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Las llaves de Lucy

©2019 José Luis Domínguez

©2021 de esta edición: Editorial Tequisté

Corrección: M. Fernanda Karageorgiu

Diseño editorial: Alejandro Arrojo

Arte de tapa: Alejandro Arrojo

1ª edición: febrero de 2021

Producción editorial: Tequisté

contacto@txtediciones.com.ar

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-67-0

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

Libro de edición argentina

Domínguez, José Luis

Las llaves de Lucy / José Luis Domínguez. - 1a ed . - Pilar : Tequisté. TXT, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-67-0

1. Narrativa Argentina. 2. Violencia de Género. 3. Humor. I. Título.

CDD A863

A mi esposa, Marcela.

A mis hijos: Matías, Verónica y Andrea.

A mis nietos: Baltazar y Julieta

Agradecimientos

Agradezco a mi esposa que me dio confianza. Le pedí varias veces que leyera algunos capítulos mientras escribía Lucy. Pero ella prefirió mantenerse alejada de la historia y todos sus secretos. Quería que la sorprendiera con el libro terminado. “Aunque tal vez mejor que eso —me dijo varias veces— prefiero conocer tu libro cuando den la película en el cine”. Ah ja, ja... con semejante mensaje de optimismo, lo menos que podía hacer era demostrarle que lo intentaría, esforzándome en crear una historia de suspenso, cautivante y entretenida. ¡Gracias “Marce” por tanta confianza! Espero que cuando lo leas (antes de ir al cine) no te haya defraudado.

Confié a mi amiga Teresita Libois, gran lectora y consumidora de novelas, la difícil tarea de lidiar con el primer borrador del libro. Se tomó el gran trabajo de leerlo de punta a punta. Dos o tres veces, según me contó. Le di “piedra libre” para que hiciera correcciones de sintaxis, errores u horrores que encontrara. Me hizo muchas sugerencias que en la mayoría de los casos acepté.

A José Manuel Gayoso, un gran amigo de la vida, que, no siendo un consumidor de libros de ficción, igual le confié y pedí ayuda para que leyera mi libro y saber qué le parecía. Anotó y sugirió varios cambios, sobre todo en palabras mexicanas y del lunfardo argentino. Gracias “Pepe” por tus observaciones, fueron de gran valor.

Y finalmente a mi equipo de Tequisté Ediciones, María Fernanda Karageorgiu y Alejandro Arrojo, que tuvieron que lidiar con la revisión del libro, maquetado y diseño de cubierta. Hemos tenido nuestras idas y vueltas y, como es lógico en todo proceso creativo, la diversidad de “colores”, opiniones y puntos de vista, producen un mejor producto. Mi único objetivo era que el libro tuviera un contenido que resultara atrapante y entretenido. Estoy muy conforme. Gracias por la paciencia a ambos.

Fernanda y Alejandro hicieron un gran trabajo.

Capítulo 1
¿Dónde estás? ¡Contesta, hija!

Pueblo de Santa Lucía, México.

Viernes 20 de mayo de 2011.

Campo “La Preciosa”.

La claridad de la mañana entra por la ventana de mi recámara en el primer piso. Despierto inquieto; hay demasiada luz natural. Trato de despabilarme, pero mis párpados no me responden y mi cabeza tampoco. No logro despertarme. Los calmantes que tomo todas las noches hoy me relajaron más de la cuenta. ¿Qué hora será?

Adormilado, escucho ladridos de perros, pero los oigo como apagados, lejanos. Voy abriendo mis ojos. Ubico mi reloj despertador y distingo la hora, me sobresalto ¡Son las 8:12 horas! ¡Cómo me dormí!, y Evelyn no vino a despertarme.

Muevo los pies fuera de mi cama. Con malestar, me siento en el borde e intento levantarme, pero mi espalda cada día está peor. Los medicamentos no me hacen nada. Si esto se prolonga, dentro de poco, ni siquiera podré manejar el tractor y menos caminar o bajar las escaleras.

¡Qué inaudito que Evelyn no me llamó para desayunar! Muy anormal. ¿Me habrá visto anoche quejarme de mi cintura y, ante eso, me dejó dormir más tiempo? Tal vez.

—¿Evelyn, mi amor, estás en la cocina desayunando? —silencio total, nadie contesta. Solo se siente el ladrido apagado de los perros que aún no distingo muy bien por dónde se encuentran.

Me levanto al lado de mi cama, pero mi cintura no me permite ponerme todo lo derecho que quisiera.

—¿Evelyn, estás ahí, cariño? —nadie responde.

Busco mi ropa de trabajo, me cambio y bajo despacio por la escalera para no caerme de cabeza, hasta que mis músculos se calienten un poco. Llego hasta la planta baja. La cocina está vacía. Veo dos tazas usadas dentro de la pileta. Miro al costado de la chimenea, la cama provisoria donde anoche durmió nuestro invitado está desarmada. Vacía.

Salgo de la casa y me freno en la galería. Pongo mis sentidos alertas, a ver si escucho algo. Siento los ladridos de los perros algo más fuertes, pero son ruidos amortiguados. Deben estar por el fondo. Hasta que me oriento mejor y me doy cuenta de lo que sucede. Los perros están encerrados, atrapados en el pequeño cuarto junto al cobertizo de los tractores.

Al acercarme, los oigo perfectamente. Ladran y arañan la puerta desesperados por abrir, como preguntando: “¿Recién nos escuchas?, hace horas que estamos ladrando”.

Asombrado, al ver que permanecen aislados, les abro la puerta. Los perros me saltan encima y se desviven en saludarme, moviendo la cola, locos de contentos. Desesperados, buscan el bebedero para saciar su sed. Regresan. Se paran en dos patas sobre mí tratando de que los acaricie y, luego, salen corriendo por el camino que los lleva al edificio de ordeñe.

Los sigo despacio, porque hoy mi espalda está terrible. Visualizo el corral, y las vacas están encerraditas y ordenadas. Después entro a la sala de proceso. Me asomo por la puerta de ingreso y doy un vistazo al interior. Está limpio y seco como anoche. Ni una gota de agua en el piso. Y eso no es normal. Mi niña no estuvo por aquí esta mañana.

—¡Evelyn, Evelynnnnn! ¿Dónde estás, querida?

¡Pero qué tonto he sido! Cuando salí de la casa ni siquiera revisé su cuarto. Con lo cansada que la vi anoche, seguro se habrá quedado dormida. Volveré a la casa.

Los perros se han alejado de mí y siguen ladrando a lo lejos. Pero tal vez sea por la alegría de verse sueltos. Seguro que habrán descubierto una cueva de ratas o comadrejas.

Elijo otro atajo y regreso a la casa. Ingreso por la galería y entro a la sala de estar.

—¡Evelynnnn, despierta, preciosa! ¿Vamos a desayunar, mi vida?

Subo por la escalera, todo lo rápido que mi espalda me lo permite, que no es mucho. Camino por el pasillo del primer piso. Golpeo la puerta de su aposento. Silencio. Decido entrar. Acciono el picaporte y distingo su cama. Para mi asombro, está vacía.

—¿Evelyn, estás en el baño, querida? —ninguna respuesta.

Me acerco hasta el baño. Golpeo la puerta y nadie contesta. Entro, corro la cortina de la ducha. La bañera está seca y limpia. No hay nadie ahí.

Recién en ese momento comienzo a preocuparme seriamente. Me cae la ficha. Y mi cabeza es una película. Intento tomar dimensión de lo que tal vez ocurrió. Pero aún me niego a pensar lo peor.

¿Y el hombre dónde está? ¿Habrá ido con Evelyn a reconocer el campo? Claro, tiene que ser eso. Conociéndola a Evelyn, y con lo entusiasmada que la vi anoche, deben estar dando vueltas con el tractor y mostrándoselo.

No me di cuenta de examinar si estaban los tractores o la chata. ¿O se habrán ido a caballo? Voy a revisar. Me alejo de la casa nuevamente. Repaso los lugares y todo está en orden. Los caballos, los tractores y la camioneta están en el lugar de siempre.

A oleadas, el viento me trae el ladrido de mis perros hostigando a lo lejos. Rehago el camino rumbo al edificio de ordeñe y me oriento por los ladridos, tratando de encontrar a mis perros. Observo que los tres ladran parados en dos patas, arañando la puerta de chapas del galpón. De pronto, uno de ellos enloquece y comienza a escarbar un pozo para entrar por debajo, como sea.

Me acerco al portón y deslizo los dos pasadores para abrir e ingresar al viejo granero. Los perros, desesperados, me pasan por arriba y casi me tiran. Se infiltran alborotados y ladrando furiosamente, olfateando el piso, como si buscaran una comadreja o una rata. Llegan hasta el camastro improvisado armado con forraje ayer a la noche. Los perros se ponen locos. Sus colas se mueven tanto que se les van a cortar. Olfatean y me observaban inquietos, como exigiéndome “apúrate y acércate aquí, a ver si reconoces esto”. No logro ver mucho, dado que el galpón está en desuso, sin luz y sin ventanas.

La puerta por la que ingresamos se encuentra como a treinta metros del camastro, y la claridad que entra por allí es escasa. Un momento después, mis tres guardianes siguen histéricos. Reculan sobre sus patas y huyen por el portón del depósito, husmeando todo a su paso, mientras se alejan.

Ya en el exterior del edificio, eligen otro camino rumbo al campo de maíz. Van “aspirando” todos los olores que encuentran a su paso. Es sorprendente, pero mis perros trabajan en equipo. Recién los veo tan activos. Uno o dos olfatean el piso, el otro husmea el aire de la mañana. Los tres están con las orejas a tope, en alerta máxima, tratando de detectar cualquier olor o sonido. Cruzan el alambrado e ingresan al campo de maizales, y yo voy tras ellos. Recién ahí me doy cuenta que estoy con las manos vacías. El apuro y la desesperación me nublaron. Por las dudas tendría que haber traído la escopeta para no estar desarmado, por cualquier eventualidad.

Pero sigo adelante igual, para estar atento a lo que encuentren mis canes. No puedo perder más tiempo en retornar a la casa. Sin embargo no siento miedo. Mis perros son como tres lobos; despellejarán al primero que intente cruzarse en mi camino y atacarme.

Los tres llegan hasta una zanja de riego que bordea la plantación, y los noto perdidos, intentando seguir el olor que venían olfateando. Unos minutos después vuelven a orientarse, cruzan la zanja con agua, y se meten en otro campo. Y ahí se detienen.

Los animales dan vueltas, husmean, están alertas, pero no logran salir de ahí. Es como girar en círculos, como si hubieran encontrado un callejón que tuviera una tapia. No saben cómo seguir. Se muestran perdidos, desorientados. Ellos se olfatean entre sí y me apuntan a mí, como diciendo “¿Qué está pasando aquí?” Entonces les grito en voz alta: “Volvamos. ¡Volvamos a casa!”. Y ellos me entienden perfectamente.

Regreso a la vivienda, todo lo rápido que puedo con mis perros detrás. Entro a la cocina y miro el reloj. Han pasado unos minutos de las nueve y media de la mañana y doy un último llamado, con mis lágrimas cayendo por mi cara:

—¡Evelynnn, Evelynnnnn…! ¿Mi niña, dónde estás? ¡Contesta, hija!

Hay un silencio profundo en mi casa. Desolador. Abatido, me siento desfallecer. No puedo demorar más la situación. ¿Cuánto voy a soportar la agonía?

—¿Hola…? ¿Central de Policía?”

CAPÍTULO 2
La desaparición de Evelyn

Pueblo de Santa Lucía, México.

Viernes 20 de mayo de 2011, después del mediodía…

A muchos kilómetros de distancia del Campo “La Preciosa” dos individuos discutían acalorados, continuando una conversación iniciada minutos antes:

—Pero cabrón ¿qué hiciste con la joven? Dímelo de una puñetera vez —le exige alarmado el hombre.

—La dejé dormida. Te lo juro. ¡La dejé dormida y me fui! —le responde su interlocutor.

***

Pueblo de Santa Lucía, México.

Domingo 22 de mayo de 2011, dos días después.

Temprano a la mañana.

En la portada del periódico local de la ciudad se podía leer:

DESAPARECIÓ HIJA DE IMPORTANTE COLONO DE SANTA LUCÍA

Santa Lucía, domingo 22 de mayo de 2011

Según pudo conocerse, el vecino de Santa Lucía, don George Miller, en horas del mediodía llamó a la departamental de policía de nuestra ciudad alertando en referencia a la desaparición de su hija.

Don George, de nacionalidad canadiense, dueño del campo agrícola y tambero “La Preciosa” —bautizado así en honor a su hija—, es un conocido y apreciado colono de nuestro pueblo. En el establecimiento se cultiva maíz y otros granos, además de poseer un tambo lechero de ganado vacuno manejado por su propia familia.

“A mi Evelyn la han secuestrado. Ha desaparecido” fue el mensaje que transmitió a la policía, el viernes 20 antes del mediodía.

Fuentes fidedignas nos informaron que don George continuó con la declaración a la policía local en los siguientes términos:

«Ella, estoy seguro, se levantó a las cuatro de la mañana como todos los días y, cuando me desperté alrededor de las 8:00 horas, no la encontré por ningún lado.

»Revisé mi campo de punta a punta. Y respecto a mi hija, la conozco como a la palma de mi mano. Si se hubiera ido al pueblo, me habría avisado o dejado una nota. No cabe duda de que la han secuestrado. Y lo más inquietante es que aún no he recibido ningún llamado».

Cuando llegó la patrulla al campo “La Preciosa”, don George les relató a los agentes su búsqueda y recorrida en la mañana:

—Hoy me levanté pasadas las 8:00 horas de la mañana, cosa que nunca ocurre. Eso lo juzgué muy extraño y me dio “mala espina”, como decía mi finado padre. Porque mi hija, luego de las 7:00 horas, me despierta todos los días para compartir el desayuno juntos. Y hoy eso no ocurrió. De forma que, muy preocupado, salí corriendo fuera de la casa al edificio de proceso. Encontré el corral lleno de vacas, cuando lo normal es que, después del ordeñe, las pasamos a corrales separados para alimentarse y reponerse para el de la tarde.

»La sala de extracción se veía totalmente vacía, limpia y sin animales —prosiguió el padre de Evelyn—, y con el piso seco. Tuve un pálpito que no me gustaba. Cuando no vi los tres perros jugando por allí, mi preocupación fue creciendo. Escuché sus ladridos y entonces descubrí que estaban encerrados. Pero recuerdo muy bien que la noche anterior los había soltado. Era inaudito que estuvieran encerrados, si siempre quedan sueltos todo el tiempo para cubrirnos y que se mantengan en guardia toda la noche.

»En cuanto fui abrirles, mis perros saltaban de alegría y comenzaron a olfatear un camino interno que lleva directo a un galpón alejado de mi vivienda y por el que también se accede al edificio de ordeñe. Al arribar al galpón, los tres perros enloquecieron; ladraban en la puerta queriendo entrar de cualquier manera.

»Abrí el portón y se abalanzaron al interior, corriendo y ladrando hasta un rincón donde existía un camastro de pasto. Los perros actuaban nerviosos y olfateaban esa esquina de manera inusual. Hacía tiempo que no los había visto tan incitados.

—¿Y qué pasó luego don George? —continuó preguntando un agente, mientras iba anotando las declaraciones en su libreta.

—Por un instante, los perros quedaron unos segundos indecisos, aunque continuaban olfateando el lugar. Pero enérgicamente, volvieron a encontrar otra pista y, rastreando el piso, salieron disparados hacia la salida del galpón. Ya fuera, comenzaron a seguir otro rastro hasta el cerco que limita el campo de maizales, que queda a unos 200 metros del galpón. Hasta allí se acercaron. Iban y venían por el borde, pero no pasaban. No se metían entre los maizales. Cruzaron una zanja de riego, pero hasta ahí alcanzó el rastreo.

»Eso es todo lo que puedo decirles. Estoy desesperado. No sé qué hacer. Mi mujer llegó de un periplo hoy al mediodía y está llorando sin consuelo, al borde de un ataque de nervios, totalmente angustiada. Y a mí no me falta mucho para estar igual.

—Don George, sabemos que es difícil mantener la calma en estos momentos tan complicados, pero le pedimos que lo haga. Nosotros nos ocuparemos de todo. Llamaré por radio a otra patrulla y que se acerque a su campo. Asimismo, nos comunicaremos con el Hospital Zonal requiriendo que envíen una ambulancia y atiendan a su esposa y a usted también.

—Ya hemos dado el aviso a la policía caminera y estatal, exigiendo que se mantengan alertas y muy atentos para que controlen los distintos caminos de acceso y salida de Santa Elena, Santa Lucía y alrededores.

—Mi colega ya está llamando al Juez de turno para ponerlo al tanto de este hecho.

—Gracias Agente por atendernos —le respondió un agradecido y sumamente preocupado don George—. En nombre de mi esposa y mío, le damos las gracias.

—Estamos a su servicio. Cuide a su esposa. Cualquier novedad lo mantendremos informado.

Diez minutos posteriores a retirarse la patrulla, suena nuevamente el teléfono de la policía local:

—Hola, hola, ¿hay alguien ahí?

—Policía de Santa Elena, buenos días. Sí, señor, lo escuchamos. ¿Cuál es la emergencia que grita tanto?

—Disculpe agente, aquí habla don George. ¿Usted fue el que me atendió más temprano y habló conmigo?

—No, fue mi compañero. Aguarde. Eloy, aquí tengo a un tal George que aclara que le tomaste declaración hace un rato. ¿Lo puedes atender ya?

—Sí, pásamelo.

—Hola, don George, aquí de nuevo el sargento Eloy Cifuentes.

—Vea sargento, con la angustia y la desesperación, me olvidé de contarle un detalle.

—Lo escucho. Estoy acomodado para anotar. ¿Dígame qué fue lo que se le pasó por alto?

—Ayer por la tarde, llegó a mi campo un desconocido. Trabaja con la constructora que vino a cotizar una refacción en mi campo y, de emergencia, me pidió “asilo”. No tenía dónde pasar la noche. A regañadientes lo dejé dormir en casa. Y esta mañana cuando despierto, ni sombras de él. Se ha esfumado ese hombre.

»Oficial, ¿usted cree que él puede tener relación con la desaparición de mi hija?

CAPÍTULO 3
¡LÁRGATE, PINCHE JALISCO!

Palacio Negro de Lecumberri, ciudad de México.

Enero de 2011.

Cuatro meses antes de la desaparición de Evelyn.

Mi nombre es Carlos, pero desde siempre todos me conocen por Charly. Estoy recluido en este presidio desde hace un par de años, por culpa de una chusma que me delató, aduciendo que la violé. Para nada. Fue toda una patraña para sacarme de circulación. La cuestión es que estoy encerrado en este maldito Palacio Lecumberri, más viejo que Matusalén. Los días se van sucediendo unos tras otros con igual monotonía. El prisionero aquí no tiene en qué gastar su tiempo. Lo único que se consume es su vida, su presente, la esperanza y desde ya…su futuro.

Tus compañeros, colegas, enemigos, conocidos y hasta los guardias con los que puedes interactuar, todos ellos te ocupan el día, de una u otra forma. Pero la noche es otro cantar. Para mí resulta un infierno. Cuando estás en tu celda íntegramente solo, tu mente y tú, ninguno que te hable o te haga compañía, ninguna interrupción, silencio lúgubre, es, en esos momentos, cuando la psiquis es tu reina absoluta, integral. Ella maneja todo tu cuerpo y tu alma. No hay forma de domarla. Y eso no lo he podido superar.

¿Pensamientos? ¿Sueños? ¿Referentes a qué? Cuando se hace la noche recluido en este podrido lugar, te encuentras a solas contigo. Y más en mi caso. No tengo ningún recuerdo agradable en el que pensar, que añorar. Sin que una sola evocación me devuelva y reviva aquellos momentos felices de mi niñez, con algún hecho en que aferrarme. En absoluto. Nada de nada. Es entonces cuando pienso que mi pasado está muerto. Mi pasado fue un infierno.

Debo ver por encima de los muros que me rodean. Por detrás de ellos, está la vida que algún día volveré a tener, o a intentar vivir. Debo elevar mi espíritu. Ver por lo alto de la ventana de mi celda cómo las aves vuelan en libertad. En eso debo pensar. En dedicarme a vivir, a no pensar en morir.

Ya me lo ha dicho un güey hace unos años: debo ver más alto que las nubes y no olvidarme que más arriba siempre está el sol. Y mi mente debe enfocarse en pensar en eso, en el mañana, en el futuro. No debo permitir que mi cerebro me domine o me arrastre a las profundidades oscuras de mi pasado.

Esta es una vida miserable. En la prisión la vida es un horror. Aquí los seres humanos son tratados como bestias. Y en eso nos convertimos nosotros, porque luchamos unos contra otros para subsistir. ¿Pero de qué? Nos estamos matando entre nosotros. Eso es lo que en el fondo ellos quieren: menos presos, para dar cabida a los nuevos que pronto vendrán, como una línea de producción de autos. Dejan el hueco en la línea y surge el de atrás. Aquí se van los presos e ingresan los siguientes. Jamás se acaba. La rueda se mantiene girando sin detenerse. Solo que aquí es un esquema diferente. Aquí es la destrucción de la persona, no la construcción. El sistema fue diseñado y programado así. Tú no debes preocuparte, todo lo han pensado por ti. Aquí es donde te llevan al límite emocional y de resistencia anímica, más de lo que una persona puede soportar, hasta que explotas.

Revientas de alguna manera. Te ahorcas, te envenenas, intentas escapar y te hacen colador, o te haces acuchillar por otro preso. Cualquier excusa resulta válida, cuando te sientes acorralado y tu ánimo a punto de extinguirse. Te sientes que no puedes alcanzar un futuro cercano y viable.

Tu cerebro se seca, de tanto pensar en cómo salir de este infierno en el que te han metido. O el que tú mismo te lo has buscado. O tal vez un soplón hizo que te capturaran. Lo mismo da. Estás encerrado y bien podrido.

Entonces, cuando estás hundido y absolutamente sin ninguna esperanza. Cuando posees menos ánimo y sueños que un mosquito, y tu desesperación rompió todos los termómetros, te llega el fin. Ahí es cuando te sientes devastado y, en la desesperación, te resignas a que la única manera posible de evadirte es acostado panza arriba y con los pies para adelante en un camión de la morgue.

Tirado en el camastro de mi celda y luego de tanto cavilar un largo rato, el sueño me venció. Por suerte mi espíritu me liberó. Fue como si me hubiera dicho “duérmete si quieres, pero recuerda que aquí soy tu amo y señor. Yo manejo la llave de tu cuerpo y alma. Y te dormirás cuando yo lo decida…” Y entonces, finalmente, me dormí.

Al día siguiente…

Otro día para sobrevivir. Un nuevo día para restar en tu vida, metido en este agujero gigante, rodeado por mil “ratas”, más o menos semejantes a ti. El sistema te empareja. Siempre te nivela, pero hacia abajo.

Anoche me acordaba de Jordi que, justamente por estos días, hace once meses, había cumplido su pena. Fue el 4 de febrero de 2010. Recuerdo perfectamente ese día. Antes de irse, me vino a saludar y nos dimos un abrazo de despedida. Sin que me diera cuenta, y jugándose la vida, me dejó un estuche en el bolsillo trasero de mi mameluco. Cuando estuve solo en mi celda, lo descubrí. Me obsequió una navaja Wenger plegable. Una maravilla.

Ahora que ya se ha ido, de verdad lo extraño. Le agradezco todo lo que me ayudó. Lo valoro más ahora que no está para apoyarme o darme consejos que me hacían tanto bien. Pero, por otra parte, me llama la atención no haber tenido noticias suyas en todo este tiempo. Muy raro, luego de lo que me había prometido.

Arranqué mi día y me dirigí al edificio para desayunar. Hicimos la cola en el patio. Pasaron revista de asistencia y en fila india pudimos acceder al comedor de nuestro bloque donde convivimos al menos 150 presos. Desde hace varios años, comparto el asiento con Jalisco. Cuando nos sentamos a comer, siempre intentamos estar juntos para hablar despejados y, fundamentalmente, cuidarnos las espaldas.

—Oye güey, hace años que me quemo la cabeza en encontrar formas de escaparme de aquí, pero no las encuentro. Esto es una fortaleza. El Palacio Lecumberri es infranqueable. No hallo una vía de escape factible.

—¡Claro, Charly! Pues solo si fueras Superman. De esa manera te podrías escapar y saltar por encima de los muros. Estaría bueno, ¿no?—Espera, creo que lo tengo. Cierra los ojos e imagina —me habla Jalisco, en tanto desayunamos—. Te cuento mi idea perfecta: podría juntar a los cuates para hacerte la despedida. Una tarde de estas, te plantas en el Patio de la Fuente. Es más, te subes a ella, te metes la capa bermellón de Superman, te agachas, levantas las manos, tomas envión hacia arriba y… saz… ¡te vuelas! Y todos los cabrones alrededor de la fuente aplaudimos y nos reímos como locos, viendo cómo te elevas por los aires. Y todos advertimos que, desde la ventana, el Capitán nos está contemplando con sus ojos fuera de órbita, sin dar crédito a lo que él termina de ver. ¿Te imaginas? Yo me colgaría de tu cuello y nos escaparíamos los dos juntos. ¿No es cierto, Charly? Sería fantástico cabroncito —termina de delirar Jalisco.

—Estás leyendo muchas revistas de historietas, güey. Eso solo pasa en las películas de Hollywood.

—Ja, ja, pero estaría bueno, ¿no? Evaporarnos frente a las narices del Capitán. Se pondría loco; empezaría a llamar a todos los guardias, gritándoles: “corran, corran y prendan las sirenas”. Pero ya nos habríamos elevado como a 200 metros de altura y yo enganchado a ti les gritaría desde arriba: “sigan, sigan corriendo pendejos, que jamás nos alcanzarán”. Tú me abrazarías y me llevarías volando, y te bajarías conmigo en un campo a cinco kilómetros de aquí. ¡Somos libres, güey! ¡Libres! Ja, ja.

—Sí, güey, el único conflicto es que no soy Superman. Pídele a Clark Kent que baje a tierra y pregúntale dónde escondió la Kryptonita. Así le pido que me preste unos gramos y me convierto en el súper héroe de la capa.

»Mejor regresemos a tierra, Jalisco, que estamos sonados. Se nos acabó la hora del desayuno, güey. Salgamos que nos están llamando para formar fila otra vez.

***

Presidio de Lecumberri, febrero de 2011.

Dos semanas después, en el “Palacio Negro”

—Charly, te tengo una buena para alegrarte el día.

—Jalisco, ahora no. Olvídalo. Hoy me levanté con un ánimo de perros.

—Al menos escúchame unos minutos y luego me voy.

—¡Ándale, güey!

—Charly, me acabo de enterar que van a comenzar la remodelación de un sector arruinado que queda en el primer piso frente al patio once. Es en el otro bloque.

—¿Y qué quieres, chavo, que me postule a director de obras?

—No, güey, están seleccionando gente para trabajar en la reconstrucción. Pero gratis.

—¿Gratis? Vas mal. ¿Comiste carbón de las minas de Chihuahua? Peor que peor. ¿Y esa es la buena noticia? Lárgate, pinche Jalisco, y no me jodas.

—Espera, Charly. Déjame que te explique, güey. Los chimentos dicen que los que sean elegidos tendrán cierta compensación, que nadie sabe aún cuál sería. Pero dicen que el Capitán estará como máximo responsable de la obra de remodelación. Quieren desarrollar un salón de juegos, biblioteca y usos múltiples. Me dijeron que ese bloque ofrece muy poco para “distraernos”. Comentan que este nuevo edificio será para que “todos los cuates que estamos aquí disfrutemos un mejor clima”. Textuales palabras de mi informante.

—¿Y? Todavía no me convences. ¿Qué pito vengo a hacer yo en todo esto?

—Pues que va a haber mucho jaleo, movimiento de gente de la empresa constructora, camiones, materiales, etc., etc. Ah, me olvidé de decirte que habrá una empresa contratista encargada de la remodelación. Los presos que elijan solo serán ayudantes. La responsabilidad será de la empresa.

—Podremos conocer gente nueva —continúa Jalisco pretendiendo convencer a Charly—, chavos de otros bloques del Palacio. Ocuparemos nuestro tiempo en algo y podremos platicar con los otros “compas” que trabajen con nosotros. ¿Cómo lo ves? Es una oportunidad, como hace rato no teníamos. Al menos, rompe la monotonía tediosa que soportamos todos los días. Conoceremos a otros chavos del presidio y podremos trazar algún plan. Nunca se sabe. Todo es posible.

—En eso debo reconocer que estás en lo cierto. Pero ¿no te acuerdas? Hace unos años atrás, cuando remodelaron el baño de nuestro sector, teníamos de custodia como cuatro guardias por preso. No podías ni levantar la mano para rascarte el culo, que le tenías que pedir permiso de lo que coño ibas a hacer un segundo después.

—Bueno Charly, pero han pasado varios años. Estamos en otra época, tenemos nuevo Capitán y los guardias son otros. Tal vez sea distinto.

—Aquí las reglas son siempre las mismas, menso. Están escritas desde hace décadas y siempre las perfeccionan. Eso creo yo.

—No te olvides que tenemos los mismos portones de siempre: de seis metros de altura. Cien mil cámaras que te filman hasta cuando cagas. Pinche güey, te lo repito, no hay forma de tramar nada aquí. Esto es una fortaleza infranqueable.

»¿O te olvidas que los portones están llenos de guardias y francotiradores que nos vigilan las 24 horas? Si evitaste y burlaste todo lo demás, ellos te pescarán y te harán papilla. Si intentas escaparte, tu cuerpo quedará perforado con más agujeros que una red de pesca.

—A la mierda, Jalisco, ándate que no me convences. Disculpa, güey, que te arruiné tu idea. Siempre estás pensando en los dos, lo cual sé reconocerte. Gracias. Pero cuanto más lo pienso, te pregunto ¿cuál era la gran noticia que me traías para alegrarme el día?

—Discúlpame, Charly, tal vez tengas razón. Pero por un momento me había ilusionado y quise compartirlo contigo. ¿O acaso no somos como hermanos?

—Sin ninguna duda. Discúlpame. Te contesté para la mierda. Es que hoy veo todo negro. Mi ánimo está de lo más oscuro, compa. Lo siento.

—Ok, Charly. Pero, dime ¿qué hacemos aquí mientras? Nos la pasamos maldiciendo todo el día; que no tenemos nada para hacer; que estamos aburridos como ostras; bla, bla, bla. Pues bueno, al menos es un acontecimiento distinto que podríamos intentar, para cambiar de aire y de rutina. No se me ocurren otros argumentos para intentar convencerte. No te enojes, chavo.

—No… ¡espera, güey! En eso estás acertado. Son los estados de ánimo que a veces no te hacen pensar con sentido común. Pero si lo veo por ese lado, creo que estás en lo cierto. Un cambio nos despejaría por un tiempo. Aquí me siento como una estatua en medio del desierto, universalmente al pedo. Tal vez determinada acción, y otro ambiente rodeados de distintos chavos, nos inspiren ideas. Podríamos probar a ver qué pasa. Déjamelo pensar.

—Es un hecho entonces, güey. Así me gusta ese carácter, Charly. Intentémoslo. Tal vez el Capitán nos regale un presente, un pequeño sueldo para nuestros gastos.

—Sí, y una travesía por Europa con todos los gastos pagos.

—Bueno, eso no, Charly, pero quién te dice... Vamos a conocer a otros mensos y siempre existe la posibilidad de concebir algún negocio o trato con ellos. Es bueno tejer relaciones. Uno no sabe cuándo las va a necesitar.

—Dame plazo para analizarlo. De todas maneras, no me hago ilusiones, porque primero hay que postularse y luego ganar, ¿no? Habrá cientos de chavos que tal vez estén pensando o tramando ideas similares a las nuestras —conjetura Charly—¿No lo crees?

—Es cierto lo que dices. Me enteré relativamente tarde de esta chamba, pero creo que igualmente tendremos ciertas posibilidades. Mañana, a las 13:00 horas, termina el plazo. Los postulantes deben escribir su nombre y número de preso en unos cartoncitos y meterlos en la urna que colocarán en los comedores. En total, según mi informante, elegirán treinta fulanos; diez de cada bloque. Y el nuestro podría ser uno de los favorecidos. Además, el sorteo se puede arreglar. Tengo algunos “botones” donde apretar, para que se abra el cofre de la suerte.

»Yo lo tengo decidido, Charly, y me voy a anotar. Mañana meteré ni nombre en la urna.

—¿Y cuánto durará la obra?

—Estiman tres meses, si no llueve y no encuentran problemas en la estructura del “castillo”.

—¿Sabes qué? Ahora que lo mencionas y me lo pienso mejor, esto puede resultar interesante. Se me está despertando una que otra neurona dormida. En el transcurso de tres meses, podré conocer gente con la que tal vez podamos “preparar” algo… tal vez, tal vez… Justo me recuerdo una frase de Jordi: “no te des por vencido, ni aún vencido. Siempre existe una oportunidad. Todo depende de ti, de tu actitud. Piensa en positivo, y no renuncies”. Eso me decía.

»Déjamelo meditar esta noche, Jalisco, y mañana, un rato antes del almuerzo, te respondo.

—Bueno, Charly, pero anticípame algo: ¿te anotas o no, güey?