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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

Título español: La tentación de ser felices

Título original: La tentazione di essere felice

© 2015, Lorenzo Marone

Published & translated by arrangement with Meucci Agency - Milan

© 2016, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Traductora del italiano: Ana Romeral

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Ibérica, S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales hechos o situaciones son pura coincidencia.

 

Diseño de cubierta: Mediabureau Di Stefano, Berlin.

Imágenes de cubierta: Tim Panell/Corbis, sorendls/iStockphoto y Stockbyte/Getty Images.

 

ISBN: 978-84-9139-017-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Una aclaración

Cesare Annunziata

Solo una cosa nos diferencia

La loca de los gatos

Dos figuras de circo

Hamburguesa de soja

Nací tierno y moriré gruñón

Lo no hecho

No se puede salvar a alguien si este no quiere

La primera de tres mujeres inalcanzables

Emma

Supermán con falda

Fracasé

La mente

Casa Talibán

Somos dos

Quisiera ser un Gormiti

La segunda de tres mujeres inalcanzables

Un trastero lleno de recuerdos

Un pitido en el oído

In vino veritas

A mi manera

Un flujo imparable

Como las nubes

La pecera

«El cinco de mayo» de memoria

La tercera de tres mujeres inalcanzables

Hipótesis no barajada

Me gusta

Notas

 

 

A las almas frágiles,

que aman sin amarse

Una aclaración

 

Mi hijo es homosexual. Él lo sabe y yo lo sé, aunque nunca me lo haya confesado. No pasa nada, hay muchas personas que esperan a que sus padres mueran para disfrutar libremente de su sexualidad. Lo único es que conmigo no funcionará, ya que tengo intención de seguir rondando por este mundo durante un tiempo, al menos una decena de años más. Si Dante quiere emanciparse, se la tendrá que traer al fresco el aquí presente. No tengo la más mínima intención de morir por sus gustos sexuales.

Cesare Annunziata

 

El tictac del despertador es el único sonido que me acompaña. A esta hora la gente duerme.

Dicen que las primeras horas de la mañana son las mejores para dormir: el cerebro está en fase REM –que es en la que se sueña–, la respiración se vuelve irregular y los ojos se mueven rápidamente de un lado a otro. Un espectáculo para nada divertido, algo parecido a encontrarse delante de un endemoniado.

Yo nunca sueño. Por lo menos, no me acuerdo. Puede que sea porque duermo poco y me despierto temprano. O quizá porque soy viejo y cuando uno se hace viejo los sueños se agotan. El cerebro se ha pasado toda la vida elaborando las fantasías más estrambóticas, es normal que con el tiempo empiece a perder facultades. Nuestra vena creativa tiene su punto álgido en un momento determinado de nuestra existencia. Después inicia el descenso y, al final de nuestros días, ya no somos capaces ni de imaginar una escena de sexo. Sin embargo, cuando se es joven se empieza precisamente por ahí, por imaginarse increíbles noches de pasión con la showgirl de turno; con la compañera de pupitre; o incluso con la profesora, que, no se sabe muy bien por qué, parece deseosa de buscar refugio en los brazos de un mocoso con bigotillo y lleno de granos. Es verdad que la inventiva empieza antes, desde pequeños, pero creo que la masturbación juvenil tiene mucho que ver con la formación de la creatividad. Yo era muy creativo.

Decido abrir los ojos. Total, en este estado es imposible dormir. En la cama el cerebro hace viajes alucinantes. Por ejemplo: Me viene a la mente la casa de mis abuelos. Todavía puedo verla, visitarla, pasar de una habitación a otra, olfatear los aromas provenientes de la cocina, escuchar el chirriar de la puerta de la alacena del comedor o de los pajarillos que pían en el balcón. Ahora me detengo en la decoración, recuerdo el más mínimo de los detalles, hasta las figuritas de cerámica que decoraban los muebles. Si aprieto fuerte los párpados, consigo incluso verme a mí mismo reflejado en el espejo de la abuela, verme de niño.

Lo sé, había dicho que ya no sueño, pero me refería a soñar dormido. Sin embargo, cuando estoy en vela, todavía soy capaz de defenderme.

Miro con el rabillo del ojo el despertador y suelto una maldición bajo las sábanas. Pensaba que serían las cinco, pero son todavía las cuatro y cuarto de la mañana. Fuera es de noche, una alarma antirrobo suena intermitentemente, la humedad difumina los contornos y los gatos se acurrucan debajo de un coche.

El barrio duerme y yo doy vueltas en la cama.

Cambio de posición y me obligo a cerrar de nuevo los ojos. La verdad es que no consigo estar tumbado y quieto ni un minuto. Libero toda la energía acumulada durante el día, un poco como hace el mar en verano, que acumula el calor de la mañana para soltarlo por la noche. Mi abuela decía que cuando el cuerpo no está por la labor de descansar, lo mejor es estarse quieto. Después de un rato el cuerpo entiende que no es momento de juerga y se tranquiliza. Lo que pasa es que para llevar a cabo semejante empeño hay que tener paciencia y autocontrol, y desde hace algún tiempo a mí se me han agotado los dos.

Me doy cuenta de que estoy mirando fijamente un libro que hay encima de la mesilla de noche que tengo al lado. Ya he mirado en otras ocasiones su portada, pero aun así compruebo que se me han escapado algunos detalles. Me invade una sensación de estupor que, más tarde, consigo averiguar a qué se debe: puedo leer de cerca. Nadie a mi edad en el mundo entero puede hacerlo. La tecnología ha dado pasos de gigante en el último siglo, pero la presbicia continúa siendo uno de los grandes misterios para la ciencia. Me toco la cara con las manos y comprendo el porqué de tan imprevista y milagrosa curación: me he puesto las gafas, un gesto instintivo que hago ya sin pensar.

Llega el momento de levantarse. Voy al baño. No debería decirlo, pero como soy viejo hago lo que me da la gana. Pues eso, que hago pis sentado, como las mujeres. Y no porque las piernas no me sostengan, sino porque con mi manguera sería capaz de regar hasta los azulejos de la pared de enfrente. Hay poco que hacer al respecto, este chisme a partir de determinada edad cobra vida propia. Le sucede como a mí –y un poco como a todos los ancianos–, que pasa olímpicamente de los que quieren darle lecciones de vida y hace lo que le da la gana.

El que se queja de la vejez está loco o, siendo más precisos, ciego. Uno que no ve más allá de su nariz. Porque ante la vejez solo hay una alternativa, y esta no me parece la más deseable. De hecho, haber llegado hasta aquí ya me parece todo un logro. Aunque, como decía, lo más interesante es que puedes hacer lo que te da la gana. A nosotros, los ancianos, se nos permite hacer lo que queramos. Si un viejecito roba en un supermercado, se le mira con candor y compasión. Sin embargo, si es un chico joven el que roba, se le llama cuanto menos bribón. En resumen, a partir de determinada edad a uno se le abren las puertas a un mundo hasta ese momento inaccesible; un mundo poblado por gente amable, atenta y afectuosa. Pero lo más preciado que se consigue con la vejez es el respeto. La integridad moral, la solidaridad, la cultura y el talento no son nada al lado de la piel apergaminada, las manchas en la cabeza y las manos temblorosas. En cualquier caso, hoy día soy un hombre respetado, que, tenedlo por seguro, no es poca cosa. El respeto es un arma que permite al hombre alcanzar una meta para otros inaccesible, hacer con su vida lo que quiere.

Me llamo Cesare Annunziata, tengo setenta y siete años, y durante setenta y dos años y ciento once días he tirado mi vida a la basura. Después he entendido que había llegado el momento de sacar provecho de mi condición de anciano para conseguir algo mejor.

Solo una cosa nos diferencia

 

Esta mañana me ha llamado mi hija Sveva, la primogénita.

—¿Papá?

—Hola.

—Oye, necesito un favor… —No tendría que haber contestado. La experiencia sirve también para no cometer una y otra vez las mismas idioteces durante toda la vida. Yo no he aprendido nada del pasado y continúo impertérrito actuando por instinto—. ¿Podrías ir a buscar a Federico al colegio? Tengo una audiencia y llegaré tarde.

—¿No puede ir Diego?

—No, tiene cosas que hacer.

—Entiendo…

—Sabes que no te lo pediría si tuviese otra opción.

He educado bien a mis hijos, no me puedo quejar. No soy uno de esos abuelos que va a recoger a sus nietos. La imagen de esos pobres viejecillos que aparcan el coche fuera del colegio, por ejemplo, me da escalofríos. Sí, lo sé, hacen algo útil en lugar de apolillarse en el sillón; pero no puedo evitarlo, para mí un abuelo «civilizado» es como un carrete de fotos, una cabina de teléfonos, una ficha para los coches de choque o una cinta de vídeo: objetos de un tiempo que fue, pero que ya no tienen realmente un uso.

—Y luego, ¿dónde lo llevo?

—A tu casa. O puedes traerlo al estudio si prefieres. Sí, mejor así, tráemelo al estudio, por favor.

Ahora estoy delante del colegio esperando a mi nieto. Me levanto el cuello del abrigo y meto las manos en los bolsillos. He llegado pronto, una de las cosas que he aprendido según he ido cumpliendo años. Lo mismo que planificar el día a día. A ver, no es que tenga mucho que planificar, pero las pocas cosas que tengo prefiero tenerlas en orden.

La llamada de teléfono de Sveva ha trastocado mis planes. Tenía que ir a la peluquería, porque esta tarde tengo una cita romántica con Rossana. Es una prostituta. Sí, me voy de putas, ¿qué pasa? Todavía tengo mis antojos y no tengo nadie a mi lado a quien dar explicaciones. Pero bueno, he exagerado, no es que me vaya de putas, más que nada porque me resultaría un poco difícil ligar yendo en autobús. Me ha caducado el carné de conducir y no lo he renovado. Rossana es una vieja amiga a la que conozco desde hace tiempo, cuando iba de casa en casa poniendo inyecciones. Es así como acabó en mi salón. Venía todas las mañanas temprano, me pinchaba en el culo y se iba sin decir una palabra. Después empezó a quedarse un poco más para tomar café, hasta que terminé por convencerla de que se metiera entre mis sábanas. Si lo pienso hoy día, la verdad es que no fue muy difícil. No tardé mucho en darme cuenta de que no era mi sonrisa la que había dejado obnubilada a la seudoenfermera, cuando, con expresión seria, exclamó: «Eres simpático y guapo, ¡pero yo tengo un hijo al que ayudar!».

Siempre me han gustado las personas directas, así que desde entonces somos amigos. Ella debe de estar por debajo de los sesenta, aunque todavía conserva unas tetas enormes y un culo bien proporcionado. A mi edad tampoco necesito mucho más, uno se enamora de los defectos que convierten la escena en más creíble.

Llega Federico. Si toda esta gente que está a mi alrededor supiese que hace un minuto este viejo que ha venido a recoger a su nieto estaba pensando en el pecho de una prostituta, seguro que se escandalizarían y llamarían a los padres del niño. No entiendo por qué razón a un viejo no tendría que apetecerle follar.

Nos subimos en un taxi. Es solo la tercera vez que vengo a buscar a mi nieto al colegio, y ya le ha dicho a su madre que está contento de volver con el aquí presente. Dice que el otro abuelo le obliga a ir andando y que llega a casa todo sudado. Conmigo, sin embargo, vuelve en taxi. ¡Faltaría más! Tengo una pensión digna, ningún aniversario de matrimonio que celebrar y dos hijos adultos. Puedo gastarme el dinero en todos los taxis y Rossanas que quiera. Pero el taxista es un maleducado, como suele pasar. Insulta, hace sonar el claxon sin necesidad, acelera y frena de golpe, se enfada con los peatones y no para en los semáforos. Ya lo dije, una de las ventajas de la tercera edad es que puedes hacer lo que te da la gana; total, no va a haber una cuarta para arrepentirse. Así que decido castigar al hombre que intenta fastidiarme el día.

—Debería ir más despacio —exclamo. Él ni siquiera responde—. ¿Ha oído lo que le he dicho?

Silencio.

—De acuerdo, pare ahí y deme su permiso de conducir. —El taxista se gira y me mira sorprendido—: Soy un comandante de carabinieri jubilado. Usted está conduciendo de una manera inapropiada y peligrosa para la integridad física de sus pasajeros.

—Discúlpeme, comandante, es que hoy llevo un día un poco malo. Problemas en casa. Le prometo que ya voy más despacio.

Federico levanta la cabeza y me mira. Está a punto de abrir la boca, cuando le aprieto el brazo y le guiño un ojo.

—¿Qué clase de problemas? —le pregunto.

Mi interlocutor agacha la cabeza un segundo y luego da rienda suelta a su desbordada imaginación:

—Mi hija estaba a punto de casarse, pero al marido le han echado del trabajo.

—Entiendo.

Tengo que reconocer que como excusa es buena. Nada de enfermedades o muertes de algún familiar. Es más creíble. Cuando llegamos a casa de Sveva el taxista no acepta que le pague. Otro viaje gratis gracias a un napolitano maleducado. Federico me mira y se ríe, yo le respondo con otro guiño de ojo. Ya se ha acostumbrado a mis salidas, la última vez me hice pasar por policía fiscal. Lo hago porque me divierte, no para ahorrarme dinero. Y que conste que no tengo nada contra el gremio de los taxistas.

Todavía no ha llegado Sveva. Nos metemos en su habitación. Federico se tumba en un pequeño sofá y yo me siento detrás del escritorio sobre el que luce triunfante una foto suya con el marido y el hijo. Diego no me cae demasiado bien. A ver, es buen tipo, pero las personas demasiado buenas aburren, no hay nada que hacer al respecto. De hecho, creo que también Sveva se ha cansado, siempre de morros, siempre de acá para allá pensando en el trabajo. Todo lo contrario a como soy yo ahora, pero quizá muy parecida a como fui en su tiempo. Creo que es una mujer muy infeliz, aunque no hable de ello conmigo. A lo mejor sí que lo hacía con su madre. Yo soy incapaz de escuchar a los demás.

Dicen que para ser buena pareja no es necesario dar grandes consejos, basta con prestar atención y ser comprensivo. Las mujeres solamente piden eso. Yo no soy capaz, me caliento rápidamente, digo lo primero que se me pasa por la cabeza, y me pongo hecho un energúmeno si la interlocutora en cuestión no me escucha y hace lo que le da la gana. Este fue uno de los motivos de constante discusión con mi mujer Caterina. Ella solo quería alguien con quien poder desfogarse, mientras que yo a los dos minutos ya estaba ofreciéndole una solución. Menos mal que la vejez vino en mi ayuda y comprendí que, por mi propia salud, es mejor no escuchar los problemas familiares. Total, después no te dejan resolverlos.

La habitación tiene un bonito y amplio ventanal que da a una calle abarrotada de gente. Si enfrente hubiese un rascacielos en lugar de un edificio cutre hecho de toba, podría llegar a pensar que me encuentro en Nueva York. Lo único es que en la metrópoli americana no hay Quartieri Spagnoli con callejuelas que bajan desde la colina, edificios agrietados que se cuentan secretos a través de las cuerdas con ropa tendida, calles repletas de baches, y coches que invaden una minúscula acera colándose entre los pivotes y los edificios. En Nueva York las calles paralelas no esconden un mundo oculto entre sus sombras, allí el moho no crece en el rostro de la gente.

Mientras reflexiono sobre las diferencias entre la Gran Manzana y Nápoles, veo que Sveva baja de un SUV negro y se dirige al portal. Cuando está delante de la puerta se para, mete las llaves en el bolso, se da la vuelta y se mete de nuevo en el coche. Desde aquí arriba solo veo sus piernas enfundadas en unas medias oscuras. Se acerca al conductor, me imagino que para despedirse, y este le apoya la mano en el muslo. Acerco la silla al ventanal y me doy un cabezazo contra el cristal. Federico deja de jugar con su amigo robot y me mira. Le sonrío y vuelvo a la escena que se está consumando ante mis ojos. Sveva baja y entra en el edificio. El coche se marcha.

Miro a mi alrededor sin fijar realmente la vista. A lo mejor he sufrido una alucinación, a lo mejor era Diego. Aunque, pequeño detalle, Diego no tiene un todoterreno. A lo mejor era un compañero de trabajo que la ha acercado en coche. Pero ¿un compañero le pondría la mano en el muslo?

—Hola, papá.

—Hola.

—¡Aquí está mi tesoro! —grita, levantando a Federico por las axilas y llenándole de besos.

La escena me trae a la mente a su madre. También ella se comportaba así con sus hijos. Estaba demasiado presente, era demasiado cariñosa, demasiado presurosa e invasiva. A lo mejor es por eso por lo que Dante es gay. Quizá su hermana lo sepa.

—¿Dante es gay? —le pregunto.

Sveva se gira de golpe con Federico todavía en brazos. Deja al niño en el sofá y, con tono glacial, me responde:

—Perdona, pero ¿a mí qué me cuentas? ¿Por qué no se lo preguntas a él? —Es homosexual y ella lo sabe—. Además, ¿a qué viene eso ahora?

—Así, sin más. ¿Qué tal ha ido la audiencia?

Ella se pone aún más a la defensiva.

—¿Por qué?

—¿No te lo puedo preguntar?

—Nunca te ha interesado mi trabajo. ¿No eras tú el que decía que el Derecho arruinaría mi vida?

—Sí, lo pensaba entonces y lo pienso ahora. ¿Tú te has visto?

—Escucha, papá, hoy no tengo el día para uno de tus sermones. ¡Tengo muchas cosas que hacer!

La verdad es que mi hija se ha equivocado demasiadas veces: estudios, trabajo y, por último, marido. Con todos estos errores a la espalda no se puede sonreír y hacer como si no pasara nada. Claro, que tampoco es que yo haya dado siempre en el clavo, que he hecho un montón de tonterías, como casarme con Caterina y tener dos hijos. No lo digo por Dante y Sveva, por Dios. Lo digo porque no se deberían traer hijos a este mundo con una mujer a la que no se ama.

—¿Qué tal con Diego? —pregunto.

—Bien —contesta ella como si nada, quitando el suplemento de economía del periódico y dejándolo sobre el escritorio. En la portada se puede leer: Sarnataro contra comunidad de vecinos de via Roma.

No entiendo cómo alguien puede elegir por iniciativa propia pasarse el día discutiendo por chorradas; como si en la vida no hubiese ya demasiadas peleas, para añadir las de los demás. Y sin embargo a Sveva le gusta. O a lo mejor hace que le guste, como le pasaba a su madre. Caterina sabía sacar algo positivo de cada situación, mientras que yo, por el contrario, nunca me he molestado en buscar lo bello en lo feo.

—¿A qué vienen hoy todas estas preguntas?

—A nada, como nunca hablamos…

Pero ya está en el pasillo, con los tacones aporreando el parqué mientras va de una habitación a otra, y la voz inmersa en una rápida conversación con una colaboradora. Discuten sobre un pleito por un siniestro. ¡Otra vez, qué tostón!

Observo cómo mi nieto se entretiene con una especie de dragón y sonrío. En el fondo somos iguales, sin ninguna responsabilidad y con nada de lo que preocuparnos si no es de jugar. Federico juega con los dragones, yo con Rossana y con alguna que otra chorrada. Solo una cosa nos diferencia: él tiene toda la vida por delante y miles de proyectos que llevar a cabo, mientras que a mí me quedan pocos años y un montón de arrepentimientos.

La loca de los gatos

 

Nada más salir del ascensor me encuentro con Eleonora cargada con un gato que no había visto hasta entonces. La puerta de su casa está abierta y el hedor que sale de las habitaciones ha invadido ya el rellano. No entiendo cómo no se da cuenta, pero sobre todo no entiendo cómo puede pasarse la vida rodeada de ese tufo insoportable.

Eleonora es una de esas viejecitas que encuentras por la calle con un plato de cartón, agazapada entre dos coches. Su casa se ha convertido en un refugio para felinos con problemas. En realidad, los pocos que yo he visto me ha parecido que estaban estupendamente, pero como ella insiste en que se ve obligada a llevárselos a casa porque o bien están enfermos o bien heridos, prefiero no entrometerme. La prueba de ello es que, de vez en cuando, uno de sus gatos –se van turnando–, intenta escaparse para recuperar la libertad, alejándose del amor egoísta de su carcelera.

Algunas veces basta con poner un pie en el vestíbulo para comprender que unos pisos más arriba Eleonora tiene la puerta de su casa abierta. Y claro, a pesar de todos los descansillos en los que podría haberse alojado esta vieja viuda boba necesitada de amor, ha sido el mío el que ha tenido el honor de ser el elegido.

Todavía tengo expresión de asco en la cara, cuando ella me saluda con cariño.

—Hola, Eleonora —le respondo mientras busco las llaves en el abrigo.

Estoy intentando no respirar. Mi vida depende de la velocidad con la que sea capaz de sacar las llaves y meterme corriendo en casa. A mi edad cuento con pocos segundos en apnea. Por desgracia, ocurre lo que tenía la esperanza de que no ocurriese: Eleonora me habla y me veo obligado a tomar aire para responderle.

—Él es Gigio —dice sonriendo y enseñándome al felino que, por lo que parece, está tan incómodo como yo.

Arrugo la frente en un intento de no inhalar el efluvio fétido que invade mis fosas nasales, y respondo:

—¿Un nuevo inquilino?

—Sí —responde ella rápidamente—, es el último que ha llegado. Pobrecito, ¡lo atacó un perro y casi lo mata! Lo he salvado de una muerte segura.

Observo un momento el gato, que mira obnubilado hacia el horizonte, y yo me pregunto si ya estará maquinando su plan de fuga.

Un segundo después, una pareja de unos cincuenta años –ella con pelo teñido y labios operados, él calvo y con unas gafas de culo de botella que se le resbalan por la nariz– sale de casa de Eleonora y me saluda, antes de extender la mano a mi vecina. Esta última, sin embargo, no les devuelve el saludo ni el apretón.

Se ve que los dos se esfuerzan en sonreír y ser amables pero que, en realidad, están horrorizados por el espectáculo que acaban de contemplar. Se escabullen en el ascensor dedicándonos una última mirada llena de terror al descansillo y a mí, me imagino que preguntándose cómo hago para ser amigo de la loca de los gatos y, sobre todo, su vecino. La verdad es que el más sorprendido soy yo; ya que en todos estos años nunca había visto salir a nadie de casa de Eleonora Vitagliano, a no ser que fuera el marido, y de eso hace ya un siglo. Nunca, especialmente individuos jóvenes o con aspecto juvenil. Nunca nadie que no hiciese una mueca para protegerse de la peste. Aunque, en este sentido, la pareja no ha sido una excepción.

—¿Quiénes eran? —pregunto con curiosidad una vez que se han ido.

Que yo sepa, Eleonora no tiene a nadie que se ocupe de ella. No tiene hijos, el marido murió hace tiempo y nunca he visto a ningún otro familiar.

—¿Qué? —contesta.

Eleonora Vitagliano tiene más o menos mi misma edad y está sorda como una tapia, así que las pocas veces que me veo en la obligación de hablar con ella tengo que repetir todo y aumentar progresivamente mi tono de voz.

—Preguntaba que quiénes eran esos dos —repito.

—Ah —dice ella, dejando escapar el gato, que se cuela en casa y sale pitando por el pasillo—, eran unos señores que han venido a ver la casa.

—¿Por qué? ¿La vendes?

Eleonora me mira con expresión indecisa.

Tiene el pelo despeinado, el bigotillo blanco, y unas manos cerúleas que parecen garras, llenas de venas y castigadas por el reumatismo.

—¿Has decidido marcharte? —tengo que volver a repetir, alzando aún más la voz.

—No, no. ¿Adónde? Esta es mi casa, aquí es donde quiero morir. Imagínate si me voy. —La miro con curiosidad y ella continúa—. Es que mi sobrina, la hija de mi hermano…, ¿la conoces? —Digo que no con la cabeza—. Es el único familiar que me queda y, bueno, me está metiendo presión para que la venda. Dice que está pasando apuros; que tarde o temprano la casa será para ella; y que yo podría quedarme aquí, que no se vendería hasta después de mi muerte. Yo no he entendido nada, pero he dicho que sí porque no tengo tiempo para discutir con la familia. Total, nunca firmaré nada, y cuando viene alguien a ver la casa se la enseño toda manga por hombro.

No me cuesta nada creer lo que me está contando. Eleonora, aunque está muy mayor y le falta algún que otro tornillo, sabe hacerse respetar.

—Tu sobrina querrá vender la nuda propiedad —le digo, intentando explicarle lo que me acaba de contar —, los nuevos propietarios comprarían la casa ahora, pero no podrían venirse a vivir hasta después de tu muerte.

—Sí, ya, eso me había parecido entender. Pero imagínate si yo puedo vivir pensando que ahí fuera hay alguien que está todo el día detrás de mí, aparte de mi sobrina.

Sonrío con gusto, aunque el comportamiento de esta fantasmal sobrina no tenga nada de divertido. Si estuviese aquí, le diría un par de cositas.

—¿Y prefieres tener gente rondando por tu casa a decir la verdad a tu sobrina? —le pregunto, aunque un segundo después ya me he arrepentido. No tanto por lo obvio de la pregunta, sino porque estoy contribuyendo a alargar demasiado la conversación y a hacer que su puerta siga abierta. Harán falta días para ventilar el edificio. Por suerte, no he abierto todavía mi casa.

—Pues, Cesare, qué quieres que te diga, tienes razón; pero así es la vida, no quiero que se enfade conmigo. Vivo sola desde hace un montón de tiempo y no necesito a nadie, pero nunca se sabe lo que puede suceder mañana, si pudiera necesitarla de vez en cuando. Tú también estás solo, puedes entenderme —responde y se me queda mirando.

—Ya —me limito a contestar, si bien a una parte de mí le gustaría añadir algo más, mostrarse un poco más solidaria.

—En la vida hay que saber aceptar los compromisos —continúa Eleonora totalmente metida en la conversación—, y la vejez, querido Cesare, es un compromiso continuo.

—Ya —respondo como si no conociese otra palabra.

Durante setenta años he sido el maestro de los compromisos, mi querida loca de los gatos. Después he perdido todo y, paradójicamente, me he encontrado libre. La verdad es que no tenía nada que cambiar, esa ha sido mi gran suerte.

Esto es lo que tendría que haber respondido, pero la conversación podría tomar a saber qué derroteros, y se me está acabando el oxígeno. Por eso me despido de Eleonora y meto las llaves en la cerradura en el mismo instante en el que se abre la tercera puerta del descansillo. Una pareja ha alquilado el piso desde hace unos meses. Ella debe de tener unos treinta años, él un poco más. En cualquier caso, los dos son jóvenes y sin hijos, lo que hace que estén totalmente fuera de lugar en este edificio –lleno en su mayoría de viejos y familias–, y en el mundo. Apuesto a que los pobres se ven en la obligación de tener que estar dando explicaciones de por qué no tienen un nene en su vida; pregunta que, viendo su mirada inquisitiva, estoy seguro de que también le gustaría hacer a Eleonora.

—Buenos días —dice la chica, arrugando inmediatamente el entrecejo para defenderse del hedor.

Se me escapa una risita y la joven me dedica una mirada torva.

—Buenos días —me apresuro a decir, pero ella ya me ha dado la espalda.

—Buenos días —exclama también Eleonora, añadiendo inmediatamente—: Señora, aprovecho para decirle que si por casualidad ve un gato negro, es mío. Es que verá, estaba acostumbrado con los anteriores inquilinos a pasar a su casa por la cornisa, y no querría que ahora hiciera lo mismo.

—No he visto ningún gato, no se preocupe —responde la chica antes de meterse en el ascensor.

—Unos tipos raros —comenta Eleonora.

—¿Por qué?

—Pues no sé. Llevan aquí poco tiempo, pero nunca sonríen, siempre dicen «buenos días», «buenas tardes», sin pararse un rato a charlar.

—Bueno, son jóvenes, tendrán sus amigos. Lo importante es que no molesten. Por lo que a mí respecta, como si no me saludan, como si no tienen nombre —contesto, dedicándome de nuevo a mi cerradura.

—Él no sé, pero ella se llama Emma.

—Emma —repito, girándome de golpe.

—Sí, Emma. ¿Por qué?

—No, por nada. Bonito nombre.

—¿Cómo?

—Decía que bonito nombre.

—Ah, sí, no está mal.

—Bueno, Eleonora, me despido de ti —exclamo, abriendo la puerta—. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

—¿Cesare?

—¿Sí?

—¿Puedo llamarte si alguien más quiere ver la casa? El agente inmobiliario me llama cada medio minuto para darme consejos que yo no le pido.

Perfecto, quieres hacerte el amable, y de repente te encuentras enmarañado en asuntos que no te incumben.

—¿Y qué quiere?

—Qué quiere. Pues la otra tarde me dijo, sin andarse con muchos rodeos, que debería tener el piso más ordenado, ya que si no los potenciales compradores podrían desmotivarse. Claro, yo no podía decirle que ese era precisamente mi objetivo. —Sonríe.

—Ya, ¿y hoy por qué no estaba también él?

—Se había marchado antes, pero verás como en pocos días vuelve a pasarse por aquí. Si estuvieras tú, sería diferente… Con un hombre siempre es distinto. No se atrevería a decir ni pío sobre cómo está la casa. Porque si vuelve a hacerlo, me vería obligada a echarle, ¡y entonces a ver quién aguanta a mi sobrina!

—De acuerdo, llámame.

—Gracias.

Cierro la puerta detrás de mí y olfateo la entrada para asegurarme de que el hedor no haya entrado también en mi casa. Solo después me quito el abrigo y voy a la cocina mientras sacudo la cabeza con desaprobación. Me he debido de hacer muy viejo si permito que un simple nombre me arruine el día.

Incluso si Emma no es un nombre cualquiera.

Dos figuras de circo

 

Rossana se merecería una vida distinta. Quiero decir que debería ser más feliz, pero en lugar de eso creo que está tirando la toalla. A lo mejor es porque se pasa el día regalando alegría a sus clientes y luego le queda poca para ella. Las personas que hacen felices a los demás deberían recibir a cambio gratitud y respeto. También las putas, también Rossana. Si no existiera ella, yo sería peor persona, más nervioso, quizá más solitario y, sin duda, más reprimido.

En una relación normal de pareja cada uno hace su parte, ofrece al otro lo que puede, lo mucho o poco que tiene. Sin embargo, a Rossana nadie le da nada, si no es dinero. El problema es que con el dinero no se compra ni el cuidado ni la atención.

—Oye, ¿qué te parece si una noche salimos a cenar?

Frecuento a Rossana desde hace dos años y el sitio más alejado de la cama donde hemos intercambiado dos palabras ha sido la cocina. Conozco mucho mejor sus estrías que sus gustos culinarios; podría unir sus lunares como si se tratasen de los puntos de la Settimana Enigmistica[1]. Ni siquiera sé si tiene una hermana. Del hijo me habló una vez que me presenté en su casa con un prosecco que había comprado en un antro cercano. Ella hablaba y yo bebía, ella hablaba y yo miraba el techo. Nunca se me ha dado bien hablar.

—¿A cenar?

—Sí, en un restaurante.

—¿Qué pasa, señor Annunziata, me tienes que pedir algo?

Nadie se fía de mí, las cosas como son, ni siquiera mis hijos, ni siquiera una prostituta. Y la verdad es que no creo ser una persona con dobleces. Sí, vale, a lo mejor es como decía Caterina, que estoy demasiado centrado en mí mismo, pero eso no significa que me guste fastidiar al prójimo.

—¿Por qué no puedo invitarte a cenar sin que haya un motivo oculto?

—Mmm, te conozco desde hace demasiado tiempo. ¡Vete a tomar el pelo a otra persona!

No hay nada que hacer, me rindo. En los últimos años me he empeñado tanto en dar una imagen tan imperfecta de mí, que ahora no puedo volver atrás. Moriré siendo un cínico y un antipático.

—Podríamos ir a alguna tabernita a comer pescado y beber vino, a hablar un poco de nosotros. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero aun así no sé nada de ti.

Rossana está de pie, de espaldas a mí. Yo todavía estoy en la cama, con un vaso de vino en la mano y la mirada fija en el culo de esta arpía. Tarda en ponerse las bragas. La propuesta ha debido de ser tan chocante, que le impide hacer algo tan sencillo como ponerse la ropa interior.

—Entonces, ¿qué te parece? ¿Te gusta el plan?

Por toda respuesta, se sienta en la cama y agacha la cabeza. Sigo viéndole la espalda, pero por desgracia ya no le veo el culo. Tenía razón yo, hay que tener cuidado con las palabras, como en los crucigramas, porque una equivocada puede organizar un caos.

—Vale, si no te apetece no pasa nada, yo no me ofendo en absoluto.

Rossana no se da la vuelta y el silencio invade la habitación, dejando que mi colon y sus mil rugidos se conviertan en los protagonistas de la escena. Finjo un ataque de tos para disimular el ruido; aunque, en realidad, si pudiese, me dejaría llevar y me tiraría un pedo que pondría rápidamente las cosas en su sitio. Apoyo el vaso vacío en la mesilla y me incorporo para sentarme. Creo que es evidente que he dicho algo que no debía, el problema es averiguar qué. La verdad es que he perdido mano con las mujeres. Caterina murió hace cinco años; mi última amante me recordará todavía con los pelos del pubis negros; y Rossana, bueno, no tuve que hacer demasiado esfuerzo para conquistarla. Es lo malo de cuando se va demasiado tiempo con una prostituta: te olvidas de los preámbulos, los preliminares, las buenas maneras y las cortesías; todo lo necesario para llevarte a la cama a una mujer «normal».

Me enciendo un cigarro y veo de reojo, antes de que la haga añicos con un gesto de rabia, que le está cayendo una lágrima por la mejilla. Caramba, la última mujer a la que vi llorar fue a esa compañera mía, cómo se llamaba, que me confesó que quería que lo nuestro fuera algo más serio. Le sequé los ojos y me largué corriendo. No, en realidad no fue la última, Caterina sí que fue la última. Lo único que ella no lloraba por mí, sino por su cuerpo enfermo. Y sin embargo tampoco entonces supe intervenir más que con gestos artificiales e inútiles. Algunas veces me despierto en mitad de la noche y me parece tenerla todavía a mi lado. Entonces le susurro a la fría pared lo que tendría que haberle dicho a ella: «No estás sola, yo estoy aquí». He dicho que no la quería, pero no hay día que no le pida perdón por lo que hice.

—Perdona —susurra Rossana.

Me acerco y le apoyo una mano en el hombro. La piel está fría y llena de granitos, aunque hace pocos minutos me parecía aterciopelada y perfumada como la de una virgen. En esos momentos soy capaz de ver lo que quiero.

—Es que hace tantos años que nadie me invita a cenar fuera.

—Oye, si te provoca este efecto, ¡retiro inmediatamente la propuesta!

Sonríe y se seca una lágrima con el dorso de la mano.

—Qué bobo, es que no me lo esperaba. Y en cualquier caso, no está siendo un periodo fácil.

Ya está, hemos llegado al quid de la cuestión. Ahora debería levantarme, ponerme los pantalones, darle el dinero y desaparecer. Ella es una prostituta, yo un cliente. Nuestra relación debería terminar aquí y los dos tan contentos. Pero con una mujer, incluso cuando le pagas, si te pasas demasiado tiempo en su cama las cosas se complican endiabladamente.

Así que me veo en la obligación de hacer la pregunta que ella espera en silencio:

—¿Ha pasado algo? ¿Quieres hablar?