata eran de pronto de fuego y cegadoras. Cómo una multitud de pájaros gritaba de alegría o desesperación con el sol.

El canalón de latón acumulaba calor y era agradable para los dedos por la mañana. Blanca y grata para los pies descalzos era la grava limpia que esparció el padre por el camino que serpenteaba desde las escaleras del porche hasta la tapia, hasta la higuera, hasta el final del jardín.

El jardín era de un tamaño normal, razonable, y estaba muy cuidado, sin concesiones: los sueños del padre formaron arriates cuadrados o rectangulares entre los lunares de las rocas, una isla solitaria de lúcida y sana racionalidad en medio de una inmensidad de salvajismo, pedregales, valles deformes, vientos abrasadores.

Y alrededor estaba el barrio de Tel Arza, un puñado de casas de piedra nuevas esparcidas a su suerte sobre una colina casual. Por la noche irán las grandes montañas a recogerlo todo en silencio, las casas, las plantas vacilantes, las esperanzas, el camino de tierra. Un rebaño de cabras árabes subirá a aplastar y pisotear crisantemos, narcisos, dientes de león, frágiles brotes de césped aquí y allá. Y el pastor permanecerá inmóvil mirando en silencio a esas cabras depredadoras y quizás parezca un ciprés quemado.

Hillel veía todos los días las cadenas montañosas peladas por todas partes. A veces sentía cómo con el fluir del alegre azul cielo se iba acumulando ya en algunos desfiladeros invisibles el otoño.

El otoño llegará. La luz se volverá gris y apagada. Nubes bajas serán atrapadas por las montañas. Él trepará por las ramas de la higuera hasta la copa y desde allí, con la luz otoñal, quizás pueda ver el mar y el desierto, las islas con jirones de nubes, los misteriosos continentes sobre los que le hablaba el padre por orden alfabético y la madre con lágrimas de nostalgia.

El padre solía decir que las hermosas tierras nos vomitaron con odio ciego y por eso nosotros nos construiremos aquí una tierra mil veces más bonita. Pero la madre llamaba a esta tierra «patio trasero» y decía que jamás habría aquí un río, una catedral ni bosques frondosos. El tío Mitya, el subarrendado, sonreía con sus dientes estropeados y soltaba palabras inconexas sobre dolores de parto4, dolores de agonía, Jerusalén que mata a sus profetas, la maldición de Dios contra la población de Babilonia devastada5. Él también era vegetariano.

Hillel no entendía si Mitya apoyaba así la opinión del padre o las palabras de la madre, lo que decía la madre le parecía a Hillel superfluo, y bajaba al jardín para esconderse entre las hojas de la higuera y presentir el olor del otoño. El otoño llegará. La tristeza del otoño le acompañará al colegio, a las clases de piano con madame Yabrova, a la biblioteca Los Redimidos de Sión, en su cama por la noche, en sus sueños. La tormenta arreciará y él escribirá un artículo para el periódico del colegio. Las palabras «bosques frondosos» que utilizaba la madre cuando quería ofender a esta tierra le cubrían de una magia extraña y tormentosa.

4

Hillel era un niño regordete y debilucho. En el jardín, detrás de la higuera o encima, entre sus ramas, tenía un escondite que él llamaba «la guarida». Allí solía ocultarse y comer a hurtadillas golosinas que le daba alguna mujer. Y allí tenía pensamientos y fantasías sobre África, las fuentes del Nilo, los leones de la selva.

Por las noches se despertaba con ataques de asma. Sobre todo a principios del verano. Resoplaba, se sofocaba, veía por las ranuras de la persiana cómo la cosa blanca y aterradora le sonreía de forma horrible, y empezaba a llorar. Hasta que llegaba el padre con una pequeña linterna, se sentaba al borde de la cama y le cantaba una canción para que se calmase. Tías, vecinas y maestras querían a Hillel con besuqueos rusos, con pasión polaca, le llamaban «cereza». A veces dejaban en sus mejillas o en su boca grasientas manchas de pintalabios. Aquellas mujeres eran gordas y sentimentales. Tenían una expresión como de quejumbrosa amargura: la vida no me trata con la ternura que merezco.

La pianista, madame Yabrova, y su sobrina Lyubov, que se llamaba a sí misma Benjamina Piedra Preciosa, tocaban con decisión, como negándose gentilmente a darle a la vida su merecido. La señora Vishniac, la de la farmacia, le decía malhumorada al oído que los niños pequeños eran la única esperanza del pueblo judío, y en particular la suya. A veces, Hillel estaba meditabundo o apenado, y entonces las conquistaba con alguna frase encantadora:

–La vida es un círculo. Todos giramos.

Y se desataba el frenesí.

Pero los niños del barrio de Tel Arza solían llamarle con el mote de Gelatina. Niñas delgadas y malas, niñas mizrajíes6 venenosas, disfrutaban arrojando a Hillel al suelo, sobre un montón de grava, y tirándole de su pelo rubio. Del cuello de aquellas niñas colgaban llaves y amuletos. Tenían un olor penetrante: pistachos, sudor, jabón y turrón.

Hillel esperaba en silencio hasta que ellas se hartaban de él y de sus rizos. Entonces se levantaba, con la respiración entrecortada y los ojos llenos de lágrimas, se sacudía los pantalones cortos de deporte y el niqui, que estaban llenos de polvo, se mordía los labios y empezaba a perdonar. Qué sublime era para él el perdón: esas niñas no sabían lo que hacían, seguro que sus padres eran unos pobres currantes y sus hermanos mayores estaban metidos en la delincuencia o el baloncesto, quizás sus madres y sus hermanas salían con soldados ingleses. Era terrible nacer siendo una niña mizrají. Y a una de ellas hasta le habían empezado a salir pechos debajo de la camiseta sudada. Hillel reflexionaba y perdonaba, se llenaba de amor propio por su capacidad de comprender y perdonar.

Luego huía hacia la farmacia de la señora Vishniac y lloraba un poco, no por los rasguños, sino por el destino amargo de aquellas niñas y por su propia magnanimidad. La señora Vishniac lo besaba. Lo consolaba con golosinas, le hablaba del molino de harina en la ribera del río Azul, que ya no existía. Él le hablaba con palabras escogidas del sueño que había tenido por la noche, él mismo explicaba el sueño, dejaba una delicada y poética impresión y se iba a tocar el piano en la penumbra de la casa sin ventilar de madame Yabrova y Benjamina. Las caricias que había recibido de la señora Vishniac se las devolvía Hillel al orgulloso Beethoven de bronce situado sobre el aparador. También a Herzl, cuando era pequeño, lo llamaban loco por la calle. Y todos pegaban a Bialik.

Por la noche, antes de dormir, Hillel solía acudir en pijama a la habitación de su padre. Esa habitación se llamaba «gabinete». Tenía estanterías, un escritorio, una caja de cristal con fósiles y viejos trozos de cerámica, y todo eso lo observaba con curiosidad desde una fotografía sepia el reputado geógrafo Hans Walter Landauer.

Tenía que decir ante los invitados una o dos frases ocurrentes. Le besaban y enviaban a su cuarto a dormir. Desde el pasillo se oían las palabras de satisfacción de los adultos y él en su cama, igual de satisfecho, empezaba a mimar con sus dedos su diminuto miembro a través de la bragueta del pijama.

Luego, en la oscuridad, llegaban a sus oídos los acordes del solitario violonchelo de Lyubov Benjamina y de pronto se hartaba de sí mismo. Se llamaba Gelatina. Se llenaba de pena por todos los hombres y todas las mujeres. Y se dormía con compasión.

Mamash a mentsh7 –dice la señora Vishniac–. Un pícaro. Un gamberro. Un demonio. Azoy wi di ganzn mishpokhe8.

Al otro lado de la valla que el padre construyó con barras de hierro y verjas viejas y pintó con colores claros, empezaba la tierra de nadie. Había descampados llenos de trastos, polvo, olor a cardos, olor a excrementos de ganado, y más allá el wadi y las guaridas de chacales y de lobos, y más abajo aún, el monte pelado donde los niños encontraron un día los huesos de un soldado turco devorado por los animales dentro de un montón de restos de un apestoso uniforme de jenízaro. Y allí, laderas agrestes rebosantes de lagartijas, y la serpiente y quizás también la hiena por la noche, y tras ese wadi, colinas rocosas peladas y más wadis por donde árabes cubiertos con túnicas acechaban con sus rebaños durante todo el día. A lo lejos había montañas y más montañas extrañas y pueblos extraños, hasta los confines de esta tierra, minaretes de mezquitas, Soafat, Nabi Samwil, los suburbios de Ramallah, la llamada del almuecín entremezclada en el viento con las sombras del atardecer, mujeres oscuras, muchachos guturales y astutos a más no poder. Y una ligera brisa de malas intenciones, lejanas, con paciencia infinita, te miraba siempre sin ser vista.

La madre dijo:

–Hans, cuando tú bailes como un osezno con la anciana lady que curaste, yo me sentaré sola con mi vestido azul en un sillón de mimbre en un extremo de la terraza, me tomaré un martini a pequeños sorbos y me reiré. Pero luego también yo bailaré con el gobernador de Jerusalén o con el propio sir Alan. Entonces te llegará a ti el turno de sentarte solo y no tendrás ganas de reírte.

El padre dijo:

–El niño te está oyendo y lo entiende todo.

Y Hillel dijo:

–Y qué pasa.

Al vecino, el ingeniero Baczczynski, le pidió prestado el padre para la fiesta un traje inglés fabricado por la empresa textil Szczupak de la ciudad de Lodz. La madre se pasó toda la mañana a la sombra del porche ajustándole el traje a su medida.

Al mediodía, el padre se probó el traje frente al espejo, se encogió de hombros y sentenció:

–Absurdo.

La madre dijo bromeando:

–El niño te está oyendo y lo entiende todo.

Hillel dijo:

–¿Qué pasa?, absurdo no es una palabrota.

El padre dijo:

–Ninguna palabra es en sí misma una palabrota. La vulgaridad normalmente está detrás o en medio de las palabras.

Y la madre:

–Vulgaridad hay aquí en todas partes. Incluso en las profundas ideas que le metes a Hillel en la cabeza. Incluso en tus observaciones. Y también eso es absurdo.

Mi padre guardó silencio.

En el periódico Davar ponía aquella mañana que la política del Libro Blanco estaba en un callejón sin salida. Hillel se imaginó ese «callejón sin salida» y lo vio como si lo tuviese delante de los ojos.

Mitya, el subarrendado vegetariano, salió descalzo de su habitación hacia la cocina para prepararse un vaso de té. Era un chico alto, bronceado, con el pelo ralo. Siempre llevaba los hombros caídos y sus pasos eran cortos y nerviosos. Tenía la extraña costumbre de mordisquear el pico del cuello de la camisa y también de acariciar con rabia todos los objetos inanimados que se encontraba a su paso, mesa, barandilla, estante, el delantal de la madre colgado en un clavo de la cocina. Y cuchicheaba consigo mismo. El ingeniero Baczczynski opinaba que cualquier día se descubriría que ese Mitya era un peligroso comunista camuflado. Pero la madre se prestaba encantada a lavarle y plancharle su escasa ropa junto con la de toda la familia.

Cuando Mitya llegó a la cocina arrastrando los pies, empezó a saludar en todas direcciones, como si estuviese ante una multitud. De pronto sus ojos tropezaron con las palabras «callejón sin salida» del titular de una página interior de Davar, que estaba sobre el hule de la mesa. Sonrió con sus dientes estropeados y masculló con rabia: «Qué porquería».

Luego rodeó el vaso ardiente con sus grandes y pálidas manos, regresó con paso furioso a su habitación y cerró la puerta con llave.

La madre dijo con ternura:

–Igual que un perro abandonado.

Tras un breve silencio añadió:

–Se lava cinco veces al día y después se perfuma, y a pesar de todo siempre desprende mal olor. Habría que buscarle una chica. Tal vez una inmigrante de la granja escuela femenina, pobre pero agradable. Hans, ahora tienes que afeitarte. Y tú, Hillel, a hacer los deberes. Qué hago yo en esta casa de locos.

5

Ella llegó de joven desde Varsovia para estudiar Historia antigua en la Universidad Hebrea. En menos de un año se desesperó con la tierra y con el idioma. Nyuta, su hermana mayor que vivía en Nueva York, le mandó el pasaje para la travesía desde Haifa a América en el barco Aurora. Unos días antes de la fecha prevista para el viaje, el doctor Ruppin se la presentó al padre, le mostró las hermosas acuarelas que ella hacía y lamentó en alemán que la señora también nos dejase, que también a ella esta tierra le resultase insoportable y zarpase hacia América completamente decepcionada.

Hans Kipnis miró unos instantes las acuarelas y, de pronto, pensó en el solitario ornitólogo alemán con el que había llegado hasta las fuentes del Nilo, tocó delicadamente el borde de una de las acuarelas, apartó enseguida la mano y creyó que debía decir algo sobre la soledad y los sueños en general y en Jerusalén en particular.

La madre le sonrió como si hubiese roto sin querer un jarrón caro.

El padre pidió perdón, confuso, y guardó silencio.

El doctor Ruppin tenía dos entradas para un concierto de cámara de la nueva orquesta de refugiados. Cedió con mucho gusto las entradas a la joven pareja: de todos modos no podía ir al concierto, porque Menahem Ussishkin había vuelto de repente hacía un día o dos y, como de costumbre, había convocado rápidamente para esa tarde una reunión urgente.

Tras el concierto pasearon un rato por la calle Princess Mary. Los escaparates estaban decorados e iluminados y en uno de ellos había una muñeca mecánica. Por un momento Jerusalén parecía una ciudad de verdad. Damas y caballeros paseaban cogidos del brazo, y algunos de esos caballeros fumaban cigarros con boquillas cortas. Un autobús se detuvo a su lado y el conductor en pantalones cortos sonrió y dijo: «Suban»; pero ellos no querían ir a ninguna parte. Un jeep militar con una ametralladora corría calle abajo. A lo lejos repicó una campana. Ambos coincidieron en que en la ciudad de Jerusalén hay una especie de magia solidificada. Luego acordaron volver a verse al día siguiente y comer juntos un helado de fresa en el café Zichel.

En la mesa de al lado estaban el filósofo Buber y el escritor Agnón y, como mantenían opiniones encontradas, Agnón propuso medio en broma preguntar a la juventud. El padre comentó algo, sin duda fue una observación ingeniosa y sutil, porque Buber y Agnón se rieron y también elogiaron efusivamente a su acompañante. En ese momento puede que los ojos azules del padre se iluminaran tras las gafas redondas y la melancolía brillara alrededor de sus labios.

Al cabo de diecinueve días, los nazis proclamaron abiertamente la expansión de su ejército. En Europa había tensión. El barco Aurora nunca llegó a Haifa, pues cambió de rumbo y zarpó hacia las Antillas.

El padre concertó una cita con su paisano, el profesor Julius Wertheimer, que le había otorgado su protección desde su llegada a Eretz Israel. Pidió consejo al anciano sobre un asunto personal. Se sentía turbado, culpable, obstinado, y se trabó mucho con las palabras. El profesor Wertheimer escuchó al padre con serena inquietud. Luego echó a sus gatos de la habitación y cerró la puerta. Cuando ambos se quedaron solos, el profesor previno veladamente al padre de que no cayera en contradicciones en su vida personal. Y sin duda esas palabras llevaron al padre a la íntima certeza de que efectivamente por fin le había llegado el amor.

Rut y Hans se casaron en Jerusalén el día en que Hitler declaró en Nuremberg que su intención era lograr la paz y el entendimiento y que consideraba las guerras absolutamente detestables. A la boda asistieron los funcionarios del Departamento de veterinaria entre los que se encontraban dos árabes cristianos de Belén, la familia Ruppin, algunos refugiados y pioneros, algunos vecinos de Tel Arza y también un delgado estudiante revolucionario de la Universidad Hebrea que no le quitaba los ojos de encima a la bella novia. Fue él quien felicitó a los novios en nombre del círculo de amigos y aseguró que la justicia triunfaría y que nos convenceríamos de ello con nuestros propios ojos. Pero el estudiante echó a perder la buena impresión que habían causado sus palabras porque, terminado el discurso, se emborrachó con una sola botella de cerveza Nesher y llamó al novio «burgués» y a la novia «artista». Los invitados se dispersaron y el padre contrató un taxi para trasladar los escasos enseres de la madre desde su humilde habitación en el barrio de Neve Shaanan hasta la casa que llevaba años preparando y arreglando en Tel Arza.

Allí, en el barrio de Tel Arza, en la pequeña casa de piedra frente a los wadis y los roquedales, tuvieron un año después un hijo rubio.

Cuando la madre y el niño regresaron del hospital, el padre hizo un gesto con la mano, abarcó con una mirada apasionada su pequeña parcela y dijo:

–De momento esto es un suburbio perdido. En nuestro jardín solo crecen pequeños esquejes. El sol golpea durante todo el día en las contraventanas. Pero con el paso de los años habrá árboles y tendremos mucha sombra. Las ramas cubrirán la casa. Las plantas trepadoras subirán por el tejado y también por la valla de alrededor, y florecerán las pasionarias. Tendremos un bonito rincón cuando Hillel crezca y nosotros envejezcamos juntos. También haremos un emparrado donde podrás pasarte los días de verano pintando bonitas acuarelas. Puede que también tengamos un piano. Se abrirá un centro cultural, se asfaltará una carretera, el barrio se unirá a la ciudad y en Jerusalén habrá un gobierno hebreo con un ejército hebreo. El doctor Rippin será ministro y el profesor Buber presidente, o tal vez rey. Es posible que llegado el día yo dirija el Departamento de veterinaria. Y vendrán inmigrantes del mundo entero.

De pronto se avergonzó de ese discurso, y en particular se arrepintió de algunas de las palabras que había utilizado. Una pena repentina tembló alrededor de sus labios y se apresuró a añadir en tono práctico:

–Poesía. Filosofía. A qué viene ahora eso de un bonito rincón con emparrado. Voy a ir a por un bloque de hielo y tú échate a descansar para que por la noche no vuelvas a tener jaqueca. Qué calor.

La madre se dirigió hacia la casa. Junto a las escaleras del porche se detuvo y miró con gran compasión la lata oxidada en la que habían traído los esquejes de geranios. Entonces dijo:

–No habrá flores de la pasión. Habrá inundaciones. O guerra. Todos morirán.

El padre no respondió, porque sintió que esas palabras no iban dirigidas a él ni tendrían que haber sido dichas.

Los pantalones cortos color caqui casi le llegaban hasta las rodillas. Entre las rodillas y los tobillos se veían unas piernas morenas, delgadas y lisas. Tras sus gafas redondas tenía una expresión de constante gratitud o de agradable sorpresa. Y en los momentos de desconcierto solía decir:

–No lo sé. No hay que saberlo todo. En el mundo, hay cosas que sencillamente es mejor dejar tranquilas.