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Créditos

Edición en formato digital: enero de 2014

Título original: Kindness goes unpunished

En cubierta: Fotografía de © iStockPhoto/Andrea Gingerich

© 2007 by Craig Johnson. By arrangement with the author.

All rights reserved

© De la traducción, María Porras Sánchez, 2014

© Ediciones Siruela, S. A., 2014

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

28010 Madrid

Diseño de cubierta: Ediciones Siruela

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-15937-93-7

Conversión a formato digital: El poeta (edición digital) S. L.

www.siruela.com

Índice

CASTIGO PARA LOS BUENOS

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

CASTIGO PARA LOS BUENOS

Para el donut, el origen de todo...

Filadelfia, esa ciudad donde las buenas acciones se acaban pagando.

Steve Lopez

The Philadelphia Inquirer,

15-I-1995

3

La Unidad de Traumatología del Hospital de la Universidad de Pennsylvania estaba al otro lado de la ciudad y del río Schuylkill, pero al agente Anthony Moretti solo le llevó doce minutos llegar hasta allí. Tardé la mitad de ese tiempo en subir a la UCI de cirugía de la quinta planta y tardé muchas vidas en pensar en los tipos de traumatismos que había y en que estos arrebatan más vidas que el cáncer y las enfermedades coronarias juntos. El agente no me dio más detalles, solo me contó que mi hija había sido víctima de un accidente, que estaba siendo intervenida en el hospital y que, por cortesía profesional, me llevaría hasta allí en su coche.

Lena Moretti nos había acompañado, declarando con rotundidad que le resultaría igual de fácil coger un taxi en el hospital que en la Calle Bread. Se había quedado con Tony mientras yo miraba fijamente los ojos cansados de un traumatólogo que me explicaba que Cady había sufrido una fractura grave de cráneo y que de momento estaba inconsciente. El TAC había confirmado la fractura y un neurocirujano se encontraba en esos momentos interviniendo el hematoma subdural. No podía hacer nada más que sentarme con un vaso de plástico de café y esperar. No había mucho espacio en la sala de espera de la UCI, así que saqué uno de los sillones grises al pasillo, donde tenía una buena vista de las puertas rojas del ascensor de emergencias. Lo estuve observando durante diez minutos. La media noche se aproximaba y, con las luces encendidas y el ruido de las máquinas, aquello parecía un casino. aunque había otras cosas en juego.

En estas situaciones nadie te dirige la palabra, es como si fueras un lanzador sin bateador al que tirarle la pelota, nadie te mira y no quieres que lo hagan. Pensé en toda la gente a la que debería llamar, pero Henry era el único que podría hacer algo. Saqué mi cartera y extraje la tarjeta de la estación de servicio Sinclair de Fred Ray, en Durant, en cuyo reverso había escrito el número del móvil de Henry. No lo llamaba muy a menudo al móvil y nunca recordaba el número. Fui hasta el puesto de enfermeras y pregunté si podía usar el teléfono. Marqué y continué observando el ascensor mientras el teléfono sonaba y una vocecita cursi me informaba de que la persona a la que estaba intentando llamar no estaba disponible pero que dejase un mensaje después de la señal, cosa que hice.

–Henry, soy Walt. Cady está malherida y estoy en la UCI del Hospital de la Universidad de Pennsylvania –le di el número de teléfono desde el que le estaba llamando junto con la extensión. Colgué al mismo tiempo que Lena Moretti y otro agente de policía joven con un cesto de plástico y el maletín de Cady doblaban la esquina del final del pasillo. Los esperé donde estaba y ellos se detuvieron a un paso largo de distancia, como quien se aproxima a un gran animal herido.

Lena me tendió una mano: era la valiente.

–¿Qué tal está?

Cogí dos dedos de su mano y la miré a los ojos, los ojos que se parecían tanto a los de Vic. Sentí que me flaqueaban las rodillas. Lo siguiente que supe fue que el vaso de café yacía sobre la superficie pulimentada del suelo de baldosas, ahora moteadas. Lena y el muchacho estaban arrodillados a mi lado. Él había dejado el cesto junto a mi sillón y vi que contenía un monedero pequeño, un dispositivo electrónico enfundado que no reconocí, un móvil, un reloj de pulsera y el anillo de compromiso de la abuela de Cady.

–Tómatelo con calma, grandullón –el policía me tenía agarrado del hombro y de la espalda para sostenerme. Inspiré hondo. Sentía las manos frías de Lena en la cara.

–¿Walter?

Continué respirando y luego me recliné en el sillón.

–Estoy bien.

Ella me miró, no del todo satisfecha.

–¿Quieres que vaya a buscar un médico? –echó un vistazo a su alrededor para crear un efecto cómico–. Vaya, pero si estamos rodeados de ellos.

Traté de reírme pero creo que todo lo que conseguí fue poner una cara rara.

–Estoy bien, de verdad –pensé que lo estaba pero, cuando miré al joven agente para darle las gracias, él también me miró como Lena. Todo el mundo empezaba a parecerse. Bajé la cabeza y parpadeé para aclararme los ojos. Levanté la vista para mirar al tipo, pero continuaba pareciéndose a Lena, aunque no era del todo igual a Tony. Me sentí ligeramente mejor cuando descubrí su placa identificativa.

–¿Michael Moretti?

Él sonrió.

–¿Cómo va eso?

Michael era un chico guapo. En cierto modo, los rasgos de las hermosas féminas de la familia también le favorecían a él. Los ojos eran de un color marrón más oscuro y el mentón era un poco más pronunciado, con un hoyuelo que ni Lena ni Vic tenían. Rondaría el metro ochenta, pero sus hombros y sus brazos eran enormes.

–Estoy bien.

Él continuó sonriendo.

–Sí, no para de decir eso.

Miré a Lena, a sus ojos cercados de patas de gallo.

–¿Has llamado a la caballería?

Ella asintió.

–Ha sucedido en su distrito, el Lejano Oeste. Tony está en el sexto.

Lena fue a buscar algunas servilletas de papel del puesto de las enfermeras y limpió el café derramado mientras yo firmaba el recibo por los efectos personales de Cady. Michael había oído por los canales no oficiales que Cady estaba estable y que pronto la trasladarían del quirófano a la UCI. Miré al hijo predilecto y oí los crujidos de su cinturón reglamentario, prácticamente nuevo, en el silencio del pasillo.

–Señor Longmire, ¿le importa si le hago unas preguntas?

–Walt, llámame Walt.

–¿Seguro que te encuentras en condiciones?

–Sí.

Él asintió.

–¿Tu hija trabaja en Schomberg, Calder, Dallin y Rhind?

–Sí, hoy se había quedado trabajando hasta tarde.

Él garabateó en su bloc de notas y volvió a mirarme.

–¿Hasta tarde?

–Sí, hablé con ella por la tarde, supuestamente iba a cenar con tu madre y conmigo, pero tenía trabajo pendiente.

Michael apretó el labio de forma apenas perceptible.

–¿El bufete se encuentra a la altura del 1500 de la Calle Market?

–Sí –esperé.

–Entonces, ¿se te ocurre por qué podrían haberla atacado en el Instituto Franklin?

–¿Atacado?

–Escucha, podría decirte que esto ha sido un accidente inocente... –se detuvo y luego inclinó levemente la cabeza–. Pero el agente que se personó dijo que había hablado con el guardia de seguridad y que este le contó que había tenido lugar un altercado entre la señorita y otro individuo: varón, caucásico, de unos treinta y tantos.

–¿Dónde?

–En el Instituto Franklin, al otro lado de Logan Circle, cerca del museo de arte –continuó mirándome–. El guardia de seguridad dijo que oyó voces y que acto seguido un tipo aporreó la puerta pidiendo ayuda. Cuando abrió la puerta y salió, tu hija estaba tendida sobre los escalones y el hombre había desaparecido. Cuando hablaste con ella, ¿mencionó que tuviera otro compromiso por la noche?

–No, lo único que dijo fue que llegaría tarde.

–¿Te resulta familiar la descripción del individuo?

–Bueno. está saliendo con un hombre.

–¿Y cuál es su nombre?

Me detuve un instante antes de decirlo.

–Devon Conliffe.

Él lo anotó.

–¿Tienes su dirección?

–No, pero él también es abogado..., seguro que Cady la tiene.

Él miró en el cesto.

–¿Te importa si lo busco en la PDA?

Seguro que se dio cuenta de que lo miraba sin entender.

–Si supiera lo que es eso, probablemente no me importaría.

Extendió una mano, sacó el dispositivo desconocido del cesto y lo extrajo de la funda de cuero.

–¿Trabaja para el mismo bufete?

–No, en otro distinto, pero no sé el nombre.

El aparato se parecía a una calculadora pero, evidentemente, tenía otras aplicaciones. Michael garabateó la dirección y el número de teléfono de Devon Conliffe en su libreta, colocó el dispositivo en su sitio, se levantó y me miró.

–Escucha, probablemente no sea nada, pero voy a investigar todo esto y, si descubro algo, te lo haré saber –sus palabras denotaban una confianza que contrastaba con lo nuevo que parecía su uniforme. Estaba seguro de que no tenía ni un año de experiencia.

Le dio un beso a su madre y se giró para llamar el ascensor, pero la puerta se abrió justo en ese momento, dando paso a un séquito de auxiliares, enfermeras y médicos que transportaban unos aparatos y la camilla donde Cady yacía. Me levanté y todos nos pegamos a la pared para dejarles pasar. Menos mal que tenía la pared para apoyarme, porque volvía a sentirme mareado. A mi hija le habían afeitado un lado de la cabeza, donde se veía que le habían practicado una incisión en forma de U, además de insertarle un tubo en la garganta para que pudiera respirar. Tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil. Seguí al grupo y los observé mientras la instalaban en la habitación de la esquina: la triste ironía de la situación no se me escapó.

Detuvieron su camilla con cuidado, como haría cualquiera con un coche nuevo y caro. Me quedé observando cómo colocaban el electrocardiograma en el monitor de la pared y cómo comenzaba la familiar alternancia de líneas y puntas.

El mismo médico que había hablado antes conmigo se separó del resto y se acercó hasta la puerta. En su placa ponía que se llamaba Rissman. El doctor miró hacia el suelo, luego a la pared y finalmente se decidió a centrarse en mi hombro izquierdo. Me explicó que el cerebro de Cady estaba experimentando descargas que lo atravesaban como corrientes eléctricas, provocando relámpagos en el horizonte para luego desaparecer. Declaró que Cady había caído en un coma de grado siete según la escala de Glasgow y que solo respondía a estímulos dolorosos con respuestas involuntarias. Supongo que el resto lo comprendí, pero la palabra que se quedó flotando en mi cabeza fue «coma». Su respuesta durante las próximas veinticuatro horas sería clave para determinar si pasaría a formar parte de ese 53 por ciento que muere o se queda en estado vegetativo, o del 34 por ciento que salen de él recuperados o con una minusvalía moderada. No estaba seguro de qué le sucedía al 13 por ciento restante, pero conocía bien el trauma craneal, conocía bien el coma. Lo que no sabía era lo que nos depararían las próximas veinticuatro horas.

El médico dijo que Cady se encontraba en excelente forma física y que la juventud estaba de su parte, que la reacción de sus pupilas había sido normal al llegar y que todo el equipo tenía grandes esperanzas. Había escuchado antes ese discurso porque yo mismo lo había pronunciado. Sabía que merecía la pena.

El doctor Rissman dijo que regresaría en una hora para ver qué tal iba todo y luego me presentó a la enfermera jefe, una mujer robusta de unos cuarenta años. No dijo nada pero me dio un apretón de manos antes de marcharse. Me senté en la silla al lado de la cama y Lena Moretti fue la única que permaneció junto a la puerta del área acristalada. Se acercó hasta el borde de la cama y permaneció de pie a mi lado, con una mano sobre mi hombro y sin ofrecer ningún consejo, cosa que le agradecí. Se quedó allí el tiempo suficiente como para que me sintiera culpable.

–Deberías irte a casa.

Me respondió en voz muy baja.

–¿Estás seguro? –no dije nada, pero seguro que le pareció bien porque me dio unas palmaditas en el hombro y me aseguró que volvería a la mañana siguiente con el desayuno. Y se marchó.

Escuché el ruido que hacían las máquinas que respiraban por mi hija, que monitorizaban su corazón, que la alimentaban de forma intravenosa, pero no aparté la vista de la incisión que le habían practicado para extirparle parte del cráneo y así darle espacio a su cerebro magullado para que pudiera sobrevivir. Un pequeño resto de Cady se encontraba en esos momentos en el congelador de la cuarta planta y, al pensarlo, me sobrevino la misma sensación de flaqueza de antes, así que la miré a la cara. Era preciosa, y cada vez que la miraba me costaba convencerme a mí mismo de que yo hubiera tenido algo que ver en eso. Sus rasgos siempre me habían encantado, tan definidos. En eso había salido a su madre. Los míos eran más imprecisos, como si la naturaleza hubiera tenido una buena idea pero se hubiese aburrido por el camino. Cady era distinta. Ella era hermosa.

Pensé en las dos fotografías que tenía en el escritorio de mi despacho de Wyoming. En una de ellas aparecía una Cady preadolescente. Se había echado el pelo hacia atrás para enseñar los grandes pendientes de aro, que habían sido sus favoritos hasta los dieciséis, cuando los cambió por otros diminutos que yo le regalé. Estaba sonriendo. A decir verdad, tenía que reconocer que no la recordaba muy sonriente durante ese periodo –prácticamente el mero hecho de que yo existiera le hacía fruncir el ceño–, pero debió de sonreír en algún momento, ya que la foto lo probaba.

La otra foto se tomó durante el periodo que pasó a la historia como el verano gandul. Entre la facultad de leyes en la Universidad de Washington y los consiguientes exámenes para conseguir la licencia que le permitiría ejercer de abogado y su actual ocupación en Schomberg, Calder, Dallin y Rhind, Cady se pasó un magnífico verano en las montañas Big Horn, durmiendo, tomando el sol y yendo de compras. La foto se tomó a finales de agosto y estaba sentada en el porche de la casa de Henry, calzada con unas chanclas que dejaban al descubierto sus enormes pies. Un viejo par de vaqueros y una estupenda chaqueta de cuero con tachuelas marca Double D que me había costado la mitad de la paga de una semana completaban el conjunto. También estaba sonriente. Una hija, una maravilla. Mis ojos se nublaron de lágrimas. Volví la vista hacia la puerta y traté de evitar que la sangre se me subiera al rostro y de apartar las ideas descabelladas que se me pasaban por la cabeza como golondrinas bajo un puente oscuro.

El cesto de plástico, así como el maletín de Cady, habían sido depositados cuidadosamente en otro sillón. Me acerqué, saqué el móvil del cesto y regresé a mi asiento. La miré un poco más y luego abrí el teléfono, una versión mucho más pija que la de Henry. Desplegué la lista de contactos y no me llevó mucho tiempo encontrar la entrada «Henrymóvil». Pulsé el botón verde y la misma voz cursi de antes me indicó que la persona a la que estaba llamando no se encontraba disponible. Dejé otro mensaje, esta vez advirtiéndole de que lo llamaba desde el móvil de Cady. Pulsé el botón rojo y miré las otras opciones disponibles en la diminuta pantalla, una de las cuales rezaba «Llamadas entrantes».

Me quedé mirando el teléfono un poco más y luego pulsé el botón: «Devon 22:03». Bajé por la pantalla y leí:

«Devon 22:01.»

«Devon 21:47.»

«Devon 21:32.»

«Devon 21:10.»

«Devon 20:48.»

Revisé todas las llamadas: en total había veintiséis y todas eran de Devon. Cady no había respondido a ninguna.

Me acordé de volver a respirar y sentí la punta de las alas de la venganza arañándome el interior de los pulmones. Tragué saliva, observé mis manos temblorosas durante un instante y luego pulsé el botón que indicaba que solo habían dejado un mensaje y que había sido en la última llamada.

Una vocecita en mi interior me decía que no lo hiciera, pero todo lo demás me gritaba que adelante. Era mi deber como padre. Decidí jugármela e introduje la palabra «OSO» como contraseña.

–Tiene un mensaje –no era mío, pero lo estaba escuchando.

Durante los dos minutos siguientes escuché la voz de Devon Conliffe. Estaba hecho una furia e insultaba a Cady de todas las formas posibles; el lenguaje que empleaba para describir sus acciones y su persona habría hecho palidecer a Vic. La amenazaba con hacerle cosas que no había oído en mi vida, ni durante los cuatros años de servicio con los marines ni en el casi cuarto de siglo que llevaba como agente de la ley. Hacia el final, se había quedado sin aliento pero no por ello su voz era menos vitriólica. Terminaba con una última salva en la que le aseguraba que, si no aparecía en un minuto, su castigo sería terrible. La línea enmudeció.

Cerré el diminuto teléfono; un montón de sensaciones procedentes de mi lado más oscuro comenzaron a abrirse paso hacia la superficie. Sabía cómo se alimentaban estos pensamientos y la peligrosidad que entrañaban. El saludable calor de mi rostro se vio reemplazado por el frío y mis manos se calmaron súbitamente. Me coloqué el móvil en el bolsillo delantero de mi chaqueta y la colgué en el respaldo del sillón. Luego me eché un poco hacia atrás el sombrero, me crucé de brazos y miré fijamente a Cady. El movimiento de mis acciones, firme y tranquilo, provocó que el hombre racional que me estaba abandonando entrara en pánico.

Me pregunté qué demonios habría estado haciendo en la otra punta de la ciudad. ¿Por qué se encontraría en el Instituto Franklin en lugar de conmigo, en su casa en la ciudad vieja? ¿Habría sido un accidente fruto de una pelea entre ella y Devon? ¿La habría empujado él sin querer? En ese caso, ¿por qué no había llamado a alguien? ¿Por qué él no estaba en el hospital?

Saqué el móvil del bolsillo y volví a escuchar el mensaje.

Ahora tenía algunas respuestas. Las siguientes preguntas tendrían que provenir del quinto cuerpo de policía más grande del país. Filadelfia estaba completamente fuera de mi jurisdicción. Sentí que el pánico trataba de ganarle la partida a la confusión emocional para hacerme entrar en razón, pero las tinieblas pueden ser testarudas.

Permanecí allí sentado bajo las luces de la UCI envuelto en el murmullo de las máquinas, observando a mi niña mientras todas las sombras quedaban en libertad y emprendían el camino hacia el aire libre, donde podrían hacer mucho daño. Supuse que habría transcurrido una hora cuando el doctor Rissman regresó para comprobar sus constantes vitales.

Le cerró un ojo y volvió a mirarme por encima del hombro. Me entraron ganas de emprenderla a puñetazos con él por no mirarme a la cara pero, en lugar de eso, agité la cabeza y me aclaré la garganta.

–No ha hecho ningún movimiento.

–Todavía es pronto.

–Lo sé.

El médico asintió mecánicamente y salió en dirección al puesto de enfermeras. Y volví a quedarme solo.

El amanecer estaba próximo y el traumatólogo la había reconocido cinco veces más con los mismos resultados. El débil resplandor de los rayos solares incidía sobre los edificios adyacentes y me sentí como si estuviera en el torreón de un castillo infinito. Debía de tener los ojos cansados porque, cuando parpadeé, me pareció que había alguien más en la habitación. Traté de enfocar la vista pero, a consecuencia del estrés de la noche, tenía los ojos como si alguien me los hubiera restregado con papel de lija. Los cerré y los volví a abrir, aunque la imagen del hombre arrodillado junto a la cama permaneció borrosa.

Me entró miedo y me removí en el sillón, pero él extendió una mano y me tranquilizó. Solo cuando la imagen se aclaró y escuché la intrincada melodía del canto cheyene supe que se trataba de Henry.

De su garganta surgían susurros epigramáticos, como si se tratara de un hombre poseído, quizá las voces de los ancestros llegaran volando en las lenguas de los vivos. Contemplé cómo sus anchas espaldas capturaban todo el aire de la habitación y extraían el daño infligido a Cady. Por un momento se hizo la calma y luego el canto arrancó con un lamento tembloroso y terminó con un último grito ahogado.

Un momento después, Henry se giró para mirarme y descubrí que había estado llorando, debía de llevar cantando un rato. Llevaba una camisa vaquera gastada que le había visto en muchas ocasiones y tenía el cuello mojado con las lágrimas que le anegaban la cara. No se levantó, pero se apoyó sobre un pie y se sentó en el suelo cerca de la cama. No se secó las lágrimas y me dirigió una sonrisa de labios apretados mientras cruzaba las manos en el regazo.

–¿Qué ha pasado, tú?

Le expuse la situación clínica lo mejor que pude.

Me miró fijamente.

–¿Cómo ha sucedido esto?

Le conté lo que Michael me había contado.

Su mirada permaneció inmóvil.

–¿Quién ha hecho esto?

Saqué el teléfono del bolsillo de mi chaqueta y se lo lancé.

–Hay veintiséis llamadas entrantes en su teléfono y un único mensaje –me levanté mientras él pulsaba los botones–. La contraseña es «OSO» –fui hasta el otro lado de la cama para buscar signos esperanzadores que revelasen que Cady se encontraba entre el 34 por ciento que conseguía volver en sí. Aguardé y la observé, mientras sentía que el calor me volvía a inundar el rostro y el temblor regresaba a mis manos.

Henry cerró el móvil con un golpe seco y permaneció sentado. Cuando se levantó, sus movimientos fueron deliberadamente lentos, se giró y me estudió desde el otro lado de la cama. Su voz me llegó crispada.

–No lo hagas, tú.

–¿Hacer qué?

–No hagas esto –esperó, pero yo no respondí–. No hagas esto, porque no podré salvarte del hombre en el que te convertirás si lo haces.

Inspiré hondo y sentí una vibración en mi interior que me sacudió de arriba abajo.

–Supongo que todo depende del rumbo que tomen los acontecimientos.

Él se inclinó, tratando de colarse en mi campo de visión.

–No depende de eso.

Lo miré, pero algo a mis espaldas había atraído su atención. Me giré para encontrarme con el uniforme, la placa, la pistola y a Moretti en la puerta de la habitación.

–¿Cómo va eso?

–Ya veremos –me giré hacia Cady mientras Henry rodeaba la cama y extendía su mano, pasándose con discreción el móvil a la mano izquierda.

–Henry Oso en Pie.

Se estrecharon la mano.

–Michael Moretti.

Henry no lo soltó y lo miró con atención.

–Supongo que Vic se ha comido a alguno de sus hermanos.

Él sonrió.

–Algunos conseguimos escapar –Oso siguió al chico con la mirada mientras él se detenía a los pies de la cama.

–¿Alguna mejoría?

–Lo cierto es que no –nos quedamos inmóviles por un momento. Seguro que no era el único capaz de oír los latidos de mi corazón–. Dicen que todavía es pronto, –sabía qué pregunta debía formular a continuación, así que supuse que lo mejor sería terminar cuanto antes–. ¿Le habéis tomado declaración a Devon Conliffe?

Cualquier rastro de sonrisa desapareció.

–Anoche no la vio.

Me giré para mirarlo. –¿Qué?

Michael sacó una libreta negra delgada y consultó sus propias notas.

–He hablado con el señor Conliffe esta mañana y ha declarado que anoche no estuvo con la señorita Longmire.

Escuché los latidos de mi corazón.

–¿Hablaste con él esta mañana?

–Sí.

El ruido era tan atronador como el tráfico de la I-95.

–¿Por qué no anoche?

–Lo intenté localizar en su domicilio media docena de veces.

Asentí.

–¿Te ha contado dónde estuvo?

–Estuvo en un partido de los Phillies y luego en casa de sus padres.

–Un partido de béisbol.

–Sí... –Michael le echó un vistazo al cuaderno–. Tengo dos testigos y sus padres lo han corroborado. Su bufete tiene un palco y dice que lo ha reservado hoy a las 12:30 para el partido de mediodía.

Me quedé pensando en ello.

–¿Vive aquí en el centro?

–Sí.

–¿Ha hecho algún comentario que explique por qué se quedó a dormir en casa de sus padres?

–No.

Henry nos estaba observando, finalmente rompió el silencio cuando este se hizo demasiado pesado.

–¿Fue desde el estadio, al sur de la ciudad, hasta la casa de sus padres en Main Line y regresó al centro esta mañana para ir a trabajar?

–Eso es lo que dice todo el mundo.

–Pues entonces anoche condujo bastante –estaba seguro de que los latidos de mi corazón estaban provocando que se me hinchara la pechera de la camisa–. ¿Pareció preocupado cuando le contaste que su novia estaba tendida en la cama del hospital en coma?

El chico cerró su cuaderno y me escrutó un instante.

–El señor Conliffe me ha comunicado que la relación que él y tu hija mantenían no era tan seria como ella podría haberte hecho creer –se guardó el cuaderno en el bolsillo interior de su chaqueta–. Ha declarado que simplemente salieron en un par de ocasiones pero que él puso fin a la relación porque ella se la estaba tomando demasiado en serio.

Miré a Henry, que me observaba con atención. Devon mentía y, si sus padres y dos personas más habían corroborado su declaración, entonces también ellos habían mentido. Asentí y Henry me lanzó el teléfono. Pulsé los botones pertinentes y se lo entregué a Michael. Él nos echó un vistazo a los dos y luego se llevó el teléfono a la oreja. El joven se quedó mirando fijamente los pies de Cady, cubiertos por una sábana y una manta de poliéster, durante los dos minutos enteros. Su expresión no cambió. Pulsó el botón de colgar y cerró el teléfono.

Lo observé y luego hablé muy despacio.

–Hay veintiséis llamadas perdidas de Devon Conliffe entre las 17:11 y las 22:03 de anoche, que terminan con el mensaje que acabas de escuchar –tomé aire, señalé el móvil y continué–. A mí eso no me parece un hombre que tiene una relación que no se toma en serio –apenas podía hablar–. Y tampoco se oye ningún partido de béisbol de fondo en ese mensaje.

Él se llevó el teléfono al pecho.

–¿Te importa si me lo llevo?

–Claro, insisto.

Su sonrisa fue lúgubre, cada vez me gustaba más el chaval.

Michael asintió y se guardó el teléfono junto a la libreta.

–La próxima vez que alguien hable contigo sobre esto, puede que no sea yo.

Yo miré a mi hija.

–Con tal de que alguien lo haga, no importa, pero más vale que sea pronto.

Después de que Michael se marchara, nos sentamos cada uno en un sillón a ambos lados de la cama y observamos a Cady.

–Has hecho lo correcto, tú.

Llevaba tanto tiempo escuchándolo que ya no estaba seguro de que hiciera falta contestarle.

–Pues sí.

Él me miró de reojo.

–¿Y por qué será que no me lo creo?

–Quizá mi respuesta desganada haya tenido algo que ver.

–Quizá –esperó–. ¿Hay alguien a quien quieras llamar?

–Todavía no.

Él asintió y volvió a posar sus ojos en ella.

–Deberías dormir algo.

–No.

–No le haces a nadie ningún bien quedándote dormido en un sillón, tú –lo miré–. Lo mejor que podrías hacer es acostarte.

–No.

–¿Y qué me dices de comer algo?

–No tengo hambre.

Henry dejó escapar un largo suspiro.

–Pues ve a dar un paseo, lo que sea, pero no te quedes aquí sentado dándole vueltas, tú.

–No le estoy dando vueltas.

–Entonces estás tramando algo –lo miré; ese hombre me conocía mejor que yo mismo–. Concéntrate en caminar, respirar, comer, beber, cualquier cosa menos esto –se le marcaban las venas en el rostro–. Yo la vigilaré. Márchate.

No llegué demasiado lejos, pero conseguí salir del hospital. Fue todo un milagro teniendo en cuenta todos los pasillos, ascensores y escaleras que tuve que utilizar. Atravesé las puertas giratorias y salí al campus de la Universidad de Pennsylvania. Era primavera, a pesar de que nos encontráramos en el invierno de mi descontento, y todos los novatos se apresuraban a llegar a sus clases de las ocho. Tenían la misma cara de sueño que debía tener yo.

Había algunos puestos ambulantes en la calle y supuse que podría conseguir una taza de café en uno de ellos sin pillar una enfermedad. Me puse en la cola, me fijé en que la gente se me quedaba mirando y pensé que estrangularía al primero que hiciera algún comentario gracioso sobre mi sombrero. Di un paso hacia el mostrador y pedí un café grande, que me costó dos dólares.

–Aquí tienes, tejano.

Lo dejé vivir.

Deambulé por la zona y me senté en un murete de cemento con unos arbustos de flores plantados detrás. Me dolían la espalda y los hombros. Me quité el sombrero: incluso Atlas se relajaba de vez en cuando. Hacía un día magnífico y los manzanos y los cerezos habían estallado en todo su esplendor colorista. Inspiré hondo. Al vivir en el oeste, siempre me maravillaba lo balsámico que era el aire del este, con esa humedad que todo lo inundaba, portadora de la vida. Incluso en plena calle se adivinaban los árboles, el río y quizá cierto aroma oceánico procedente de la costa de Nueva Jersey, no demasiado alejada.

Le acababa de quitar la tapa al vaso para dejar que el café se enfriase cuando alguien apartó mi sombrero y se sentó a mi lado en el muro.

Lena Moretti tenía mucho mejor aspecto que yo. Se había puesto un sencillo vestido veraniego estampado y llevaba dos bolsas pequeñas que apoyó sobre el cemento. Se puso mi sombrero y lo dejó caer sobre sus orejas, de forma que apenas se le veían los ojos.

–No te fiabas de que te fuera a traer el desayuno, ¿eh?

–Se me olvidó.

Se echó hacia atrás el sombrero y señaló el vaso que tenía en la mano.

–¿Eso es un café?

Bajé la vista al vaso.

–Estoy esperando a que se enfríe.

Ella extendió una mano.

–Dame, te enseñaré qué hacer con él –le entregué el vaso y ella vertió el contenido en la acera. Una chica que pasaba por allí cargada con el peso de una mochila le lanzó una mirada reprobatoria.

–Ese era mi café.

–No, este es tu café –me entregó otro vaso con tapa que extrajo de una de las bolsas y lo sostuve con ambas manos. Luego abrió el suyo y tomó un sorbo.

–He sacado a tu perro a pasear esta mañana.

–Gracias –me había olvidado de él–. ¿Has encontrado una correa?

–Usé un cable –cruzó las piernas a la altura de los tobillos.

Empezaba a pensar que esa mujer era capaz de hacer cualquier cosa.

Abrí mi café y me quedé mirando el oscurísimo brebaje.

–Parece cargado.

–Un doble expreso tamaño grande. Pensé que te vendría bien.

Y me miró a los ojos.

–¿Cómo está?

Tomé un sorbo y me tragué la mayor parte del esmalte de mi dentadura.

–Supongo que uno de tus muchachos te habrá mantenido informada.

–Lo ha hecho, pero eso fue hace casi media hora.

Asentí.

–No se ha producido ningún cambio.

Nos quedamos allí sentados bebiendo café en silencio.

–¿Está con ella el indio?

–Se llama Henry. Me ha echado.

Ella sonrió.

–Toma, te he traído algo de comer –rebuscó en la otra bolsa y me entregó un montón de galletas y una diminuta servilleta de papel.

–Son biscotti. Pensé que no tendrías demasiada hambre.

–Pensaste bien.

Ella mordisqueó una y la observé mientras comenzaba a balancear sus piernas entrelazadas inconscientemente.

–Son de almendra, las favoritas de Michael –las galletas estaban ricas y durante un rato solo se nos oyó masticar el desayuno. Me fijé en que Lena tenía la mirada fija en el ala de mi sombrero, que todavía llevaba calado casi hasta los ojos.

–¿El Terror lleva un sombrero como este?

–No, dice que son una chorrada.

Lena masticó un poco más.

–Qué decepción –echó un vistazo a mis pies–. ¿Lleva botas?

–Tiene un par y se las pone en ocasiones especiales.

Me observó durante un rato. Inspiré otra vez y levanté la vista hacia el hueco que quedaba entre los edificios, hacia el cielo azul. Sentía que el corazón me latía al mismo tiempo que la tentación de darme la vuelta y subir los cinco pisos tiraba de mí. Un par de palomas gordas se acercaron lentamente desde el jardín de enfrente y se colocaron ante nosotros. Partí un trozo de galleta y se lo lancé. Se comieron las migajas y me miraron como pidiendo más, ignorando a Lena por ser nativa.

–¿El doctor Rissman ha confirmado que la contusión es producto de la caída?

Yo asentí.

–De los escalones de cemento.

Ella no dijo nada durante un rato.

–Se va a poner bien.

Me quedé mirándola. Ella continuaba con mi sombrero puesto, como si fuera una niña.

–¿Cómo lo sabes?

Ella ignoró mi ridícula pregunta, sonrió y miró en el interior de la bolsa.

–Tengo también un café para Henry.

Estaba a punto de disculparme pero, en lugar de eso, volví a inspirar hondo. La oscuridad continuaba al acecho mientras charlábamos.

–¿Tienes nata y azúcar?

–Sí.

Les lancé más migas de biscotti a las palomas.

–Es un poco especial.

Ella sonrió.

–Eso he oído –le dio un sorbo a su café y me observó mientras yo daba de comer a los pájaros–. Quizá tengamos que enseñaros a ser fuertes mientras dure vuestra estancia.

Las palomas se aproximaron a la punta de mis botas. La oscuridad se cernía sobre mí y había empezado a forjar un plan que se desplegaba ante mí como un mantel de lino sobre una larga mesa, cubriéndolo todo.

–Lena, puede que durante el día de hoy te pida un favor.

Ella se giró al oír el tono de mi voz.

–Pídeme lo que quieras.

Ahora las palomas se habían subido a la parte más ancha de las botas, comiendo las migajas directamente de los dedos de mi mano.

–Quizá necesite que te turnes conmigo para estar con Cady.

–Cuando quieras. Soy una mujer ociosa –tomó un sorbo y continuó clavándome sus ojos color caramelo–. ¿Tienes planes para esta tarde?

Les di los biscotti restantes a Mutt y Jeff y miré al otro lado de la calle en dirección al río.

–Creo que iré al béisbol.

1

Aquel día no iba armado. Me habían asegurado que sería tarea fácil y yo me lo había tragado como un tonto. Me indicaron que si la cosa se ponía fea no dudara en mostrarles las ilustraciones, veintitrés en total. Ya se las había enseñado dos veces.

–«Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un rey y una reina...» –miré a mi alrededor en busca de refuerzos, pero en la habitación no había nadie. Me habían dicho que no me preocupara, que no me dejarían solo, pero lo habían hecho–. «...que no tenían hijos. Un día, la reina recibió la visita de un hada madrina, que le dijo: "Tendrás una hermosa niña". El rey se alegró tanto que cuando oyó la noticia decidió celebrar un gran banquete. No solo invitó a sus parientes, sino también a las doce hadas que habitaban en su reino.»

–¿Dónde está tu arma?

Eso mismo me preguntaba yo.

–No creí que fuera a necesitarla.

Todos asintieron, pero me pareció que no quedaron muy conformes.

–¿Hace cuánto tiempo que eres sheriff?

–Veintitrés años –sonaba como si fueran un millón.

–¿Conoces a Buffalo Bill?

Quizá sí que fueran un millón.

–No, ese es un poco más viejo que yo.

–Mi papá dice que eres un caraculo.

Bajé la vista al ajado libro que sostenía entre las manos.

–Vale, quizá deberíamos concentrarnos en el cuento de hoy...

–Dice que siempre vas por ahí conduciendo borracho...

El instigador de la primera fila tenía apariencia de angelito y la boca de un estibador. Como estaba a punto de añadir algo, lo corté sosteniendo en alto Los cuentos de los Hermanos Grimm por la página en que la princesita caía en un sueño de cien años, presa de un encantamiento.

–¿Por qué creéis que el hada visitó a la reina? –en la tercera fila, una niña de piel morena y ojos enormes levantó la mano despacio.

–Sí, tú.

Ella ladeó la cabeza, indignada.

–Ya te lo he dicho, me llamo Anne.

Asentí con cara de arrepentimiento.

–De acuerdo, Anne, ¿por qué crees que el hada visitó a la reina?

–Porque su hija iba a quedarse dormida –lo dijo despacio, con verdadero desdén, incluso los más jóvenes miran mal a los funcionarios que no hacen las cosas como es debido.

–Bueno, sí, pero eso sucede después, cuando una de las hadas se enfada, ¿verdad? –Anne volvió a levantar la mano pero la ignoré y me decanté por un niño menudo y pelirrojo del final. Su nombre era Rusty y di gracias al cielo por la fácil asociación entre su pelo y el significado literal de su nombre: «oxidado»–. ¿Rusty?

–Mi padre dice que las hadas son cosa de maricas, como mi tío Paul.

No estoy seguro de cuándo había empezado a atrofiarse mi talento como cuentacuentos, pero debía de haber sucedido en algún punto entre Barrio Sésamo y La hora de Bill Cosby. Y yo que creía que se me daba bastante bien, a pesar de la cantidad de tiempo que hacía de eso. Iba a tener que preguntarle a mi hija si estaba en lo cierto. Ahora ella era «La mejor jurista de nuestro tiempo» y ejercía de abogada en Filadelfia. Había estado hablando con Cady la noche anterior y, cuando la llamé, ella seguía en la biblioteca del sótano de su oficina. Me dio pena hasta que me contó que el sótano en realidad estaba en la planta treinta y ocho. Mi amigo Henry Oso en Pie decía que las bibliotecas de los bufetes eran lugares donde los abogados se echaban la siesta a razón de 250 dólares la hora.

–Nunca habíamos tenido un cuentacuentos así de malo.

Bajé la vista para observar al futuro crítico literario que había permanecido en silencio hasta ese momento y me pregunté si no habría cometido un error con «La espina de la rosa». Cady adoraba este cuento cuando era muy pequeña, pero parecía que el público actual era demasiado sofisticado para ese material.

–Mi papá esconde su medicina cuando alguien llama a la puerta.

Traté de no quedarme con el nombre de ese niño en concreto. Volví a apoyar el libro sobre la rodilla y los observé atentamente: el futuro del condado de Absaroka, Wyoming.

–Dice que no tiene receta.

Se suponía que al día siguiente partiría en coche hacia Filadelfia con Henry. Él había recibido una invitación para exponer su colección de fotografías menonitas en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania. Yo había pensado que sería una buena oportunidad para visitar a mi hija y conocer a su última conquista, un abogado. Llevaban juntos casi cuatro meses y para ella eso suponía todo un récord, así que había decidido que ya era hora de que conociese a mi futuro yerno.

–Si se cae al suelo es por la medicina.

Henry pensaba ir hasta allí al volante de Lola. Había tratado de convencerlo de que tomáramos un vuelo, pero hacía bastante tiempo que no atravesaba el país conduciendo y decía que le apetecía ver cómo iba todo. Claro que el verdadero motivo era que quería hacer una entrada triunfal conduciendo su Thunderbird descapotable de 1959 color azul celeste. A Oso se le daban bien las entradas.

–Se fuma la medicina.

Íbamos a pasar solo una semana en la ciudad, pero Cady estaba entusiasmada con la idea de presentarnos a Devon Conliffe, un nombre que parecía sacado de Historias de Filadelfia. Le había advertido a mi hija que los abogados no deberían casarse con otros abogados, que eso solo servía para engendrar asistentes jurídicos imbéciles.

–Mi mamá dice que no consigue trabajo por culpa de la medicina.

Patti, terminada en «i», la secretaria de mi hija, pensaba también que los abogados no debían cruzarse. Habíamos estado hablando sobre la relación y me daba la sensación de que la voz de Patti dejaba entrever cierta reserva al mencionar al novio.

–Es mi tercer papá.

Se suponía que íbamos a ir a cenar a la casa palaciega que tenían sus progenitores en Bryn Mawr, algo que me apetecía tanto como hacerme una herida subcutánea.

–Me gustaba más mi segundo papá.

Sería interesante ver la reacción de los Conliffe al toparse con el indio y su fiel compañero de aventuras, el sheriff del condado de Absaroka. Seguro que ni siquiera nos abrían la puerta.

–No me acuerdo de mi primer papá.

Me quedé mirando al chaval y volví a abrir el libro.

–«Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un rey y una reina que no podían tener hijos...»

Dorothy Caldwell fue hasta la plancha donde estaban las hamburguesas, situada detrás de ella, las aplastó con la espátula y les dio la vuelta.

–¿Qué les has leído?

Recogí la copia de Cady del taburete que estaba a mi lado y la dejé sobre la barra. Los cuentos de Grimm. «La espina de la rosa», es decir, «La Bella Durmiente» antes de que Disney le pusiera las manos encima.

Dorothy me echó una mirada de reojo y luego se inclinó para echarle un vistazo a la portada, gastada por el uso.

–¿De guardería? –se encogió de hombros mientras recogía la espátula para llevársela a otro sitio–. Walter, los niños de ahora son más cínicos que los de la generación de Cady.

Dejé mi vaso sobre la barra.

–Bueno, no tengo que volver a hacerlo hasta después de las elecciones.

Dorothy introdujo la carne, la lechuga, el tomate y el beicon en un bollo y deslizó el plato hacia mí.

–¿Lo de siempre?

Ella asintió al escuchar ese viejo chiste, le dio un sorbo a su té y me observó por encima del borde del vaso.

–He oído que Kyle Straub va a presentarse a las elecciones a sheriff.

Asentí y le añadí mayonesa a mi hamburguesa, una práctica que ella odiaba.

–Sí, he visto los carteles –el fiscal del distrito había dado el pistoletazo de salida esa misma mañana y había cubierto con sus carteles rojiblancos y azules todos los puntos estratégicos del pueblo sin saber a ciencia cierta si yo iba a presentarme a la reelección o no. Hasta el momento, esa había sido mi mayor motivación para prolongar mi mandato.

–Fiscal del distrito y sheriff –Dorothy se quedó callada para que sus palabras surtieran más efecto–. Eso ya te da una idea de cómo podría ser su gestión.

Recordé mi plan original: presentarme a las elecciones a sheriff, retirarme a mitad de mandato y luego pasarle las riendas a Vic, para permitirle demostrar su valía durante dos años antes de tener que enfrentarse sola a unas elecciones generales. Mastiqué un trozo de hamburguesa.

–¿Crees que Vic sería una buena sheriff?

Dorothy se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja y miró al infinito. Tenía el pelo más largo, me pregunté si se lo estaría dejando así a propósito. La respuesta a mi pregunta sobre Vic, como todo en Dorothy, fue definitiva:

–¿Por qué no se lo preguntas a ella?

Me aguanté las ganas de darme la vuelta y salir a Main Street, donde sabía que una mujer apuesta y morena acababa de aparcar delante del café La Abeja Hacendosa un coche oficial de hace diez años. Nunca había resultado electa una mujer sheriff en Wyoming y las posibilidades de que los votantes eligieran a una italiana de Filadelfia más deslenguada que un cocodrilo de agua salada no eran muchas.

–Tiene un ayudante vasco –hice una pausa para continuar con mi almuerzo–. Esos dos están hechos un buen par.

Hacía tres meses que Santiago Saizarbitoria se había unido a nuestro pequeño contingente y, exceptuando su intento de apagar un incendio de una chimenea con sus propias manos después de pasearse por un tejado cubierto de hielo, su conducta podía considerarse completamente irreprochable. Oí que la puerta se abría y se cerraba; el aire cargado del mes de abril se coló por la fugaz abertura. Ambos se sentaron en los taburetes que había a mi lado y se acodaron en la barra. Llevaban uniformes y chaquetas de servicio idénticas, se les podría tomar por hermanos si no fuera porque el vasco era más corpulento, tenía las muñecas como haces de cables y perilla, y le faltaban los ojos color oro bruñido de Vic.

Continué comiendo mientras Dorothy sacaba dos tazas de debajo del mostrador, las rellenaba y le acercaba la jarra de nata y el azucarero a la pareja. Ambos tomaban café a todas horas. Vic pasó un dedo por el asa de la taza.

–¿Qué tal tu estreno en la escuela primaria de Durant?

Le di otro sorbo a mi té helado.

–No creo que la gira continúe.

Vic abrió cinco azucarillos y los echó a la taza.

–Llevo aquí dos años. ¿Cómo es posible que nunca me lo hayan pedido, joder?

Dejé mi vaso en el mostrador.

–Es difícil leer rimas con acento de Filadelfia.

Removió el café en el azúcar y dirigió sus palabras a la taza.

–El pichacorta de Kyle Straub ha colgado carteles por todo el pueblo.

–Sí, eso he oído.

Saizarbitoria se inclinó hacia nosotros y se unió a la conversación.

–En el periódico de ayer Vern Selby alabó mucho al señor Straub.

–Sí, lo he leído.

Nuestras radios tronaron a la vez, interferencias incluidas.

–Unidad dos, tenemos un 10-54 en la carretera 16, kilómetro 6.

Nos miramos los unos a los otros. Durante las últimas semanas, Ruby había emprendido una cruzada para que utilizáramos el código de la policía y a todos nos estaba resultando un auténtico coñazo. Fui el primero en tratar de adivinar:

–¿Conductor borracho?

Vic fue la siguiente:

–Carretera cortada.

Saizarbitoria tomó un último sorbo de café y se bajó del taburete. Era consciente de qué orden seguía la cadena de mando. Luego hizo clic en el botón del micro de su radio.

–10-54, recibido –se quedó mirándonos y negó con la cabeza–. Ganado en la carretera.

Vic y yo nos miramos encogiéndonos de hombros y ella le lanzó las llaves.

Tomó un sorbo de su azúcar mientras él salía precipitadamente.

–Mantennos informados.

Vic se vino en el coche conmigo. Mientras subíamos los escalones de la antigua biblioteca Carnegie que albergaba la cárcel del condado de Absaroka y nuestras oficinas, pude apreciar su champú, con aroma a flores de manzano. Habíamos subido la mitad de los peldaños cuando me retuvo cogiéndome del brazo. Me giré para mirarla mientras ella se echaba sobre la barandilla de hierro y acariciaba el barrote pintado de negro con la misma mano. Esperé, pero ella se limitó a mirar en dirección al arroyo Clear Creek, donde los álamos estaban empezando a poblarse de hojas. Me volvió a mirar, irritada.

–¿Sigues pensando marcharte mañana por la mañana?

Me coloqué bien el libro de cuentos bajo el brazo.

–Ese es el plan, o al menos eso creo.

Ella asintió.

–Tengo que pedirte un favor.

–Vale.

Inspiró y contemplé cómo las arruguitas de las ventanas de su nariz se replegaban como los bigotes de un gato.

–Mi madre quiere quedar a comer contigo y con Cady.

Esperé un momento, pensando que no había terminado.

–Vale.

Ella continuó mirando en dirección al arroyo.

–El superpoli puede que esté demasiado ocupado, pero mi madre siente que no le presta la suficiente atención a tu hija –observé que se le tensaban los músculos de la mandíbula, como siempre que mencionaba a su padre.

–Vale.

–Me refiero a que. no es para tanto. Solo quiere comer.

Asentí de nuevo.

–Vale.

–Podéis ir a la pizzería de mi tío Alphonse, aunque no es nada del otro mundo.

Sonreí e incliné la cabeza para bloquearle la vista.

–He dicho que vale.

Vic se quedó mirándome.

–Es algo familiar y, como la mayoría de las cosas familiares de mi familia, está jodida –suspiró–. Me refiero a que. deberían haberse puesto en contacto con Cady hace ya tiempo, pero, a su modo, es su jodida forma de.

–Comeremos juntos –la observé mientras ella estudiaba sus botas militares marca Browning. Unos mechones oscuros e insatisfechos le salían disparados de la cabeza.

–Me encantará conocer a cualquier miembro de tu familia.

–Ya –con Vic nada era fácil, ese era uno de sus encantos. Comenzó a subir los escalones sin mí–. Pero no vayas a esperarte demasiado.

Meneé la cabeza, la seguí y frené la puerta de cristal biselado evitando que me diera de lleno en la cara. La cerré con cuidado y pasé por delante de las fotos de mis predecesores, los cinco sheriffs del condado de Absaroka. Le hice un gesto de saludo al retrato de Andrew Carnegie mientras subía los últimos escalones hasta llegar al escritorio de la recepcionista, donde Ruby estaba leyendo los últimos boletines de la División de Investigación Criminal de Cheyenne.

–¿Qué demonios es un 10-54?

Ella levantó la vista y me miró con sus ojos azules a través de su flequillo cano.

–Ferg dice que se quedará 10-6 el resto del día si la semana y media que viene va a trabajar a tiempo completo y yo me voy de 10-42 a las seis menos cuarto porque tengo una fiesta de helados en mi parroquia.

Decidí ignorar la ristra de dieces.

–¿Ha subido al cañón del río Tongue? ––post-it