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Créditos

Título original: Birdman

Edición en formato digital: octubre de 2013

En cubierta: © Visuals Unlimited, Inc. /Fabio Pupin / Getty Images

© Mo Hayder, 1999

© De la traducción, Javier Sánchez García-Gutiérrez, 2013

© Ediciones Siruela, S. A., 2013

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

28010 Madrid

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-15937-63-0

Conversión a formato digital: El poeta (edición digital) S. L.

www.siruela.com

48

En Shrivemoor estaban organizando las investigaciones entre el vecindario. El centro de coordinación olía a café, camisas recién lavadas y loción de afeitar. Kryotos y Essex estaban con Maddox en el despacho del superintendente jefe cuando Jack llegó con el pelo mojado y el traje arrugado. Sin prestar atención a sus miradas, cogió un callejero de su mesa y abrió la página correspondiente a Lewisham. Tenía la respuesta tan cerca, tan próxima, que casi podía sentirla. Solo necesitaba buscar en la dirección correcta.

Anotó con rapidez cinco nombres. Los de las calles que estaban en un radio de cien metros desde las obras de Brazil Street.

–Marilyn –dijo levantándose de la silla y mostrándole el papel–, mete esto en HOLMES y pásame los resultados...

Se detuvo.

El fax de St. Dunstan estaba aún en el escritorio desde la noche anterior, con la primera página doblada. Los de la letra B.

Bastin, Beale, Bennet, Berghassian, Bingham, Bliss, Bowman, Boyle.

–¿Jack?

Pero la expresión de Jack había cambiado. Tenía la mirada clavada en la dirección que aparecía bajo el nombre de Malcolm Bliss.

34 A Brazil Street.

El rostro de la pintura, los dientes estropeados. Las quejas de Bliss por las obras de construcción la primera vez que lo vio en St. Dunstan. ¡Dios santo!

–Jack. ¿Estás aquí?

Alzó la vista. Maddox, Essex y Kryotos le miraban fijamente.

–¿Estás aquí o qué?

–Sí, sí, yo...

–Te estaba diciendo que podrías encargarte hoy de coordinar las investigaciones entre los vecinos.

Maddox cruzó los brazos.

–Prepara un cuestionario rápido con Marilyn.

–No.

Jack arrancó la página del fax y se la guardó en el bolsillo.

–Necesito que alguien del Grupo me acompañe.

Maddox suspiró.

–Está bien, llévate a quien quieras.

Señaló con la barbilla a Essex.

–Él mismo, supongo.

Bliss tiró de ella hacia el pasaplatos por encima del escurridor haciendo que Rebecca se golpeara la cadera contra la pila del fregadero. Una tetera cayó al suelo con estrépito y el té frío le salpicó las piernas.

–PERO ¿QUÉ...?

–Cállate –dijo en voz baja–. Cierra la boca y no grites.

Sus manos calientes le agarraban el brazo con fuerza. –¿QUÉ COÑO ESTÁS HACIENDO?

–He dicho que te calles.

Y luego sintió la cinta –aquella cinta de embalar, aquella maldita cinta que ella le había ayudado a despegar– rodeándole la muñeca. Lanzó todo su peso contra el fregadero y metió el otro brazo como un ariete por el ventanuco. Buscó sus manos y las encontró. Las golpeó y las arañó, pero él ni se inmutó.

Es fuerte. El pequeño cabrón tiene fuerza. ¿Quién lo diría? Y te tiene atrapada...

Vio sus ojos rosáceos muy cerca de los suyos y sintió cómo sus manos intentaban pegarle un trozo de cinta sobre la boca.

–¡No!

Retiró la cabeza de golpe, pero la cinta se había adherido ligeramente. De repente Bliss desapareció por el pasillo.

Dios santo. Hizo un esfuerzo y agitó la mano con violencia. La cinta se contrajó y se clavó aún más en la muñeca. ¿Qué coño está haciendo?

Oyó un portazo. Luego el apartamento quedó en silencio.

Inclinada sobre el fregadero, resoplando con fuerza por la nariz, Rebecca entró en un estado de hiperconsciencia, con todos sus sentidos alerta. Se despegó la cinta de la boca, hizo una bola y la tiró a la pila. Se asomó por el ventanuco y, tanteando con la mano libre, descubrió que le había atado la muñeca a una tubería: tenía los dedos doblados y sujetos con la cinta a una cañería de agua. Levantó una rodilla por encima del fregadero y consiguió trepar al escurridor. Los platos entrechocaron en la pila. El aluminio se hundía y volvía a recuperar su forma mientras iba avanzando a gatas hacia el pasaplatos.

–¡JONI! –gritó en dirección al pasillo–. ¡JONI!

Silencio.

–¡JONI!

Silencio.

Rebecca dejó caer la cabeza con la respiración entrecortada.

Bueno, cálmate y piensa. ¿A qué está jugando este pedazo de gilipollas? ¿Qué coño se cree que está haciendo?

De pronto le vino un pensamiento, lúcido y frío, que le cortó la respiración.

Dios santo, no...

Se quedó helada, arrodillada sobre el escurridor con la ropa mojada, los ojos abiertos y las rodillas doloridas, sin respirar durante unos segundos y oyendo solo el latido de su corazón.

No seas ridícula, Becky, no es él, no puede ser él.

¿Y por qué no? Seguro que Joni no está aquí. Te mintió. Te mintió para que entraras en su casa.

Pero ¿Malcolm?

¿Y por qué no Malcolm?

Y entonces sintió que la adrenalina incandescente le recorría el cuerpo y la sacaba del estupor. Tras coger aire con fuerza empezó a retorcer la mano de manera frenética para tratar de arrancar la cinta. Estaba dispuesta a perder el brazo antes de seguir allí atrapada.

Tú, la chica dura y espabilada –¡MALDITA IDIOTA!–, tú sola te has metido en este lío.

–Estate quieta –oyó que le susurraba al oído–. Mantén la jodida boca cerrada o utilizaré esto.

El inspector Basset estaba sentado detrás de su escritorio con las piernas estiradas, la silla reclinada y las manos cruzadas ligeramente sobre el estómago. Llevaba allí más de una hora, mirando por la ventana y viendo cómo la gente compraba en Royal Hill mientras se sacaba la suciedad de las uñas con la punta de un clip. Pensaba en Susan Lister y su marido. Esa mañana el superintendente jefe le había insistido en la necesidad de colaborar más estrechamente con la AMIP.

El teléfono del escritorio sonó.

–Inspector Basset, CID.

–Por favor... Por favor, haga algo, oficial. Ya no puedo más. Ahora están gritando y voceando. No son imaginaciones mías.

Basset dejó caer la silla hacia delante.

–¿Hola? ¿Quién es?

–Soy Violeta, Violeta Frobisher.

Rebecca se dio la vuelta jadeando, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes.

Bliss estaba a cierta distancia –fuera de su alcance– con el dedo apoyado sobre sus labios hinchados. Se abrió la chaqueta y, apartando la vista, como si lo que iba a mostrarle fuera tan indiscreto que no se atreviera a mirarlo, señaló con un dedo hacia su vientre. Allí, remetida bajo la pretina de sus pantalones, apoyada como un niño contra su estómago, había una sierra eléctrica inalámbrica de color azul oscuro.

La acarició con delicadeza, suspirando como si fuera parte de su propia carne.

–Me acuerdo de tu clítoris, Pinky. He visto tu botoncito rosa.

–Ni se te ocurra acercarte –dijo Rebecca retrocediendo. El grifo se le clavaba en la columna vertebral y el agua le goteaba por la espalda.

–Si te portas bien y estás callada, luego te chuparé el clítoris.

Entre los dientes en forma de clavija se veía su bulbosa lengua húmeda. Como un gato relamiéndose al oler el rastro de una hembra. Levantó una mano y la estiró, se la puso sobre la boca, sacó la lengua hasta mostrar la raíz y se chupó la palma desde la muñeca hasta la base de los dedos.

–¡Qué rico! El pequeño clítoris rosado. ¿Te gustaría?

Sonrió, saboreando sus palabras.

–El clítoris de Pinky. El delicioso y pequeño clítoris de Pinky...

–¡Que te jodan! –exclamó agitando la mano con desesperación–. ¡Que te jodan!

–¡No! –replicó dando un fuerte manotazo en el escurridor–. ¡Que te jodan a ti! ¡Zorra!

Sacó la sierra de la pretina y se la puso junto a la cara.

–¡Maldita zorra!

Rebecca se echó hacia atrás y retorció la mano de un modo frenético. La cinta se estiró y se rompió. Estaba libre. El esfuerzo hizo que se desplomara desde el fregadero, con Bliss a su lado como si fuera su sombra. Ni siquiera había tenido tiempo de recuperar el equilibrio cuando sintió el duro mango de la sierra chocar con fuerza contra su nuca.

Caffery redujo la velocidad del Jaguar y avanzó lentamente por Brazil Street.

10, 12, 14.

Pasó por delante de la verja de las obras de la escuela. La lluvia había cesado y la excavadora recorría los surcos arriba y abajo.

28, 30, 32, 34.

34.

Había doble acristalamiento y la fachada mostraba un enlucido de piedras finas. En las ventanas del piso superior colgaban unos visillos grisáceos. La parte delantera no tenía césped, se había ampliado la entrada de coches y en uno de los lados había sido añadido un cobertizo muy feo. Estaba vacío.

–Lo conozco –dijo Essex mientras pasaban lentamente por delante de un coche. Era un Rover verde botella, aparcado en el paso de entrada, medio oculto por un muro bajo de ladrillo. Un hombre alto de pelo cano con un traje gris salió del coche, miró al cobertizo y se ajustó el nudo de la corbata. Caffery detuvo el Jaguar junto al bordillo.

–Es el inspector Basset. Del CID de Greenwich. Vamos.

Regresaron a toda prisa por la calle, poniéndose las chaquetas, y se detuvieron en la entrada de coches de la casa de al lado, fuera del campo visual de las ventanas de la planta baja. Al ver a Essex haciendo gestos desde el jardín delantero de la casa contigua, Basset se quedó perplejo. Y después se alarmó.

Se les acercó con rapidez.

–Por Cristo bendito –dijo con voz queda–, no estaré metiéndome en asuntos ajenos, ¿verdad? Debería haberos avisado, pero me dio la impresión de que no ibais a venir y esa mujer me estaba volviendo loco por teléfono...

–No vayas tan deprisa –murmuró Caffery tirándole de la manga y llevándolo detrás de la valla–. ¿De qué estás hablando?

–De Frobisher, la señora de la que os hablé.

Caffery y Essex se miraron.

–¿La señora de la que nos hablaste?

–Sí, ya sabéis, la del vecino.

–He perdido el hilo –musitó Essex.

–Os llamé. ¿No os acordáis? Le dejé un mensaje a un inspector, le dije que deberíais comprobarlo. Como no tuve noticias supuse...

Cambió de postura, desconcertado, y dirigió la vista primero a Caffery, después a Essex y luego otra vez a Caffery.

–Bien. Regla número uno: nunca supongas. De lo cual deduzco que no sabéis nada sobre la señora Frobisher y su vecino. Ni tampoco de los olores ni del congelador que gotea.

Se puso de puntillas y lanzó una mirada por encima de la valla.

–Y mucho menos de los pájaros muertos en el cubo de la basura o de los gritos que ha oído hace un rato en el apartamento.

Caffery cerró los ojos y se llevó una mano a la cabeza.

–Tenemos un sospechoso en el treinta y cuatro A. Es decir, en esa casa.

–Frobisher vive en el treinta y cuatro B. Es la vecina de arriba.

–Y le dijiste a nuestro inspector... ¿Cuándo?

–Hace una semana más o menos. Cuando la prensa contó todo lo del asunto Harteveld.

–¡Joder! –exclamó Caffery mirando a Essex, que estaba con la cabeza gacha.

–Diamond –dijo.

–El mismo –afirmó Caffery suspirando–. De acuerdo.

Estiró la espalda y añadió:

–¿Qué tenemos? ¿Has hablado con alguien de ahí dentro?

–No hay nadie dentro.

–¿Has entrado?

–No, la señora Frobisher llamó hace unos veinte minutos, fuera de sus casillas, y dijo que había oído gritos. La pobre vieja estaba muy asustada. No quería molestarnos otra vez porque creía,

–... que nos estábamos ocupando de ello, ¿no?

–Sí –contestó Basset avergonzado–. Joder, al jefe le va a encantar todo esto.

–Lo siento.

–Qué se le va a hacer. Qué se le va a hacer.

Se oyó un ruido en la casa. Basset rodeó la valla medianera y les hizo un gesto para que le siguieran. La puerta delantera se había abierto y la señora Frobisher estaba en el umbral, con una bata azul acolchada y unas pantuflas de hombre. Un gato pardo se restregaba contra sus tobillos.

–Señora Frobisher –dijo Basset acercándose con la mano extendida–. Encantado de saludarla.

Al ver la mano se limitó a parpadear por un instante. Luego le dio la suya y miró a Caffery y a Essex por encima del hombro.

–Perdón, le presento a mis colegas. El inspector Caffery y el sargento Essex.

Inclinó la cabeza hacia los dos hombres de gesto adusto.

–Estaba haciendo un poco de té.

–Muy bien –dijo Essex entrando en la casa.

El piso estaba limpio pero desordenado, había revistas apiladas en los rincones y se notaba un cierto olor a comida por debajo del perfume a pino del ambientador. Los hombres se sentaron en un saloncito anejo a la cocina, en unos sillones de tapicería gastada, y contemplaron la anárquica colección de objetos ornamentales de la señora Frosbisher: muñecos de peluche, una selección de tazas de estaciones de servicio, fotos de Gregory Peck recortadas de revistas y montadas en marcos plateados.

Entre tanto, en la cocina, la señora Frobisher hablaba sola mientras emparejaba unas tazas con un dibujo de geranios azules con unos platitos a rayas. Cogió una cubretetera de ganchillo rosa y abrió un paquete de galletas de crema.

–Fue ayer por la tarde, alrededor de las cuatro, porque acababa de hacerme una taza de té y estaba viendo Judge Judy, el programa ese de la juez americana –dijo apoyando la bandeja. El gato estaba debajo de la mesa, con las zarpas juntas y los ojos cerrados con satisfacción–. Llamé a Tippy, que estaba con su plato de leche, y en ese momento oí un alboroto. Ese hombre estaba afuera, acompañado de una joven.

–¿Cómo era? La joven, quiero decir.

–A mí me parecen todas iguales. Rubia. Con la falda corta, por aquí. Estaba muy achispada y no hacía más que dar traspiés. Debió de sentirse mal y él tuvo que llevarla en brazos hasta la casa. Y después de eso no volví a verle el pelo. No pensé más en ello. Hasta esta mañana, cuando de repente la oí gritar –dijo mientras la taza de té temblequeaba en su mano–. Un grito como ese te hiela la sangre.

–¿Tiene la llave del piso de abajo?

–Oh, no. No soy yo quien se lo alquila. Pero...

–¿Sí?

–He visto que se ha dejado una ventana abierta. Cuando salió llevaba una prisa tremenda.

–¿Tiene idea de adónde iba?

–Sé que tiene otra casa. En el campo, creo. Quizás haya ido allí, porque se fue en coche.

Miró al inspector Basset.

–Usted dijo que me fijara en la marca del coche.

–¿Y lo hizo?

Asintió con la cabeza.

–Un Peugeot. Cómo no iba a saberlo si mi nuera tiene uno igual.

Essex entró por la ventana mientras Caffery esperaba fuera, en el cobertizo, pensando en lo fácil que era, en un sitio tan resguardado como ese, meter un coche marcha atrás, abrir el maletero y,

–Jack –dijo Essex abriendo la puerta. Estaba lívido–. Es él. Lo hemos encontrado.

EL CASO BIRDMAN

1

Al norte de Greenwich. Finales de mayo. Tres horas antes del amanecer y el río aparecía desierto. Las gabarras renegridas tensaban sus amarras en la corriente y la marea viva liberaba suavemente las pequeñas balandras del fango en el que descansaban. Del agua surgía una bruma que avanzaba hacia el interior, entre almacenes a oscuras y sobre el abandonado Millennium Dome, atravesando páramos solitarios y extraños paisajes de aspecto lunar hasta disiparse entre la maquinaria fantasmal de un depósito de áridos medio en ruinas situado a unos cuatrocientos metros tierra adentro.

Un repentino barrido de faros: un coche de policía entraba en la vía de servicio lanzando silenciosos destellos azules. Momentos después se le unieron un segundo y un tercer coche. Durante los veinte minutos siguientes continuó llegando más policía: ocho coches patrulla, dos Ford Sierra camuflados y la furgoneta Ford Transit blanca del equipo de fotografía forense. Se estableció un control de seguridad al principio de la vía de servicio y se ordenó a los agentes uniformados que cerraran el acceso desde el río. El primer oficial del CID en llegar al lugar se puso en contacto con la centralita de Croydon para solicitar los números de los busca de los miembros de la AMIP, unidad de la policía metropolitana del Gran Londres, formada por investigadores expertos, encargada de prestar ayuda a los detectives del CID en las pesquisas de los delitos importantes. A unos ocho kilómetros, el inspector Jack Caffery, asignado al Grupo B de la AMIP, despertó en su cama.

Caffery permaneció tumbado, parpadeando en la oscuridad, mientras ordenaba sus pensamientos y combatía el impulso de darse la vuelta y volverse a dormir. Tras una profunda inspiración, hizo el esfuerzo de salir de la cama, se dirigió al baño para echarse agua en la cara –no más Glenmorangies durante la semana de guardia, Jack, júralo, júralo ahora– y se vistió, sin muchas prisas: mejor llegar completamente despierto y sereno, ahora la corbata, un detalle subestimado –a los del CID no les gusta que llamemos la atención más que ellos–, el busca, y café, cantidad de café instantáneo, con azúcar pero sin leche, nada de leche –y sobre todo no comas, nunca se sabe lo que te vas a encontrar–. Se tomó dos tazas de café, cogió las llaves del coche del bolsillo de los vaqueros y, espabilado por la cafeína, con un cigarrillo liado entre los dientes, condujo por las desiertas calles de Greenwich hasta la escena del crimen. Allí su superior, el superintendente Steve Maddox, un tipo de baja estatura y prematuramente cano, impecable como siempre con un traje color pardo, le esperaba fuera del depósito, caminando de acá para allá bajo una farola solitaria mientras jugueteaba con las llaves del coche y se mordía el labio.

Maddox vio el coche de Jack detenerse, se acercó a él y, apoyando un codo en el techo, se inclinó para asomarse a la ventanilla:

–Espero que no hayas comido nada –advirtió.

Caffery tiró del freno de mano y cogió papel de liar y tabaco del salpicadero.

–Estupendo. Precisamente lo que esperaba oír.

–Este ha rebasado con mucho la fecha de caducidad –añadió Maddox mientras retrocedía y Jack salía del coche–. Mujer, enterrada parcialmente. Justo en medio del descampado.

–¿La has visto?

–No, no. Me han puesto al día los del CID de la zona –contestó. Lanzó una mirada por encima del hombro hacia donde los oficiales del CID formaban un corrillo. Después dijo en voz baja–: Le hicieron la autopsia. La clásica cremallera en forma de Y.

Jack se detuvo y apoyó la mano en la puerta del coche.

–¿La autopsia?

–Sí.

–Entonces probablemente haya desaparecido de un laboratorio de patología.

–Ya...

–Una travesura de un estudiante de medicina...

–Ya sé, ya sé –le interrumpió Maddox con las manos levantadas–. En realidad no es nuestro terreno, pero mira.

Lanzó una nueva ojeada por encima del hombro y se le acercó.

–Ten en cuenta que los del CID de Greenwich suelen tratarnos bien. Démosles gusto. No pasa nada por echar un vistazo rápido a la carnicería. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

–Bien –prosiguió Maddox, enderezándose–. Y tú, ¿cómo andas? ¿Crees que estás listo?

–Pues no, joder –replicó Caffery. Cerró la puerta del coche de un portazo, sacó su placa del bolsillo y, encogiéndose de hombros, añadió–: Es evidente que no estoy listo. Y no sé si alguna vez lo estaré.

Siguieron la valla que rodeaba el recinto y se dirigieron hacia la entrada. La única luz existente era la de las bombillas de sodio de las farolas dispersas, amarillenta y mortecina, y la del flash de la cámara del equipo forense que a veces inundaba el descampado con su blanco destello. A kilómetro y medio hacia el norte, sobre la línea del horizonte, se erguía la luminosa cúpula del Millennium con sus balizas rojas para la seguridad aérea parpadeando bajo las estrellas.

–Estaba metida en una bolsa de basura o algo así. Pero está tan oscuro ahí fuera que el primer oficial que la vio no lo puede asegurar: al ser la primera vez que se encontraba en circunstancias semejantes debió de llevarse un susto de muerte –explicó Maddox. Entonces hizo un gesto con la cabeza hacia un grupo de coches y añadió–: El Mercedes. ¿Ves el Mercedes?

–Sí –contestó Caffery sin romper el paso.

Un tipo de aspecto corpulento, encorvado en el asiento delantero con un abrigo de pelo de camello, hablaba con determinación con un oficial del CID.

–Es el propietario. Por aquí hay mucho puterío por el asunto del Millennium. Dice que contrató una cuadrilla la semana pasada para limpiar un poco el lugar. Con tanta maquinaria pesada es probable que removieran la tumba sin darse cuenta. Luego a la una...

Llegaron al control, Maddox hizo una pausa, y ambos mostraron sus placas al agente de servicio, se identificaron y agacharon la cabeza para pasar por debajo de la cinta que delimitaba la escena del crimen.

–Luego a la una de esta madrugada –continuó–, tres tipos que andaban por aquí haciendo algo poco sano con una lata de cola adhesiva Evostik se tropezaron con el cadáver. Están en la comisaría. La coordinadora de la escena del crimen nos dará más detalles. Ya ha estado ahí dentro.

La sargento Fionna Quinn, enviada por Scotland Yard, les esperaba en una zona iluminada junto a una caseta prefabricada, como si fuera un fantasma con su mono blanco Tyvek. Cuando se acercaron se retiró la capucha con gesto serio.

Maddox hizo las presentaciones.

–Jack, esta es la sargento Quinn. Mi nuevo inspector, Jack Caffery.

Caffery se aproximó con la mano extendida.

–Encantado de conocerla.

–Lo mismo digo, señor –contestó. Se quitó un guante de látex y, estrechando la mano de Caffery, añadió–: Su primer caso, ¿verdad?

–En la AMIP, sí.

–Bien. Ojalá tuviera algo más agradable para usted. Ahí dentro las cosas no son nada bonitas. Nada en absoluto. Le partieron el cráneo con algo, maquinaria probablemente. Está boca arriba –dijo echándose hacia atrás, con los brazos extendidos y la boca abierta, a modo de explicación. En la penumbra Caffery vio el brillo de algunos empastes–. De cintura para abajo está enterrada bajo hormigón prefabricado. Parece el bordillo de una acera o algo así.

–¿Lleva mucho tiempo? –preguntó Maddox.

–No, no. A simple vista –dijo poniéndose de nuevo el guante y entregándole una mascarilla de algodón–, menos de una semana; pero es demasiado tiempo para que merezca la pena meter prisa a un especialista. Creo que debería esperar hasta que amanezca para sacar al patólogo de la cama. Podrá darle más información cuando la tenga en la mesa de autopsias y haya analizado la posible actividad de insectos. Está semienterrada, medio envuelta en una bolsa de basura: eso podría ser importante.

–¿El patólogo? –dijo Caffery–. ¿Está segura de que necesitamos uno? El CID de Greenwich cree que ha habido una autopsia.

–Así es.

–¿Y aun así quiere que la veamos?

–Sí –contestó Quinn sin cambiar el gesto–. Creo que deben verla. No estamos hablando de una autopsia profesional.

Maddox y Caffery intercambiaron una mirada. Hubo un momento de silencio y Jack asintió.

–De acuerdo, de acuerdo entonces –añadió. Carraspeó, cogió los guantes y la mascarilla que Quinn le tendía, y se metió la corbata por dentro de la camisa–. Vamos, pues. Echemos un vistazo.

Aun con los guantes de látex puestos, la vieja costumbre del CID hacía que Caffery caminara con las manos en los bolsillos. De vez en cuando perdía de vista la luz de la linterna forense de la sargento Quinn, lo que le ocasionaba momentos de intranquilidad. El depósito estaba a oscuras: el equipo de fotografía forense había acabado su tarea y estaba en su furgoneta copiando la cinta original. El único foco de luz era el tenue resplandor químico de la cinta fluorescente que la coordinadora había utilizado para señalar los contornos de los objetos encontrados a ambos lados del camino y así protegerlos hasta que el oficial de pruebas de la AMIP llegara, los etiquetara y los metiera en bolsas. Se movían a través de la bruma como espectros inquisitivos, entre sombras de botellas color verde pálido, latas estrujadas y un bulto informe que podría haber sido una camiseta o una toalla. Las cintas transportadoras y las grúas de puente se elevaban en el cielo de la noche más de veinte metros, grises y silenciosas como una montaña rusa fuera de temporada.

Quinn levantó la mano para indicarles que se detuvieran.

–Ahí –dijo a Caffery–. ¿La ve? Está boca arriba.

–¿Dónde?

–¿Ve el bidón de aceite? –preguntó moviendo la luz de la linterna.

–Sí.

–¿Y las dos barras de acero a la derecha?

–Sí.

–Sígalas hacia abajo.

–¡Dios!

–¿Lo ve?

–Sí –contestó Caffery, aguantando el tipo–. Sí, sí, lo veo.

¿Eso? ¿Eso era un cuerpo? Había creído que era una masa expandida, amarilla y brillante como la que lanza un bote de espuma de poliuretano. Entonces vio pelo y dientes, y reconoció un brazo. Por fin, al ladear la cabeza, comprendió lo que estaba viendo.

–¡Oh! ¡Dios santo! –exclamó Maddox sobrecogido–. Venga, que alguien la cubra con una carpa de lona.

2

Cuando el sol salió y disipó la bruma del río, todo el que había visto el cuerpo a la luz del día sabía que aquello no era la travesura de un estudiante de medicina. Harsha Krishnamurthi, patólogo de guardia del Home Office, llegó al lugar y desapareció en el interior de la carpa de lona blanca durante una hora. Reunió al equipo de búsqueda de huellas dactilares para darle instrucciones y, hacia las 12 del mediodía, el cuerpo comenzó a ser extraído de la masa de hormigón.

Caffery encontró a Maddox en el asiento delantero del Ford Sierra del Grupo B.

–¿Estás bien?

–Aquí ya no podemos hacer nada más, amigo. Dejemos que Krishnamurthi se encargue a partir de ahora –contestó Maddox.

–Vete a casa y echa una cabezada.

–Tú también.

–No. Yo me quedo –replicó Caffery.

–No, Jack. Tú también. Si tienes ganas de practicar el insomnio podrás hacerlo en los próximos días. Te lo aseguro.

Caffery levantó las manos.

–Vale, vale. Lo que usted diga, señor.

–Eso es: lo que yo diga –asintió Maddox.

–Pero no dormiré.

–Bueno. Lo que tú quieras. Pero vete a casa –añadió haciendo un gesto hacia el viejo Jaguar abollado de Caffery–. Vete y haz como que duermes.

La imagen del cuerpo de color amarillo intenso bajo la carpa le acompañó todo el trayecto y aún seguía nítida al llegar a casa. A la nueva luz del día aquella mujer parecía más real que la noche anterior. Sus uñas, mordidas y pintadas de azul celeste, se curvaban hacia el interior de las palmas hinchadas.

Caffery se duchó y afeitó. Después de la mañana junto al río su rostro se veía curtido en el espejo, con nuevas arrugas en torno a los ojos. Sabía que no dormiría.

Su rápido ascenso aportaba savia fresca a la AMIP: más joven, con más vigor, más preparada. Reconocía el resentimiento procedente de los veteranos y comprendía el pequeño placer siniestro que habían sentido cuando la lista de turnos de guardia de ocho semanas regresó de nuevo al Grupo B, coincidiendo de manera clara y desagradable con la responsabilidad de su primer caso.

Siete días de servicio, veinticuatro horas de guardia, noches en vela: y de golpe y porrazo metido directamente en el caso, sin tiempo para recuperar el aliento. No iba a estar en plena forma.

Y parecía un caso complejo.

No era sólo el lugar y la ausencia de testigos lo que lo enturbiaba; bajo la luz matutina había visto las negras marcas ulceradas de las cicatrices de las agujas.

El agresor había hecho algo en los pechos de la víctima, algo en lo que Caffery intentó no pensar mientras estaba en el cuarto de baño. Se secó el pelo con la toalla y sacudió la cabeza para sacarse el agua de los oídos. Deja de pensar en ello. No dejes que siga dándote vueltas en la cabeza. Maddox tenía razón: necesitaba descansar.

Estaba en la cocina, sirviéndose un Glenmorangie, cuando sonó el timbre.

–Soy yo –anunció Veronica a través de la rendija del buzón–. Iba a llamarte pero me dejé el móvil en casa.

Caffery abrió la puerta. La mujer llevaba un traje de lino color crema y unas gafas de sol de Armani encajadas en el pelo. Alrededor de sus talones había varias bolsas de las boutiques de Chelsea. Su Opel Tigra descapotable, de color rojo vivo, estaba aparcado al sol de la tarde, al otro lado de la verja del jardín, y Caffery vio que tenía la llave de la puerta en la mano como si hubiera estado a punto de usarla.

–Hola, guapo –dijo, inclinándose en busca de un beso.

La besó y notó un sabor a lápiz de labios y a menta de spray oral.

–¡Qué bien! –susurró Veronica al tiempo que le cogía de la muñeca y se echaba hacia atrás para apreciar mejor su buen color, sus vaqueros y sus pies descalzos. Entonces vio la botella de whisky colgando entre sus dedos–. Relajándote, ¿verdad?

–Estaba en el jardín.

–¿Vigilando a Penderecki?

–¿Crees que no soy capaz de salir al jardín sin vigilar a Penderecki?

–Claro que no eres capaz. Anda, toma... –dijo pasándole una bolsa de la cadena de supermercados Waitrose. Al ver la cara que ponía comenzó a reírse y añadió–: ¡Oh, venga, Jack! Es una broma. He comprado langostinos, unos manojos de eneldo y cilantro y el mejor moscatel. Y además esto. –prosiguió mostrándole una caja de color verde oscuro–. De parte de Papá y mía.

Levantó una de sus largas piernas como si fuera un ave exótica y apoyó la caja sobre la rodilla para abrirla. En su interior había una cazadora de cuero envuelta en papel de seda estampado.

–Es uno de los diseños que importamos.

–Pero si ya tengo una cazadora de cuero...

–Vaya –dijo con una sonrisa indecisa–. Bueno, no te preocupes –añadió cerrando la caja. Se quedaron un momento en silencio y luego concluyó–: Puedo devolverla.

–No, no –replicó Jack avergonzado–. Por favor, no lo hagas.

–De verdad, puedo cambiarla por otra prenda.

–No, en serio. Trae, dámela.

Así eran siempre las cosas con Veronica, pensó mientras cerraba la puerta con la rodilla y la seguía al interior: ella le hacía una sugerencia que le cambiaba la vida, él la rechazaba, ella torcía el morro y se encogía enérgicamente de hombros; acto seguido, él se declaraba culpable, se ponía boca arriba y se rendía. Y todo por su pasado. Simple pero eficaz, Verónica. En los escasos seis meses que llevaban juntos, su casa, deteriorada por el tiempo pero cómoda, se había transformado en un lugar desconocido, lleno de plantas aromáticas y de artilugios que ahorraban trabajo. Tenía el armario repleto de ropa que nunca se pondría: trajes de diseño, chaquetas pespunteadas a mano, corbatas de seda, vaqueros de piel de melocotón, todo cortesía de la empresa de importación del padre de Veronica en Mortimer Street.

Mientras ella tomaba posesión de la cocina como si fuera suya –las ventanas abiertas, el trasiego de los utensilios Guzzini, el chisporroteo del aceite de cacahuete en las sartenes verde brillante–, Jack agarró el whisky y salió a la terraza.

El jardín. Ahí había una prueba irrefutable de que su relación estaba en la cuerda floja, pensó mientras destapaba la botella de Glenmorangie. Plantado antes de que sus padres compraran la casa –lleno de arbustos de hibisco, flores del altramuz y hasta una añosa clemátide trepadora–, a él le gustaba dejarlo crecer en verano hasta que la vegetación casi cubría las ventanas. Pero Veronica quería recortarlo, podarlo y abonarlo. Hablaba de cultivar hierba de limón y alcaparras en macetas de colores y ponerlas en los alféizares, de redistribuir el jardín, trazar senderos de gravilla y plantar laureles. Y últimamente, después de haber trastocado su vida y su vivienda, quería que vendiera, que dejara esa pequeña casa de campo victoriana de ladrillo descascarillado en la que había nacido, al sur de Londres, con sus ventanas de parteluz, su jardín enmarañado y el traqueteo de los trenes al pasar por el desmonte. Deseaba renunciar a su trabajo simbólico en el negocio familiar, abandonar la casa de sus padres y empezar a construir un hogar para él.

Pero él no podía. Su vida estaba demasiado ligada a esos mil metros cuadrados de marga y arcilla como para arrancarla por un capricho. Además, seis meses después de conocer a Veronica estaba seguro de una cosa: no la quería.

La observó a través de la ventana mientras frotaba la piel de unas patatas y hacía rizos de mantequilla. A finales del último año él había cumplido cuatro en el CID, cada vez más perezoso y aburrido, y seguía haciendo tiempo a la espera de lo que pudiera venir. Hasta que en una alocada fiesta de Halloween, organizada por el Departamento, advirtió que una joven con minifalda y sandalias con tiras doradas le observaba, fuera donde fuera, con una sonrisa de complicidad en el rostro.

Veronica desencadenó en Jack una obsesión hormonal que le duró dos meses. Compartía su apetito sexual. Le despertaba a las seis de la mañana en busca de sexo y pasaba los fines de semana deambulando por la casa sin otra cosa encima que unos tacones y carmín en los labios, brillante y fresco como un sorbete.

Aquello le dio nueva energía y otros aspectos de su vida empezaron a cambiar. Cuando llegó abril tenía las marcas de los tacones de gatito de los Manolo en el cabecero y un traslado a la AMIP. La unidad central de homicidios.

Pero en primavera, justo cuando su atracción hacia ella comenzaba a decaer, las prioridades de Veronica dieron un giro. Se volvió seria en lo referente a su relación con él y comenzó una campaña para tenerle sujeto. Una noche le hizo sentarse y, en tono grave, le habló de la gran injusticia acaecida en su vida mucho antes de que se conocieran: había perdido dos años de su adolescencia luchando contra un cáncer.

La estratagema funcionó. Le cogió desprevenido y no supo cómo poner fin a la relación.

¡Qué arrogante, Jack! –pensó–. Como si no abandonarla pudiera ser una compensación. ¡Pero qué arrogante puedes llegar a ser!

En la cocina, Veronica agachó la barbilla, delgada y asimétrica, e hizo trizas con los dientes un ramillete de hierbabuena. Caffery se sirvió un poco de whisky y se lo bebió de un trago.

Esta noche lo haría. Tal vez después de la cena...

En una hora estaba preparada. Veronica encendió todas las luces de la casa y puso velas de cidronela en el patio.

–Ensalada de judías y bacón con rúcula, langostinos en salsa de soja y miel y, para acabar, sorbete de clementina. ¿Te parezco la mujer perfecta o no? –dijo sacudiéndose la melena y mostrando una dentadura en cuyo cuidado no escatimaba gastos–. Pensé que era mejor probar contigo y ver si puede servir para la fiesta.

–La fiesta –repitió Jack. Lo había olvidado. La habían organizado pensando que diez días después de la semana de guardia era un buen momento para dar una fiesta.

–Qué suerte que yo no lo haya olvidado, ¿verdad? –dijo pasando por delante de él con una cazuela de Le Creuset rebosante de patatas baby. Los ventanales de la sala de estar daban al jardín–. Esta noche cenaremos aquí. No tiene sentido utilizar el comedor.

Veronica se detuvo, observando su camiseta arrugada y su indómito pelo oscuro.

–¿No crees que deberías vestirte para la cena? –preguntó.

–No lo dirás en serio.

–Bueno –afirmó desplegando la servilleta sobre sus rodillas–, creo que estaría bien.

–No –replicó Caffery mientras se sentaba–. Debo reservar mi traje. He empezado a trabajar en un caso.

Venga, Veronica, pregúntame por el caso, muestra interés en algo que no sea mi guardarropa o mi mantelería.

Pero ella comenzó a servirle patatas en el plato.

–Tienes más de un traje, ¿no? Papá te mandó el gris.

–Los demás están en la tintorería.

–Oh, Jack, deberías haberlo dicho. Podría haberlos recogido.

–Veronica...

–De acuerdo –admitió levantando la mano–. Lo siento. No lo volveré a mencionar...

Dejó de hablar de repente. El teléfono sonaba en el pasillo.

–Me pregunto quién será –dijo mientras pinchaba una patata–. Como si no lo supiera. –añadió.

Caffery dejó el vaso en la mesa y echó la silla hacia atrás.

–¡Por Dios! –exclamó, soltando el tenedor exasperada–. No cabe duda de que tienen un sexto sentido, desde luego. ¿Por qué no lo dejas sonar?

–No.

Se dirigió al pasillo y contestó. –¿Sí?

–No me lo digas. Estabas dormido –dijo Maddox al otro lado de la línea.

–Te dije que no iba a dormir.

–Siento hacerte esto, amigo.

–Vale. ¿Qué ocurre?

–Estoy aquí otra vez. El jefe dio su visto bueno para que trajeran cierto aparato. Y uno de los miembros del equipo de búsqueda encontró algo.

–¿Aparato?

–Un RPT.

–¿Un RPT? Eso...

Caffery se detuvo. Veronica pasó a su lado con resolución, subió las escaleras impetuosamente y cerró la puerta del dormitorio tras ella. Él permaneció en el estrecho pasillo sin perderla de vista, con una mano apoyada en la pared.

–¿Estás ahí, Jack?

–Sí, sí, lo siento. ¿Qué decías? Un RPT, eso es un radar no sé qué.

–Un radar de penetración terrestre.

–Ya. ¿Lo que me estás diciendo es que hay más? –preguntó mientras rascaba un huequecillo en la pared con la uña negra de su dedo pulgar.

–Sí –contestó Maddox con tono serio–. Cuatro más.

–¡Joder! –exclamó frotándose el cuello–. ¿Enterrados por debajo del otro o qué?

–Acaban de empezar a sacarlos ahora.

–Vale. ¿Dónde vas a estar?

–En el almacén de áridos. Después podemos seguirlos hasta De–vonshire Drive.

–Ahí está el depósito de cadáveres de Greenwich, ¿no?

–Ajá. Krishnamurthi ya ha empezado con el primero. Ha aceptado pasarse la noche en vela por nosotros.

–Bien. Te veo dentro de media hora.

En el piso de arriba, Veronica seguía en el dormitorio con la puerta cerrada. Caffery se vistió en la habitación de Ewan y echó un vistazo por la ventana, por encima de las vías, para comprobar si había alguna actividad en casa de Penderecki. Nada. Mientras empezaba a hacerse el nudo de la corbata asomó la cabeza por la puerta del dormitorio.

–Está bien. Tenemos que hablar. Cuando vuelva.

Se detuvo. Ella estaba sentada en la cama, con la colcha subida hasta el cuello y un bote de pastillas en la mano.

–¿Qué es eso?

Veronica le miró con ojos tristes e hinchados.

–Ibuprofeno. ¿Por qué?

–¿Qué estás haciendo?

–Nada.

– Veronica, ¿qué estás haciendo? –insistió.

–Tengo la garganta inflamada otra vez.

Caffery se detuvo con un extremo de la corbata en la mano izquierda.

–¿Tienes la garganta inflamada?

–Eso he dicho.

–¿Desde cuándo?

–No sé.

–Vamos a ver. La inflamación de garganta se tiene o no se tiene.

Ella masculló algo, abrió el bote, agitó dos pastillas en la mano y le miró.

–¿Vas a algún sitio agradable? –preguntó.

–¿Por qué no me dijiste que tenías la garganta inflamada? ¿No deberías hacerte pruebas?

–No te preocupes. Tienes cosas más importantes en las que pen–

–Veronica...

–¿Qué quieres ahora?

Guardó silencio durante un momento.

–Nada.

Acabó de anudarse la corbata y se dirigió hacia las escaleras.

–No te preocupes por mí, ¿vale? –dijo en voz alta–. No te esperaré despierta.

3

Dos y media de la madrugada. Caffery y Maddox permanecían en silencio mirando hacia el interior de la sala de autopsias cubierta de azulejos blancos: cinco puestos de disección de aluminio, cinco cuerpos, abiertos desde el pubis hasta los hombros, con la piel levantada como si fueran reses con las costillas veteadas de grasa y músculo al descubierto. El goteo de los jugos golpeaba contra los recipientes que había debajo.

Caffery conocía bien ese olor a desinfectante mezclado con el inconfundible hedor de las vísceras expuestas al aire frío. Pero cinco cuerpos. Cinco. Todos etiquetados y fechados el mismo día. Nunca lo había visto a tal escala. Para los forenses, que se movían en silencio con sus estropajos y sus chanclos color pipermín, nada parecía inusual. Una integrante del equipo le sonrió mientras le entregaba una mascarilla.

–Solo un momento, caballeros.

Harsha Krishnamurthi se encontraba en la mesa de disección más alejada. El cuero cabelludo del cadáver que tenía delante había sido separado del cráneo hasta la hendidura escamosa de la nariz y se plegaba de modo que el pelo y el rostro colgaban sobre la boca y el cuello como una máscara de goma húmeda vuelta del revés que escurría sobre la clavícula. Krishnamurthi extrajo los intestinos y los dejó caer en una bandeja de acero inoxidable.

–¿Quién se encarga de este? –preguntó.

–Yo.

Un forense menudo, con gafas redondas, apareció a su lado.

–Bien, Martin. Péselos, lávelos y prepare las muestras. Paula: aquí ya he terminado, puede cerrar. Que las suturas no tapen las heridas.

Apartó la lámpara halógena y, levantándose el visor de plástico, se volvió hacia Maddox y Caffery con las manos extendidas y cubiertas por unos guantes llenos de salpicaduras.

–Caballeros. –saludó.

Era bien parecido, esbelto, de unos cincuenta años, con los ojos castaños y brillantes, algo acuosos debido a la edad, y llevaba una barba recortada con esmero.

–Una visita magnífica, ¿verdad?

Maddox asintió.

–¿Sabemos ya la causa de la muerte?

–Creo que sí. Y, si no estoy equivocado, una causa muy interesante. Ahora les cuento.

Señaló el fondo de la habitación y dijo:

–El departamento de Entomología les ampliará el asunto, pero puedo darles fechas aproximadas sobre todas ellas: la primera que encontraron fue la última en morir. Llamémosla número cinco. Murió hace menos de una semana. Después retrocedemos casi un mes, luego otras cinco semanas y más tarde otro mes y medio. La primera murió probablemente hacia diciembre, pero los intervalos entre las muertes se reducen. Hemos tenido suerte: por lo que respecta a cuerpos extraños asociados no hay demasiado. Están bastante bien conservados.

Krishnamurthi atrajo su atención hacia un triste montón de carne fofa y ennegrecida que había sobre la segunda mesa de disección.

–La primera en morir. Los huesos largos indican que ni siquiera había cumplido los dieciocho. Hay algo parecido a un tatuaje en el brazo izquierdo. Puede que sea la única forma de identificarla. Eso o las pruebas odontológicas. Veamos –dijo levantando un dedo torcido–. Aspecto a la llegada: no sé si ustedes se percataron sobre el terreno, pero todas llevaban maquillaje. Maquillaje espeso. Claramente visible. Incluso después de haber estado enterradas tanto tiempo. Sombra de ojos, carmín. Está todo en las fotografías.

–Maquillaje, tatuajes...

–Sí, señor Maddox. Y, siguiendo esa dirección, dos tenían infecciones vaginales y una el ano queratinizado. Y hay una prueba evidente del uso de drogas: endocarditis de la válvula tricúspide. No quiero adelantar conclusiones, pero.

–Sí, sí, ya entiendo –murmuró Maddox–. Está usted diciendo que eran fulanas. Creo que ya lo suponíamos. ¿Y qué puede decirnos de las mutilaciones?

–Ah, muy interesante.

Krishnamurthi se acercó a un cadáver y les hizo una seña para que le siguieran. Caffery pensó, y no era la primera vez que lo hacía, en cómo se parecía el cuerpo humano desollado a una canal de carne colgada.

–Como verán, lo que hice fue practicar la segunda incisión transaxilar muy hacia el interior, procurando no afectar a la que hizo nuestro criminal y evitando los pechos, para así poder hacer una biopsia a las incisiones, echar un vistazo al interior y ver lo que ocurre ahí dentro.

–¿Y?

–Parte del tejido ha sido eliminado.

Maddox y Caffery intercambiaron una mirada.

–Sí. Grosso modo coincide con un recurso muy común en un procedimiento de reducción mamaria. Y las suturas también. Supongo que es significativo que el agresor no se haya tomado la molestia de decorar así a las víctimas de pechos pequeños.

–¿Cuáles son esas?

–Las números dos y tres. Permítanme que les muestre algo interesante –dijo haciendo un gesto para que le acompañaran hasta donde uno de los forenses estaba cosiendo el torso arrugado al que antes había extraído los intestinos–. Los restos bajo las uñas parecen poco prometedores. Y lo más extraño es que no hay rastros de lucha. Excepto en esta, la víctima número tres.

Se colocaron en torno al cadáver. Era pequeño, como el de una niña, y Caffery sabía que por esa coincidencia, fuera racional o no, no sería tenido en cuenta en las conclusiones del equipo forense.

–Pesaba cuarenta kilos, que en el antiguo sistema imperial apenas son seis stones.

Como si leyera la mente de Caffery, Krishnamurthi añadió:

–Pero no era una adolescente. Era solo muy pequeñita. Tal vez por eso los pechos no han sido mutilados.

–¿Y el color del pelo?

–Teñido. El pelo se degrada muy despacio. Este color berenjena no habrá cambiado mucho desde la muerte. Ahora miren. –dijo apuntando un dedo negro y húmedo hacia una forma dispersa en las muñecas–. Aunque es difícil distinguirlas de las lesiones propias de la descomposición, estas son en realidad marcas de ligaduras. Ante mórtem. Y aquí en la cara, de una mordaza. Y también en los tobillos, irritados y sanguinolentos. Las otras murieron frías como el hielo; esas solo... –estiró la mano e hizo como si coronara una cima– rodaron por la loma. Como un tronco al caer. Pero esta, esta es diferente.

–¿Diferente? –preguntó Caffery levantando la mirada–. Diferente, ¿por qué?

–Esta se resistió, caballeros. Luchó por su vida.

–¿Y las otras no?

–No –respondió levantando las manos–. Ahora mismo voy a eso. Solo les ruego un poco de paciencia, ¿de acuerdo?

Hizo a un lado una balanza de triple brazo y avanzó hacia el cuerpo amoratado y tumefacto de la primera víctima descubierta.

–Bien.

Alzó la vista, esperando que Maddox y Caffery le siguieran.

–Veamos pues. A esta la llamaremos número cinco. Está en un estado lamentable. Sin duda la herida de la cabeza fue post mór–tem, producida por maquinaria pesada. Su suposición acerca de un bulldozer parece adecuada. Tenemos problemas para identificarla. Nuestra mayor esperanza son las huellas dactilares, aunque ahí también encontramos dificultades.

Levantó una de las manos del cadáver y empujó la piel con suavidad hacia atrás y hacia delante. Se movía como la masa de un pudin, gelatinosa y espesa.

–¿Ven ese deslizamiento? No hay la más mínima esperanza de conseguir un resultado rotundo. Lo que tendré que hacer es retirar la piel y obtener la huella –explicó dejando la mano en su sitio–. Era drogadicta, pero su muerte fue instantánea, no por sobredosis. No aparece ninguno de los habituales cuerpos extraños en el esófago y la tráquea, ni hay edema pulmonar.

Giró el cuerpo con delicadeza sobre un costado y señaló una mancha verdosa sobre las nalgas.

–La mayor parte es putrefacción, pero por debajo hay unos puntos de sangre oscura. ¿Los ven?

–Sí.

Volvió a colocar el cuerpo en su posición y añadió:

–Hipostasia diseminada. La movieron después de muerta. Hay más en los brazos e incluso, algo bastante inusual, en los tobillos.

–¿Inusual?

–Sería normal en un caso de muerte por ahorcamiento. La sangre se desplaza hacia abajo hasta los pies y los tobillos.

Caffery frunció el ceño.

–Usted dijo que el hioides está intacto.

–Y lo está. Además, por lo que queda del cuello puedo garantizarles que no fue ahorcada.

–¿Y?

–Estuvo en posición erecta durante algún tiempo. Post mórtem.

–¿Erecta? –repitió Caffery–. ¿Cómo que erecta?

La imagen le provocó malestar. Se volvió hacia Maddox, a la espera de una explicación, de algún consuelo elemental. Pero no lo encontró. En su lugar, Maddox entornó los ojos y movió la cabeza. No sé –parecía decir–, no busques en mí una respuesta.

–Tal vez la apuntalaron –continuó Krishnamurthi–. Aunque la descomposición es muy avanzada y no veo zonas blanquecinas que indiquen cómo, podría haber sido suspendida por las axilas o afianzada de algún modo para mantenerla erguida. En algún momento después de muerta, cuando la sangre aún no era viscosa.

Hizo una pausa.

–Vaya..., eso se me pasó.

–¿Qué?

El patólogo se inclinó y retiró suavemente con las pinzas algo que había en el cuero cabelludo.

–¿Qué es eso?

–Un pelo.

Caffery se inclinó hacia delante y preguntó:

–¿Pelo púbico?

–Quizás –respondió Krishnamurthi exponiéndolo a la luz–. No. Es pelo muerto. Negroide. No hay suficiente folículo piloso y no servirá para el ADN, excepto para el mitocondrial.

Metió cuidadosamente el pelo en una bolsa y se la pasó al forense para que la etiquetara.

–He encontrado ya varios pelos rubios en tres de las víctimas. Van camino del laboratorio de Lambeth.

Se desplazó hasta la mesa siguiente.

The Marchioness––