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Comunidad de Cinéfilos Lumière

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@alex: Acaban de anunciar los horarios de las películas que se van a poder ver gratis este verano en la playa, cuando empiece el festival de cine anual. ¿A que no sabes qué película de Hitchcock van a pasar? ¡Intriga internacional!

@mink: ¡¿En serio?! Te odio. Pero yo ya la vi en pantalla gigante el año pasado, así que…

@alex: Eso no cuenta. Está mucho mejor ver películas en la playa. Es como un autocine, pero sin el humo de los caños de escape. ¡Y nadie puede negarse a ver la persecución por el monte Rushmore con los pies en la arena! Te propongo algo: dile a tu papá que quieres visitarlo en junio, y vamos a verla juntos.

@mink: ¿Recuerdas que no me gusta la playa?

@alex: Nunca fuiste a una playa de verdad. Las de la costa este son una porquería.

@mink: todas las playas son una porquería. *mira los horarios del festival de cine* Además, si yo fuera a visitar a mi papá, preferiría ir la última semana del festival, para ver todas las películas de Georges Méliès que van a pasar… bajo techo. O sea: sin arena.

@alex: --------> me vuelvo loco. (¡¿Lo dices en serio?! Por favor, habla en serio. ¿En verdad nos podríamos conocer en persona?)

@mink: No sé.

@alex: Si lo dices en serio, entonces acompáñame a ver Intriga internacional. Al aire libre, en la playa, como corresponde.

@mink: Las películas no se deben ver al aire libre, pero está bien. Si voy, nos encontramos en la playa para ver Intriga internacional.

@alex: ¡Nos vemos!

@mink: Epa, no te entusiasmes. Dije que *si* viajaba a California a visitar a mi papá. Es un sueño nomás. No va a pasar…

Capítulo 1

“¿Cómo dijo que se llamaba?”.

–Cary Grant, Intriga internacional (1959)

Él podría ser cualquiera de estas personas.

Después de todo, no sé qué aspecto tiene Alex. Ni siquiera sé cuál es su verdadero nombre. O sea, hace meses que estamos hablando por Internet, así que sé lo importante. Es inteligente, dulce y gracioso, y los dos acabamos de terminar el tercer año de la secundaria. Compartimos la misma obsesión: las películas viejas. A los dos nos gusta estar solos.

Si esto fuera lo único que tenemos en común, no me estaría dando un ataque en este momento. Pero Alex vive en la misma ciudad que mi papá, y eso… complica las cosas.

Porque ahora que estoy descendiendo por la escalera mecánica de un aeropuerto de California, en las inmediaciones de donde vive Alex, mientras veo a extraños que se deslizan en la dirección opuesta, tengo un sinfín de posibilidades bullendo dentro de mi cabeza. ¿Alex es bajo? ¿Alto? ¿Hace mucho ruido cuando mastica o usa algún latiguillo molesto? ¿Se escarba la nariz en público? ¿Le han reemplazado los brazos con tentáculos biónicos? (Nota mental: no sería un problema).

Así que sí, conocer a Alex en la vida real podría ser genial, pero también podría ser una enorme e incomodísima decepción. Por eso no estoy segura de si quiero saber algo más sobre él.

A ver, no me sale bien encarar a la gente. En realidad, no lo hago nunca. Lo que estoy haciendo ahora, mudarme a la otra punta del país una semana después de cumplir diecisiete años para vivir con mi papá, no es un acto de valentía. Es una obra maestra del acto de escapar de las cosas. Me llamo Bailey Rydell, y tengo el hábito de evadir.

Cuando mi mamá cambió a mi papá por Nate Catlin de Abogados Catlin SRL –juro por Dios que él se presenta así–, no elegí vivir con ella en lugar de hacerlo con papá por todo lo que ella prometió: ropa nueva, mi propio auto, un viaje a Europa. Todas cosas emocionantes, sin duda, pero ninguna me importaba. (Ni siquiera se concretaron, por cierto). Solo me quedé con ella porque mi papá me daba vergüenza, y la idea de tener que lidiar con él mientras enfrentaba su nueva vida, después de que lo abandonaran, era demasiado para mí. No porque él no me importara. Todo lo contrario, en realidad.

Pero en un año pueden cambiar muchas cosas, y ahora que mamá y Nate no dejan de pelear, es hora de que me vaya. Esa es la cuestión cuando se evaden las cosas. Hay que ser flexible y saber cuándo salir corriendo antes de que todo se ponga raro. En realidad, es lo mejor para todos. Así de generosa soy.

El avión aterrizó hace media hora, pero estoy yendo por un camino bien largo hacia la parte de atrás del lugar donde se recoge el equipaje, o eso espero. Se supone que allí me espera papá. La clave para evitar las situaciones incómodas es lanzar un ataque preventivo: hay que asegurarse de ver al otro primero. Y antes de que me acusen de cobarde, piénsenlo bien. No es fácil tener semejante trauma. Hay que planear bien y tener reflejos rápidos. Hay que ser taimado. Mamá dice que yo sería una excelente carterista, porque puedo desaparecer antes de que alguien pregunte: “¿Dónde está mi cartera?”. Soy como “el Astuto Truhan”.

Y allí está mi papá. El astuto truhan padre. Como dije antes, hace un año que no lo veo, y el hombre de cabello oscuro que está parado debajo de un rayo de sol, en las primeras horas de la tarde, no se parece al que yo recuerdo. Está en mejor forma, sí, pero eso no me sorprende. Todas las semanas lo he felicitado por su nuevo cuerpo trabajado en el gimnasio, cuando me mostraba orgulloso sus brazos en nuestras videollamadas de los domingos a la noche. Y el cabello más oscuro tampoco es nada nuevo; Dios sabe cuánto he bromeado acerca de que debía teñirse las canas para quitarse algunos años de los cuarenta y tantos que tiene.

Pero mientras lo espío, escondida detrás de un cartel soleado que dice “¡soñadores de california!”, me doy cuenta de que lo único que no esperaba de mi papá era que estuviera tan… feliz.

Quizás esto no sea tan doloroso, después de todo. Respiro hondo.

A papá se le dibuja una sonrisa en el rostro cuando salgo de mi escondite.

–Mink –me dice, llamándome por mi ridículo apodo adolescente.

En realidad, no me molesta, porque él es único que me llama así en la vida real, y todas las demás personas que están recogiendo su equipaje están demasiado ocupadas saludando a sus familiares como para prestarnos atención. Rápido como una flecha, papá me atrae hacia él y me abraza con tanta fuerza que se me quiebran las costillas. Los dos nos emocionamos un poco. Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta y me obligo a calmarme.

–Dios mío, Bailey –me mira con timidez–. Ya eres casi una mujer.

–Puedes decir que soy tu hermana si eso hace que parezcas más joven ante tus amigos fanáticos de la ciencia ficción –digo en broma, intentando diluir la incomodidad con un gesto hacia el robot que tiene en su camiseta de Planeta prohibido.

–Nunca. Tú eres lo mejor que hice en la vida.

Uf. Me da vergüenza lo fácil que me siento halagada por esto, y no se me ocurre una respuesta ingeniosa. Termino suspirando un par de veces.

Los dedos de papá tiemblan mientras me acomoda detrás de la oreja algunos mechones de mis largas ondas rubias platinadas, que imitan el estilo de Lana Turner.

–Me alegra tanto que estés aquí. ¿Te vas a quedar, no? ¿No cambiaste de idea en el viaje?

–Si crees que voy a querer volver a la batalla campal que ellos llaman matrimonio, no me conoces para nada.

Papá es muy malo para esconder su vertiginosa sensación de triunfo, y yo no puedo evitar sonreír. Él me vuelve a abrazar, pero ahora está bien. La peor parte de nuestro incómodo encuentro ya terminó.

–Vamos a recoger tus cosas. Todos los que iban en tu avión ya se han llevado lo suyo, así que no deberían ser difíciles de encontrar –me dice, señalando hacia las cintas transportadoras con la mirada del que sabe y una ceja levantada.

Uy. Tendría que haberme dado cuenta. No se puede evadir a quien evade las cosas.

Me crie en la costa este y lo más cerca que estuve del Oeste fue en una excursión de la escuela en la que viajamos a Chicago, así que fue extraño salir a pleno rayo del sol y ver semejante cielo azul. Parece que el terreno aquí fuera más llano sin las densas copas de los árboles del noroeste de Estados Unidos que tapan el paisaje. Tan llano, que llego a ver las montañas que bordean todo el horizonte de Silicon Valley. Yo viajé a San José, que es el aeropuerto y la ciudad grande más cercanos a la nueva casa que papá tiene en la costa, así que tenemos aún un viaje de cuarenta y cinco minutos. No me incomoda, sobre todo cuando veo que vamos a viajar en un auto clásico azul brillante, con el techo corredizo abierto de par en par.

Mi padre es contador público. Antes conducía el auto más aburrido del mundo. Supongo que California ha cambiado eso. ¿Qué más ha cambiado?

–¿Este es el auto que compraste por la crisis de la mediana edad? –pregunto cuando él abre la cajuela para guardar mi equipaje.

Él se ríe. No quedan dudas.

–Entra –me dice, revisando la pantalla de su teléfono–. Y por favor, envía un mensaje a tu madre para avisarle que no se estrelló el avión, así deja de molestarme.

–Sí, mi capitán.

–Tonta.

–Raro.

Él me empuja suavemente con el hombro, y yo hago lo mismo, y así, tan fácil, estamos retomando nuestra vieja rutina. Gracias a Dios. Su auto nuevo (pero viejo) huele a eso que los locos por la limpieza le ponen al cuero, y no hay papeles de contaduría en el asiento, así que me está dando el servicio VIP. Mientras acelera el motor, que hace un ruido de locos, enciendo mi teléfono por primera vez desde que aterrizó el avión.

Mensajes de mamá: cuatro. Le respondo con la menor cantidad de palabras posible mientras salimos del estacionamiento del aeropuerto. Recién se me está pasando un poco el shock de lo que hice… mierda, acabo de mudarme a la otra punta del país. Me recuerdo que no es para tanto. Después de todo, ya me había cambiado a otra escuela hace unos meses, gracias a que Nate SRL y mamá decidieron mudarse de Nueva Jersey a Washington, DC, así que no dejé grandes amistades allí. Y la verdad es que no he salido con nadie desde que se fue papá, así que tampoco dejé ningún novio por allá. Pero cuando reviso las notificaciones secundarias de mi teléfono, veo que hay una respuesta de Alex en la aplicación de cine y otra vez me pongo nerviosa por estar en la misma ciudad que él.

@alex: ¿Está mal odiar a alguien que antes era tu mejor amigo? Por favor, convénceme de que no tengo que planear su funeral… otra vez.

Le respondo al momento:

@mink: Tendrías que irte a vivir a otra ciudad y hacer amigos nuevos. Menos sangre que limpiar.

Si paso por alto las reservas que puedo llegar a tener, reconozco que me entusiasma bastante pensar que Alex no tiene idea de que yo estoy aquí. Pero por otro lado, él nunca ha sabido en realidad dónde he estado. Piensa que sigo viviendo en Nueva Jersey, porque nunca me molesté en cambiar mi perfil online cuando me mudé a DC.

Cuando Alex me invitó a ver con él Intriga internacional, yo no sabía bien qué pensar. No es precisamente la clase de película que un chico elegiría para llevar a una chica en plan de conquista… al menos no a la mayoría de las chicas. La película es considerada una de las mejores de Alfred Hitchcock, está protagonizada por Cary Grant y Eva Marie Saint y es un thriller sobre un caso de identidad equivocada. Empieza en Nueva York y termina al otro lado, hacia el oeste, porque a Cary Grant lo persiguen hasta llegar al monte Rushmore, en una de las escenas más icónicas de la historia del cine. Pero ahora, cada vez que pienso en verla, nos veo a mí como la seductora Eva Marie Saint y a Alex como Cary Grant, enamorándonos perdidamente a pesar de que apenas nos conocemos. Y claro, ya sé que eso es pura fantasía y que la realidad podría ser mucho más extraña; por eso tengo un plan: voy a investigar en secreto dónde está Alex, antes de que pasen Intriga internacional en el festival de cine de verano.

No dije que el plan fuera bueno… ni fácil, pero es mejor que tener un encuentro incómodo con alguien que se ve genial por escrito, pero que puede destruir mis ilusiones en la vida real. Así que estoy haciendo esto al estilo del astuto truhan: desde una distancia prudencial, donde ninguno de los dos pueda salir lastimado. Tengo mucha experiencia con extraños malos. Es lo mejor, lo aseguro.

–¿Es él? –pregunta papá.

–¿Quién? –respondo, guardando rápido el teléfono en el bolsillo.

–El chico ese. El cinéfilo que es tu alma gemela.

No le he contado casi nada a papá sobre Alex. O sea, sabe que Alex vive por aquí. Incluso, ha hecho bromas, tratando de tentarme con eso para que yo viniera hasta aquí, hasta que al fin decidí que no podía seguir viviendo con mamá y Nate.

–Está pensando en cometer un asesinato –le cuento a papá–. Así que quizás me encuentre esta noche con él, en un callejón oscuro, y me suba a su camioneta sin matrícula. No hay problema, ¿verdad?

Corre un aire de tensión entre nosotros, solo por un segundo. Él sabe que lo digo en broma, que nunca tomaría semejante riesgo, menos después de lo que le pasó a nuestra familia hace cuatro años. Pero eso quedó en el pasado, y en este momento a papá y a mí solo nos importa el futuro. Lo único que tenemos por delante son palmeras y sol.

–Si tiene una camioneta –dice él con un resoplido–, no esperes poder ubicarla.

Mierda. ¿Sabe que he estado pensando en hacer eso?

–Adonde vamos, todos tienen camionetas –agrega papá.

–¿Esas camionetas de abusadores que dan miedo?

–Son más bien camionetas de hippie. Ya vas a ver. Coronado Cove es distinto.

Y me lo explica después de salir de la carretera interestatal (perdón, papá me informa que aquí le dicen “autopista”). Coronado Cove fue donde se estableció una misión española histórica, y ahora es una ciudad turística con mucho movimiento, ubicada entre la ciudad de San Francisco y la región de Big Sur. Tiene veinte mil habitantes y el doble de turistas. Vienen por tres cosas: el bosque de secuoyas, la playa nudista privada y el surf.

Ah, sí: dije que hay un bosque de secuoyas.

Los turistas vienen por otra cosa, y lo voy a ver pronto. Solo pensar en eso me hace doler el estómago, así que no lo hago. Ahora no. Porque la ciudad es incluso más bonita de lo que se veía en las fotos que mandó papá: calles empinadas, bordeadas de cipreses; edificios de estilo español con fachadas de estuco y techos de tejas color terracota; montañas moradas y neblinosas a la distancia. Llegamos a la avenida Gold, una carretera de doble mano que avanza pegada a las curvas de la costa, y entonces lo veo: el océano Pacífico.

Alex tenía razón. Las playas de la costa este son una porquería. Esto es… increíble.

–Qué azul es –digo, dándome cuenta de lo tonta que sueno, pero incapaz de pensar en una mejor descripción de la reluciente agua color aguamarina que se acerca a la arena. Incluso puedo olerla desde el auto. Es salada y limpia, y a diferencia de la playa que hay donde vivía antes, que apesta a iodo y metal hervido, esta no me hace desear levantar la ventanilla.

–¿Te lo dije, no? Esto es un paraíso –dice papá–. Todo va a ir mejor ahora. Te lo prometo, Mink.

Giro la cabeza hacia él y sonrío, deseando creer que podría tener razón. Y después su cabeza se sacude hacia el parabrisas y paramos en seco con un chirrido.

El cinturón de seguridad se siente como una vara de metal que me golpea en el pecho, me sacudo hacia adelante y me atajo apoyando las manos contra el tablero. Siento un breve dolor punzante en la boca y un sabor a cobre. Me doy cuenta de que el alarido agudo que sale de mí es demasiado alto y dramático; además de haberme mordido la lengua, nadie ha resultado herido, ni siquiera se ha dañado el auto.

–¿Estás bien? –pregunta papá.

Estoy más que nada avergonzada, y asiento con la cabeza antes de ver el motivo por el cual casi chocamos: dos muchachos adolescentes en el medio de la calle. Los dos parecen avisos andantes de bronceador de aceite de coco: cabello alborotado y aclarado por el sol, pantalones cortos de playa y músculos marcados. Uno de cabello oscuro; el otro, claro. Pero el rubio está enojadísimo y golpea el capó del auto con los puños.

–Fíjate por dónde vas, idiota –grita él, señalando un colorido cartel de madera pintado a mano con una fila de surfistas que marchan con sus tablas por un cruce peatonal a lo Abbey Road. La parte de arriba dice: “bienvenidos a coronado cove”. La parte de abajo dice: “sea amable: ceda el paso a los surfistas”.

Eh… claro… no. El cartel no tiene nada de oficial, e incluso si lo fuera, en la calle no hay un verdadero cruce peatonal y este tipo sin camiseta y de cabello platinado no tiene tabla. Pero de ninguna manera voy a decir eso porque: A) acabo de gritar como un ama de casa de la década de los cincuenta y B) no enfrento a la gente. Sobre todo si se trata de un chico que parece que acaba de inhalar algo preparado en un tráiler sucio.

Su amigo de cabello castaño tiene la consideración de usar una camiseta mientras cruza mal la calle. Encima, es muuuuuy atractivo (diez puntos) y está tratando de quitar de la calle al estúpido de su amigo (veinte puntos). Y mientras hace eso, veo una línea de cicatrices irregulares color rosado oscuro que van desde la manga de su camiseta gastada hasta un reloj rojo brillante que lleva en la muñeca, como si mucho tiempo atrás alguien hubiera tenido que volver a coser su brazo a lo Frankenstein; quizás esta no sea la primera vez que tiene que arrastrar a su amigo para quitarlo de la calle. Parece estar tan avergonzado como yo, que estoy aquí sentada con todos los autos tocando el claxon detrás de nosotros. Mientras él lucha con su amigo, levanta una mano hacia papá y dice:

–Perdón, amigo.

Papá hace un gesto amable con la mano y espera hasta que ambos estén fuera del camino para volver a acelerar con cuidado. Apúrate, por el amor de las babosas, pienso. Presiono la lengua dolorida contra la parte de atrás de los dientes, para ver dónde me la mordí. Y mientras el rubio drogado nos sigue gritando, el chico con las cicatrices en el brazo se queda mirándome, los rizos con reflejos moviéndose a un lado por el viento. Por un segundo, contengo la respiración y lo miro, y después desaparece de mi vista.

Se ve el destello de unas luces rojas y azules sobre la mano opuesta. Genial. ¿Esto se considera un accidente aquí? Parece que no, porque el patrullero nos pasa lentamente por al lado. Giro en mi asiento y veo a una mujer policía con anteojos oscuros color morado asomar su brazo por la ventanilla y hacer una advertencia a los dos muchachos.

–Surfistas –dice papá por lo bajo, como si fuera la mala palabra más obscena del mundo. Y mientras la policía y los chicos desaparecen detrás de nosotros por la arena dorada, no puedo evitar pensar que papá quizás haya exagerado sobre que esto fuera un paraíso.

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@alex: ¿Estás haciendo algo?

@mink: Tarea nomás.

@alex: ¿Quieres que veamos El gran Lebowski? La puedes ver en streaming.

@mink: *sorprendida* ¿Quién eres y qué has hecho con Alex?

@alex: Es muy buena. Es un clásico de los hermanos Cohen, y a ti te encantó ¿Dónde estás, hermano? Vamos… será divertido. No te hagas la snob de las películas.

@mink: No soy una snob de las películas. Soy una snob de los largometrajes.

@alex: Pero igual me sigues cayendo bien… No me dejes aquí colgado, aburrido y solo, mientras espero que juntes coraje para rogar a tus padres que te paguen el viaje a California y puedas ver Intriga internacional en la playa con un adorable cinéfilo como yo. Te estoy poniendo carita de “por favor”.

@mink: Ay, por Dios… ¿Eso fue una indirecta?

@alex: ¿Te diste cuenta? *sonrisa* Vamos. Mírala conmigo. Esta noche tengo que trabajar hasta tarde.

@mink: ¿Miras películas en el trabajo?

@alex: Cuando no hay mucho que hacer. Pero te digo: de todas maneras trabajo mejor que mi compañero, también conocido como el cigarrillo de marihuana andante. Creo que no ha habido ni una sola vez en la que NO haya estado drogado en el trabajo.

@mink: Ay, qué cosa con ustedes los californianos y su conducta desviada. *niega con la cabeza*

@alex: ¿Vemos la película, entonces? Puedes hacer la tarea mientras tanto. Incluso te puedo ayudar. ¿Qué otras excusas tienes? Las voy a derribar de antemano: puedes lavarte el pelo durante los títulos, podemos darle play a la película después de que cenes, y si a tu novio no le gusta la idea de que veas una película con alguien online, es un idiota y deberías cortar con él cuanto antes. Bien, ¿qué te parece?

@mink: Bueno, tienes suerte, si eliges otra película. Tengo el pelo limpio, por lo general ceno a eso de las ocho y estoy soltera. No es que importe.

@alex: Eh, yo también. No es que importe…

Capítulo 2

“Alejo a todo el mundo. No es nada personal”.

–Anna Kendrick, Ritmo perfecto (2012)

Ya había visto la casa de papá cuando hablábamos por videollamada, pero fue extraño experimentarla en persona. Estaba escondida en una calle tranquila y sombreada, al lado de un bosque de secuoyas. No era una casa sino más bien una cabaña, con un hogar de piedra en la planta baja y dos habitaciones pequeñas en el piso de arriba. Antes se alquilaba a turistas, así que por suerte yo tendría baño propio.

Lo mejor de la casa era el porche cerrado que estaba en la parte de atrás; no solo tenía una hamaca, sino que además estaba construido alrededor de una secuoya que crecía en el centro y atravesaba el techo. Sin embargo, lo que estaba fuera del porche, en la entrada para autos, fue lo que me puso la piel de gallina apenas la vi: una scooter Vespa vintage, turquesa brillante, con asiento de animal print.

Una scooter.

Mía.

Yo en una scooter.

¡¿Cómo?!

El motorcito y las rueditas de banda blanca sólo podían llegar a los cuarenta kilómetros por hora, pero el resto de los componentes, de la década de 1960, habían sido restaurados por completo.

–Puedes usar este vehículo para escapar –había dicho papá, orgulloso, cuando me condujo a la parte de atrás para mostrármela por primera vez–. Sabía que necesitarías algo para ir a trabajar este verano, y puedes usarla para ir a la escuela en otoño. Ni siquiera necesitas una licencia especial.

–Es una locura –le dije. Y preciosa. Pero una locura. Me preocupaba resaltar demasiado.

–Hay cientos de estas cosas por la calle –sostuvo él–. Estaba entre esto o una camioneta, pero como no vas a tener que trasladar tablas de surf, pensé que esto sería mejor.

–Es muy del estilo del astuto truhan –reconocí.

–Puedes hacer de cuenta que eres Audrey Hepburn en La princesa que quería vivir.

Dios, sí que supo convencerme. He visto esa película como diez veces, y él lo sabía.

–La verdad es que me gusta el asiento retro de animal print.

Y el casco que hace juego. Así que bauticé Baby a la scooter, en homenaje a una de mis películas preferidas de todos los tiempos, La adorable revoltosa: una comedia disparatada de la década de 1930 protagonizada por Cary Grant y Katharine Hepburn, que interpretan una pareja despareja. Ambos terminan enredados por culpa de un leopardo que ella tiene como mascota, que se llama Baby. Una vez que decidí el nombre, me comprometí por completo. No había vuelta atrás. Era mía. Papá me enseñó a usarla –la llevé de una punta a la otra de la calle un millón de veces después de la cena– y en algún momento juntaría coraje para usarla por la ciudad, lloviera o tronara, o pasaran surfistas drogados sin mirar por dónde iban.

Papá se disculpa por tener que trabajar al día siguiente, pero no me importa. Paso el día quitando las cosas de las maletas y conduciendo la scooter entre siestas en la hamaca del porche para recuperarme del jet lag. Intercambio algunos mensajes con Alex, pero perdura la sensación de que lo que estoy haciendo este verano es mucho más difícil de lo que pensaba. Quizás sea más fácil cuando me acostumbre.

Después de descansar durante el día y jugar a la noche con papá a Catan, nuestro juego de mesa preferido, me tocará poner a prueba mi nueva independencia. Cuando decidí venir aquí, una de las cosas que me preocupaban era encontrar un trabajo de verano, pero papá lo logró moviendo algunos contactos. Eso sonaba bastante bien cuando estaba en DC, pero ahora que estoy aquí, me estoy arrepintiendo un poco de haber aceptado. De todas maneras, ya es muy tarde para echarse atrás.

“La temporada turística de verano no espera a nadie”, señala papá alegremente ante mis quejas.

Papá me despierta súper temprano cuando se va a trabajar, pero yo me vuelvo a dormir sin querer. Cuando me despierto otra vez, ya es tarde, así que me visto en un santiamén y salgo corriendo por la puerta. Algo que no esperaba cuando decidí mudarme aquí es toda la neblina que hay en la costa por la mañana. Se aferra a las secuoyas como una manta de encaje gris y mantiene el aire fresco hasta la media mañana, cuando empieza a arder el sol. Sí, claro, la neblina tiene su encanto y transmite cierta tranquilidad, pero ahora que tengo que conducir una scooter por el barrio de papá, lleno de árboles, donde la neblina está baja y se trepa por las ramas como dedos, no me enloquece mucho.

Armada con un mapa y con un nudo grande como una casa en el estómago, hago frente a la neblina y salgo con Baby a la ciudad. Papá me mostró el camino cuando veníamos del aeropuerto, pero sigo repitiendo las instrucciones en la cabeza cada vez que me detengo en una señal de alto. Ni siquiera son las nueve de la mañana, así que la mayoría de las calles están despejadas, hasta que me encuentro con la temida avenida Gold. Para llegar a mi destino solo tengo que andar pocos metros por esta avenida llena de curvas y tráfico, pero tengo que pasar por al lado del paseo marítimo (rueda de la fortuna, música fuerte, minigolf), prestar atención a los turistas que cruzan la calle para ir a la playa después de desayunar como cerdos en la Casa de las Crêpes –que huele in-cre-í-ble, por cierto– y ay dios mío, ¿de dónde salieron todos estos skaters?

Justo cuando estoy a punto de que me dé un ACV por el estrés, veo los acantilados que se levantan a lo largo de la costa, al final del paseo marítimo, y un cartel: “el palacio de la caverna”.

Mi trabajo de verano.

Aprieto los frenos y aminoro la marcha de Baby. Me meto en la entrada para empleados. A la derecha está la calle principal que sube por el acantilado y lleva al estacionamiento para visitantes, que hoy está vacío. “La Cueva”, como se conoce entre los que viven aquí, según dice papá, está cerrada por una capacitación y por una especie de fumigación de exteriores, que puedo oler desde aquí porque apesta terriblemente. Mañana empieza la temporada turística de verano, así que hoy se hace la orientación de los nuevos empleados, entre los que estoy yo.

Papá hizo algunos trabajos de contaduría para la Cueva y conoce al gerente general. Así me consiguió el trabajo. Si no hubiera sido por eso, dudo de que mi limitado currículum los hubiera impresionado porque incluye solo un verano de niñera y varios meses de archivado de documentos judiciales que hice después de la escuela mientras vivía en Nueva Jersey.

Pero todo eso ya quedó en el pasado. Porque, a pesar de que en este momento estoy tan nerviosa que podría vomitar encima del bonito velocímetro de los 60 que tiene Baby, en realidad estoy entusiasmada, en cierto modo, de trabajar aquí. Me gustan los museos. Me gustan mucho.

Esto es lo que pude averiguar hasta ahora en Internet sobre la Cueva: Vivian y Jay Davenport se hicieron ricos durante la Primera Guerra Mundial. En ese tiempo vinieron desde San Francisco a comprar esta propiedad para hacerse escapadas a la playa y encontraron unas monedas de oro por un valor de trece millones de dólares escondidas dentro de una cueva en los acantilados. La excéntrica pareja usó esa fortuna para construir una gigantesca mansión de cien habitaciones sobre la paya, justo sobre la entrada de la cueva, y la llenaron de antigüedades exóticas, curiosidades y rarezas que coleccionaron durante sus viajes por el mundo. En las décadas de 1920 y 1930 hacían unas fiestas de locos, llenas de alcohol, e invitaban a la gente rica de San Francisco a codearse con jóvenes actrices de Hollywood. A principios de la década de 1950, todo terminó en tragedia cuando Vivian mató a Jay de un disparo y luego se suicidó. Después de que la mansión estuviera desocupada durante veinte años, sus hijos decidieron que podrían darle un mejor uso a la casa y la convirtieron en una atracción turística para el público en general.

Así que, bueno, la casa es excéntrica y rara, sin dudas, y la mitad de la presunta colección no es real, pero se supone que adentro hay algunos objetos de la edad de oro de Hollywood. Y vamos, que trabajar aquí tiene que ser mucho mejor que archivar documentos judiciales.

Una hilera de arbustos esconde el estacionamiento para empleados, ubicado detrás de una de las alas de la mansión. Me las arreglo para estacionar a Baby en un espacio que hay al lado de otra scooter sin destrozar nada –¡bien por mí!–, después abro el pie central y paso una cadena con candado por la rueda de atrás. Guardo el casco adentro del asiento, y listo.

No sabía qué ropa era la apropiada para la orientación, así que tengo puesto un vestido de tirantes vintage de la década de 1950, y encima llevo un cárdigan no muy abrigado. Parece que mis rizos a lo Lana Turner han sobrevivido el viaje, y el maquillaje sigue bien. Sin embargo, cuando veo a un par de otras personas entrando por una puerta lateral en chancletas y pantalones cortos, siento que estoy demasiado arreglada. Pero ya es tarde, así que los sigo al interior de la mansión.

El lugar parece ser un pasillo trasero con oficinas y una sala de descanso. Una mujer aburrida está sentada detrás de un atril. Las personas que seguí no se ven por ningún lado, pero hay otra chica detenida frente al atril.

–¿Nombre? –pregunta la mujer aburrida.

La chica es de contextura pequeña, más o menos de mi edad, con piel morena y pelo negro muy corto. Ella también está muy arreglada, así que me siento un poco mejor.

–Grace Achebe –responde ella con la vocecita más aguda que he oído en mi vida. Tiene un acento inglés muy marcado. Habla tan bajo, que la mujer le pide que repita el nombre, dos veces.

Finalmente la mujer marca su nombre en la lista y le da una carpeta con papeles para nuevos empleados antes de indicarle cómo ir a la sala de descanso. Cuando es mi turno, paso por lo mismo. Parece que hay unas veinte y tantas personas que ya están completando los papeles. Como no quedan mesas libres, me siento en la de Grace.

–¿Tú tampoco has trabajado aquí? –me susurra.

–No, soy nueva –respondo. Y después agrego–: Me acabo de mudar.

–Ah, tenemos la misma edad –señala ella, mirando mi legajo–. ¿Brightsea u Oakdale? ¿O una privada?

Me lleva un momento darme cuenta de qué está hablando.

–Voy a empezar en Brightsea este otoño.

–Yo voy allí –dice Grace con una gran sonrisa, señalando la línea de educación en su solicitud. Después de que pasa otro empleado nuevo por nuestro lado, ella me da más información sobre este lugar–. Todos los veranos contratan a unas veinticinco personas. He oído que es aburrido, pero fácil. Mejor que limpiar vómito de algodón de azúcar en el paseo marítimo.

Le tengo que dar la razón. Yo ya he completado la solicitud principal en Internet, pero nos han dado una guía y un montón de formularios extraños para firmar: acuerdos de confidencialidad, permiso para someterse a pruebas de detección de drogas al azar, juramentos de no usar el wi-fi del museo para ver pornografía, advertencias sobre el robo de uniformes.

Grace está tan aturdida como yo.

–¿Comercios similares? –murmura, viendo algo que tenemos que firmar, donde debemos prometer que no aceptaremos un trabajo similar en un radio de 100 kilómetros alrededor de Coronado Cove hasta tres meses después de haber terminado de trabajar aquí–. ¿Qué consideran un trabajo similar? ¿Es legal esto?

–No creo –susurro yo, pensando en Nate SRL, quien siempre estaba soltando alguna perorata sobre asuntos legales a mi mamá, como si ella no fuera también abogada.

–Bueno, bueno, esta no es mi firma legal –dice Grace con su bonito acento inglés, haciendo un garabato descuidado en el formulario mientras me mueve las cejas–. Y si no me dan suficientes horas, me voy derecho a la mansión cueva más cercana dentro de un radio de 100 kilómetros.

No era mi intención reírme tan fuerte, y todos levantan la mirada, así que enseguida corto la risa y las dos terminamos de completar los papeles. Después de entregarlos, nos dan un casillero a cada una y los chalecos más espantosos que vi en mi vida. El color es el de calabazas de Halloween en estado de putrefacción. No tenemos que usarlos para la orientación, pero sí tenemos que ponernos etiquetas con la leyenda “hola, mi nombre es…”. Cuando todos tienen las etiquetas puestas en el pecho, nos llevan cual ganado a la sala de los empleados, atravesamos una puerta de metal (con un cartel que nos recuerda que debemos sonreír) y entramos al lobby principal.

Es enorme, y nuestras pisadas resuenan contra las paredes de piedra mientras todos estiramos el cuello para mirar a nuestro alrededor. La entrada a la cueva está en el fondo del lobby, y todas las estalagmitas y estalactitas están iluminadas con luces naranjas, lo que da un poco de miedo. Nos llevan al otro lado del gigantesco lobby pasando por un mostrador de información circular, una tienda de regalos que parece traída de la Londres de 1890, y una zona de estar, ubicada a un nivel más bajo, llena de sillones que podrían haber sido robados del set de La tribu Brady… todo eso, del exacto mismo color de nuestros chalecos espantosos. Detecto un tema.

–Buen día, nuevos empleados de temporada –dice un hombre de mediana edad. Él también lleva puesto un chaleco color calabaza con una corbata cubierta de logos art déco del Palacio de la Caverna. Me pregunto si será obligatoria para los empleados varones o si la compró en la tienda de regalos con el descuento para empleados–. Soy el señor Cavadini, el supervisor del museo. A todos les asignarán un supervisor de equipo, pero ellos responden a mí. Yo soy el que arma los horarios y quien aprueba sus tarjetas de registro. Así que pueden verme como la persona que más les conviene impresionar durante los próximos tres meses.

Dice esto con la emoción del director de una funeraria, y se las ingenia para fruncir el ceño todo el tiempo mientras habla, aunque es posible que eso se deba a que el pelo rubio oscuro le nace de muy abajo, como si su frente tuviera la mitad del tamaño que debería tener.

–Qué mierda –dice Grace con su vocecita, cerca de mi hombro.

Vaya. La dulce Grace dice malas palabras. Pero tiene razón. Y mientras el señor Cavadini nos empieza a explicar la historia de la Cueva y que atrae a medio millón de visitantes al año, me pongo a mirar por el lobby para ver los lugares a los que me podrían asignar: el mostrador de información, las visitas guiadas, el sector de objetos perdidos, la tienda de regalos… ¿En qué puesto tendré que lidiar con el menor número posible de visitantes descontentos? En mi solicitud, tildé las preferencias “sin tener contacto con el público” y “trabajar solo”.

Hay unas mesas de café en una terraza al aire libre, en el segundo piso, y deseo con todas mis fuerzas no terminar trabajando allí. Pero por otro lado, si trabajara en la cafetería, podría mirar no solo una reproducción de tamaño real de un barco pirata suspendido del techo, sino también el esqueleto de un monstruo marino que ataca dicho barco. Eso se puede incluir en la parte “no genuina” de la colección de rarezas de los Davenport.

Un movimiento me llama la atención. Por una escalera hecha de piedra que rodea el barco pirata, descienden dos guardias de seguridad del museo, con uniformes negros genéricos. Entrecierro los ojos, sin poder creer lo que veo. ¿Qué tan pequeña es esta ciudad? Porque uno de esos guardias es el chico de pelo oscuro de ayer, el que trataba de quitar a su amigo drogado de la calle. Sí, es él, no hay dudas: el surfista divino con cicatrices a lo Frankenstein en el brazo.

Mi medidor de pánico empieza a moverse.

–Y ahora –dice el señor Cavadini–, se van a dividir en dos equipos y van a recorrer el museo con uno de nuestros guardias de seguridad. Los de este lado, por favor sigan a nuestro guardia de seguridad con más experiencia, Jerry Pangborn, que ha trabajado en el Palacio de la Caverna desde que fue abierto al público hace cuarenta años.

Señala, hacia la izquierda del grupo, a un viejo menudito y frágil que tiene las canas erizadas como si le acabara de explotar en la cara un experimento de laboratorio. Es muy amable y dulce, y a pesar de que es probable que no pueda detener a un rufián de diez años que se haya robado una golosina de la tienda de regalos, guía con entusiasmo a su equipo de reclutas hacia el lado izquierdo del lobby, a un amplio arco de entrada identificado como el “ala de vivian”.

El señor Cavadini le hace una señal al surfista para que se ponga al frente de nuestro grupo y dice:

–Y este es Porter Roth. Trabaja con nosotros desde hace un año más o menos. Es posible que algunos de ustedes conozcan a su familia –dice con un tono seco y monótono que me hace pensar que no los tiene en mucha estima–. Su abuelo fue la leyenda del surf Bill ‘Pennywise’ Roth.

Un breve “ah” resuena entre los presentes, y el señor Cavadini nos acalla con una mano para decirnos con gesto malhumorado que debemos encontrarnos aquí con él dentro de dos horas para que nos dé nuestras asignaciones. Un lado de mi cerebro grita: ¿Dos horas? Y el otro lado está tratando de recordar si alguna vez he oído hablar de este Pennywise Roth. ¿Es una celebridad en serio, o es solo alguien de aquí que tuvo sus quince minutos de fama? Porque el cartel de la Casa de las Crêpes proclama que sus crêpes de almendras son famosas en todo el mundo, pero vamos.

El señor Cavadini vuelve a la sala de empleados y nos deja solos con Porter, que se toma su buen tiempo para caminar entre el grupo e inspeccionarnos a todos. Tiene unos papeles que enrolló en forma de tubo y que golpea contra la pierna mientras camina. Y ayer no me di cuenta, pero tiene un poco de barba de unos días, color castaño claro –esa barba que pretende ser de chico malo, sexy y rebelde, pero que está demasiado cuidada para ser casual. Y tiene todos esos rizos castaños y aclarados por el sol, sueltos y alborotados, que pueden quedar bien en un surfista, pero que parecen demasiado largos e irreverentes para un guardia de seguridad.

Se está acercando, y la Bailey que evade las cosas no está contenta con esta situación. Trato de estar tranquila y me escondo detrás de Grace, pero ella mide como quince centímetros menos que yo –y yo solo mido un metro sesenta y cinco–, así que al final quedo mirando por encima de su cabello corto, directamente a la cara de Porter.

Él se detiene justo en frente de nosotras y, por un momento, se lleva los papeles enrollados al ojo, como si fueran un telescopio.

–Bueno, bien –dice arrastrando las palabras, como lo hacen en California, y sonríe–. Parece que tuve suerte y me tocó el grupo más atractivo. Hola, Gracie.

–Hola, Porter –responde Grace con una sonrisa tímida.

Bueno, así que se conocen. ¿Habrá sido Porter el que le dijo que este trabajo era “aburrido pero fácil”? Ni siquiera sé por qué me preocupo. Supongo que lo que más me inquieta es que se acuerde de mí por lo que pasó ayer con el auto. Cruzo los dedos para que no haya oído ese alarido cobarde que largué.

–¿Quién tiene ganas de que le dé una visita guiada privada? –pregunta Porter.

No responde nadie.

–No hablen todos al mismo tiempo –toma una de las hojas de su tubo de papeles (veo que en la parte de arriba dice “mapa para empleados”) y me lo da, mientras me mira las piernas hasta abajo. ¿Me está mirando? No sé bien qué pensar de eso. Ahora quisiera haberme puesto un pantalón.

Cuando intento tomar el mapa, él lo sostiene con fuerza y me obliga a arrancarlo de sus dedos. La esquina se rompe. Qué infantil, pienso. Lo miro con ojos asesinos, pero él nada más sonríe y se acerca.

–Bueno, bueno –me dice–. ¿No vas a gritar como ayer, no?